Obra de Rocío Tisera

martes, diciembre 30

Agua


En una ocasión, mi hija, por entonces de cinco años, me dijo entusiasmada “¡Papá, no trabajes más y quedate en casa!”. Yo, de una manera simple, le comenté porque no podía dejar de trabajar y a su vez, como sentía curiosidad por su inquietud, le hice una pregunta “¿Y de dónde vamos a sacar dinero para vivir?”. Ella me respondió “¿Y de dónde va a ser? ¡Del cajero, papá!”. Ahí recién comprendí que ella creía que el cajero automático te daba plata porque si nomás, de buenos que eran los del banco, y no que esa plata era la que me habían pagado por mi trabajo… ¡Ja!
Bueno, algo parecido sucede con toda esa gente que malgasta inconscientemente el agua. Porque en esta sociedad que vivimos el derroche es impresionante. Y si llegas explicarle a alguien que el líquido elemento se está acabando, que las napas subterráneas se están secando, que los ríos ya están bastante contaminados y luego le preguntas a ese alguien de donde vamos a sacar agua potable en un futuro cercano, el te va a responder “¡Del pico de la canilla! ¡Del grifo! ¡De donde mierda sino…!”
Quizás los niños terminan comprendiendo las explicaciones de manera más rápida y fácil que muchos de los os. Ojalá que ellos nunca pierdan sus inquietudes y el entusiasmo, y puedan cuidar los recursos naturales de manera más eficaz que nosotros, antes de que se nos haga demasiado tarde…

lunes, diciembre 29

Aburrido


Este paradójico mundo está habitado por millones de personas que muchas veces se aburren, se hastían, se deprimen. Algunas intentan solucionar esta situación comprando compulsivamente cosas que no necesitan, otras, consumiendo peligrosas drogas, o alcoholizándose hasta más no poder, o llevando una vida extremadamente violenta, o robando, no por hambre, no por necesidad, sino simplemente por hacerlo. Existen personas que, solo por aburrimiento, llegan al absurdo extremo de asesinar a la primera persona que se le cruza en el camino, o incluso, de quitarse la vida.

Hoy, como en tantos días, yo me siento aburrido, hastiado, deprimido, tedioso, fastidioso, abatido, desanimado, y unos cuantos sinónimos más por el estilo. Pero en lo único en lo que pude pensar en este soporífero y monótono momento fue en sentarme frente a la computadora, maltratar la vista, aporrear al teclado y ponerme a escribir cualquier puta cosa, lo primero que se me pasara por la cabeza, cualquier estupidez que se me ocurriera.
Esto, por ejemplo.

(Aún sigo aburrido, pero al menos aún no maté a nadie…)

sábado, diciembre 20

Películas de mierda


En el ciclo "Películas de mierda" que se realiza en el "Cine Municipal Ortofilms" todo el mes se proyectará "Te tuve en un tubo" (Sudán, 2006) del director Sudanés Melakomo Conarena. Este es un film de Ciencia Ficción que transcurre en el año 2070, en donde el mundo es gobernado en su totalidad por las mujeres y en el que los hombres son esclavos. Allí las mujeres no tienen más embarazos, ya que apenas el ovulo es fecundado se lo traslada a un tubo de ensayo en donde terminará su desarrollo. Por lo tanto, las futuras madres llevan consigo a todos lados (al trabajo, al shopping, a la peluquería, al gimnasio, etc.) a esos fetitos guardándolos en un coqueto estuche de cuero. El nudo de la historia se desarrolla en torno a una joven, quien rompe accidentalmente el tubo de ensayo de su bebé con un infortunado codazo, en medio de un partido de billar con sus amigas. Ella realizará una cruzada para lograr que todas las mujeres dejen la tecnología atrás y vuelvan a usar sus úteros para la gestación de los bebés. No les cuento el final porque es tan moquero que quiero que lo vean ustedes y se traguen ese bodrio como lo hice yo. El film cuenta con las actuaciones de Telapongo Depié y Agarra Mela de Unavez. Duración: 5 horas, 37 minutos. Subtítulos en coreano. Calificación: Incalificable...

viernes, diciembre 19

Tormenta de verano


La violenta tormenta de verano dejó sin luces a la ciudad, y las ráfagas de aire y agua inundaron mi asfixiante habitación. Encendí una vela, cerré las ventanas, y continué contemplando tu imagen en aquella foto que destruí mil veces, en esa misma fotografía que reconstruí mil veces también. Te sufro porque se que nunca, pero nunca, podremos quedar a mano, mientras tus recuerdos me lastimen de esta manera. Te extraño porque cada tanto, un enjambre de dulce nostalgia me ataca sorpresivamente. El hastío hoy habita aquí y se acostumbró a quedarse a mi lado, transformándose en un enemigo al que jamás pude llegar a odiar por completo.
Las ventanas de pronto se abrieron de un fuerte golpe y mi habitación se volvió a refrescar, pero el viento apagó la única vela encendida, y todo volvió a ser silencio y todo volvió a ser desolación.
Te extraño, hermosa y maldita muchacha, te juro por la luz de aquel relámpago que acaba de cruzar por el cielo, que te extraño a más no poder…

miércoles, diciembre 17

La verdad


Nadie soporta la verdad, aunque todos fingimos quererla conocer. Tememos muy secretamente el momento en que el fuerte viento comience a soplar, descargando sobre la tierra sus pulmones bien hinchados, limpiando así aquella arena que oculta las certezas, descubriendo al sol los rastros de lo cierto, de lo concreto. De a poco comenzará a caerse aquel castillo de naipes que entre todos ayudamos a levantar, cuando cada uno de nosotros fue colocando una mentira sobre la otra, un engaño contra una desesperanza, una falacia apoyada sobre una traición. Nunca comprendimos que una mentira piadosa no deja de ser una mentira, que una mentira blanca en realidad es más oscura que la misma noche.
En este momento, la gente puede ver como sus cabellos se despeinan debido a la brisa que sopla suavemente desde el sur. Y todos comienzan a mirarse entre ellos, y todos comienzan a temer que esta obra de teatro termine y que todo se revele. No, nadie soportará la verdad, ni tú, ni yo, absolutamente nadie…

lunes, diciembre 15

El que lee


“El que lee es puto”. Así rezaba una leyenda escrita en la pared de una casa abandonada. No se puede decir precisamente que el muchacho que utilizó ese aerosol tenía mucho por decir. Es más, tranquilamente podemos afirmar que ese chico es, aparte de un estúpido homofóbico, un soberano pelotudo. Menos mal que al poco tiempo, otra mano anónima también armada con un aerosol negro, tachando la palabra “puto” y cambiándola por otra, reformuló la frase. En la pared de esa casa abandonada ahora puede leerse lo siguiente: “El que lee es culto”. Al menos, este otro chico si tiene algo interesante por decir.

domingo, diciembre 14

Beso


No puedo más que decir la verdad, confesar que me es imposible resistir la inercia que me lleva intempestivamente hacia tu boca, confesar que intento por intermedio de los labios, transmitirte la maldición de mis sueños más locos y afiebrados para hacer que la dulce humedad duerma cada noche en tu cuerpo.
Por eso bésame, que la ansiedad ha llegado a doler, de tanto desear probar el adictivo estimulante que guardas en tu alma.
Por ello acércate, que por demasiado tiempo he sido un fantasma errante, un ánima en pena, que cada noche ha murmurado palabras en tu dormido oído.
Y por Dios llámame, que cada noche muero esperando el amanecer, anhelando estar por toda la eternidad enterrado junto a ti, bajo esas cálidas sábanas blancas de tu cama.

sábado, diciembre 6

La Santa


La abuelita encendió la vela luego de tres intentos frustrados y la dejó sobre un cenicero de color dorado, encima de un viejo cajón de manzanas que le servía de mesita de luz. Sus manos huesudas y temblorosas apenas podían sostener la caja de fósforos. Afuera hacía frío y su humilde casucha era casi una heladera, al igual que la mayoría de esas precarias viviendas que estaban construidas en ese barrio marginal. Y para empeorar las cosas, se había cortado la luz. Quizás el transformador de la cuadra se quemó debido a todas las conexiones ilegales realizadas por los habitantes de esa villa miseria. Quizás el cable con que estaba “enganchada” a la línea se había descolgado por el viento. La abuelita tomó una estampita de Santa Rita, la hacedora de milagros, y la colocó detrás de la vela. Ahora la lumbre no solo iluminaba su habitación, sino que también servía de ofrenda a la santa. “Santa Rita, Patrona de los milagros, por favor ayuda a mi nietito que está en la cárcel, ayuda a mi hijo a conseguir trabajo, dale salud a mi pobre hijita, Santa Rita, por favor, ayúdanos… Amén”. La viejita se persignó respetuosamente y se secó las lágrimas de su arrugado rostro. El viento soplaba fuerte y esa casita hecho de maderas y chapas apenas podía resistir los furiosos embates del gélido aire.
La abuelita tomó un rústico rosario de madera que había sido de su madre y del que nunca se separaba, y se puso a rezar nuevamente ante la estampita. Ahora pidió por su salud, para que pudiera llegar sanita a la semana próxima para poder festejar su cumpleaños número setenta y cinco junto a su familia. Y pidió también por la salud de sus tres hermanos, aunque hacía años que no los viera y ni siquiera tenía alguna noticia de ellos. La abuelita luego cenó una aguachenta sopa, tomó todos sus remedios, preparó una bolsa con agua caliente para calentarse los pies y bien abrigada, se acostó. Escuchó algo del noticiero de la radio, hasta que las pilas terminaron de agotarse, y se durmió rápidamente, escuchando el silbido del viento entre las ramas de los árboles.
Al día siguiente, los bomberos lucharon durante horas hasta que pudieron apagar el impresionante incendio que devoró cinco viviendas precarias de la villa miseria.
El fuego comenzó en la vivienda de la abuelita, cuando el viento que se colaba por algunos resquicios de las paredes de madera volteó la vela, que desafortunadamente cayó encendida sobre una pila de ropa que se hallaba en el piso. Las llamas se propagaron con velocidad. Sobre la cama, los policías pudieron encontrar el cuerpo calcinado de la anciana. Quizás, ella nunca se dio cuenta del incendio. Los forenses opinaron que ella ya había muerto antes debido a la asfixia ocasionada por el humo.
Lo que aún no se pudieron explicar y que probablemente nunca logren saber, es porque ese viejo rosario de madera que la viejita tenía aferrado entre sus manos no se quemó, tal como lo hizo el resto de la casa. Tal vez, ese fue el único milagro visible que pudo realizar la Santa aquella terrible noche…

viernes, diciembre 5

Instante

"Persistencia de la memoria" - Dalí


ACLARACIÓN: Vi como un millón de películas y de series de televisión que trataban sobre este tema (el mejor de todos, el capítulo de Los Simpsons). Todos ellos lograron buenas historias, entonces es lícito pensar: ¿Para que mierda escribir otra vez sobre lo mismo, con el agravante de que esta no es una buena historia? ¡Y qué se yo! Lo único que se es que me sobra el tiempo…

Me encontraba sentado en un banco de la plaza, solo, cansado, aburrido. No tenía nada que hacer y solo estaba allí intentando matar el tiempo. ¡Vaya paradoja que encierra esa frase! ¡Yo “matando” al tiempo! Miré mi reloj por enésima vez y comprobé que las agujillas se habían detenido. “¡Maldita Pila!”, fue lo primero que pensé. Y comencé a darle un par de golpecitos para ver si así podía hacerlo funcionar nuevamente, pero no hubo caso. El reloj se clavó a las 5 y 53 de la tarde. Me lo quité de la muñeca y lo guardé en un bolsillo del pantalón, y me levanté de allí dispuesto a realizar una breve caminata por el barrio. Y apenas eleve la mirada, me puse a contemplar detenidamente a mi alrededor, inquieto por un detalle muy particular: ¡Hacia ya un rato que no se escuchaba ningún tipo de ruido! Ningún sonido, ninguna voz, ningún ladrido, ni el estallido de un caño de escape, ni el ronquido de un motor, nada de nada… “Me estoy quedando completamente sordo”, me dije resignado, y comencé a caminar rumbo a la avenida. Cuando crucé la calle, pude ver que todos los autos, motos, camiones, ómnibus, bicicletas, todos, se encontraban totalmente inmóviles. En la vereda de enfrente la gente se encontraba estática, como petrificada, y daba mucha impresión ver como una niña que estaba saltando una soga, había quedado suspendida en el aire, como si estuviera colgada de unas cuerdas invisibles, al igual que unas cuantas hojas que se habían desprendido de las ramas de los viejos árboles y que también levitaban mágicamente ante mis ojos, sin llegar nunca a tocar el suelo. No soplaba el viento, no volaban moscas, un avión había quedado congelado en el cielo, los pájaros estaban en el aire sin aletear, sin moverse de ese mismo punto. El chorro de agua que salía de la fuente de la plaza, también había quedado detenido, describiendo una curva que daba la impresión de ser en realidad un fragmento de hielo, pero que al tocarlo, podía darme cuenta de que aún continuaba en estado líquido, por más que esa agua no se escurriera entre mis dedos. Todo estaba quieto como si fuera una foto, un cuadro, una postal.

Todo se encuentra aún tan quieto como antes, hasta puedo pasar entre medio de la gente que se encuentra inmóvil como si fueran estatuas, y gritarles y tocarles y golpearles, y aún así no despiertan, no salen de este embrujo y continúan con sus ojos abiertos y brillosos, pero sin ningún señal de vida. No se cuanto tiempo pasó, porque el sol nunca dejó de estar en el mismo lugar, pero calculo que ya debe haber pasado algo así como un día, o un día y medio. “¡Estoy completamente loco!” pensé, y lo peor de todo es que no existe nadie en el mundo que puede curarme…

El tiempo se había detenido para el universo que me rodeaba, pero no para mí, ya que seguí envejeciendo tal como lo haría en el mundo “normal”. Muchas veces intenté suicidarme, pero al final nunca tuve el valor necesario para realizarlo. Ahora estoy viejo, senil, loco, triste y soy el hombre que mas ha estado en soledad en toda la historia de la humanidad. Daría cualquier cosa por volver a escuchar otra vez el sonido de un ser vivo, por ver algo moverse por si mismo, por su propia voluntad.
Pretendía matar el tiempo, haciéndolo correr en vano, y lo único que logré es que se detuviera para todos, quizás hasta el momento en que llegue mi muerte y todo vuelva a la normalidad. O quizás, todo continúe así por toda la eternidad. No se que va a suceder. Solo se que mi reloj aún marca las 5 y 53 de la tarde.

miércoles, diciembre 3

La pasión de Jesucristo


Aquel año, el centro vecinal del barrio quiso hacer una especial celebración del tradicional día de Pascuas. La comisión directiva pensó en poner en escena una obra teatral que representara el calvario de Jesucristo para reinstalar en la comunidad el espíritu cristiano que últimamente había perdido y, porque no, de paso juntar unos pesitos con lo que se recaude con las entradas y las ventas de empanadas, vinos y huevos de chocolate. Había que techar una parte del salón de eventos y cualquier forma de generar recursos era válida en ese momento. Allí surgió uno de los escollos a sortear por los organizadores: conseguir un actor que fuera parecido a Jesús, que lograra actuar lo más dignamente posible y que, por sobre todo, lo hiciera de forma gratuita. En el mismo centro vecinal se hizo un casting con algunos vecinos del barrio pero ninguno de los que tomaron la prueba daba con el perfil que buscaban. Algunos eran demasiado obesos, otros eran demasiado petisos. El día de la representación se acercaba y no lograban hallar por ningún lugar a una persona que pudiera hacer un “Jesús” medianamente creíble. Al comenzar la semana santa, un miembro de la comisión del club se encontraba en el centro de la ciudad haciendo unos trámites cuando, de casualidad, vio asombrado a un extraño individuo cuyo físico lo impacto. El sujeto era de elevada estatura, delgado, tan delgado que le sobresalían las finas costillas, llevaba el cabello largo, oscuro y con pequeñas ondas que le tapaban el rostro y tenía una gran barba, espesa e imponente. Ese tipo, podría haber sido un hippie en los años sesenta, pero él era solo un linyera del siglo veintiuno, un indigente que en ese momento se encontraba revolviendo la basura en busca de cartones, algo de bronce, cobre, aluminio… Ese cartonero era el actor que estaban buscando, ni más ni menos que su “Jesús”. Aquel señor que integraba la comisión del centro vecinal se le acercó lentamente, intentando no aspirar el nauseabundo hedor que emanaba el mendigo, y le preguntó ansioso y entusiasmado: “Disculpe señor, ¿usted estaría dispuesto a hacer un trabajo muy especial? Le pagaríamos con una docena de empanadas criollas, bien calentitas y picantes, y un par de botellas del mejor vino tinto de Mendoza. ¿Acepta? ¿Qué me dice?”. El linyera lo miró como si no hubiera entendido ninguna palabra de lo que le acababa de decir, pero inmediatamente comenzó a mover la cabeza de arriba abajo con rapidez, aceptando el trabajo sin tener la menor idea de en que consistía y sin ponerse a discutir si la paga ofrecida era demasiada exigua. Y es que obviamente, ya hacía un buen tiempo que ese pobre mendigo no probaba una comida decente. El señor de la comisión le pidió que lo acompañara hasta la cochera a buscar el auto y marcharon rápidamente a las instalaciones del club, no solo para comenzar lo mas pronto posible con los ensayos de la obra, si no también para meterlo cuanto antes bajo las duchas, porque el tipo apestaba de veras. Cuando el linyera al fin entendió de que se trataba el trabajo, no quedó muy convencido que digamos. Pero su estado de ánimo cambió cuando el resto de los miembros de la comisión del club, al verlo y quedar impresionados por su imagen, comenzaron a tratarlo como a un importante señor, llenándolo de bellos regalos, ricas comidas y dulces vinos. El linyera “Jesús” de esta manera comenzó a sentirse cada vez más a gusto con su nuevo oficio. Cuando llegó el trascendental día domingo, todo el barrio concurrió al club para ver la representación de “La Pasión de Jesucristo”. La comisión del centro vecinal desbordaba de alegría por todo el dinero recaudado y la gente se emocionaba con la obra ya que el “Jesús” que se encontraba sobre el escenario estaba tan bien personificado que ante cada latigazo que los “soldados romanos” le propinaban en la marcha de su calvario, las ancianas y los niños comenzaban a llorar desconsoladamente, mientras que los adultos seguían las escenas prestando mucha atención y sin pronunciar ni una sola palabra, ya que sentían un nudo en la garganta debido a la emoción que los embargaba. Cuando llegó el momento de la crucifixión, los espectadores ya no pudieron impedir que las lágrimas corrieran por las mejillas y en el instante cumbre en que Jesús muere, más de uno se persignó como si lo que estaba sucediendo en el escenario hubiera sido real. Nadie del público sabía que ese actor era en realidad un simple mendigo, uno de esos tantos que deambulan por las calles y que todos evitan acercarse y mucho más aún, ayudarle. Si lo hubieran visto una semana atrás con su aspecto de siempre, seguramente toda esa gente lo hubiera echado a las patadas del club, y hasta hubieran llamado a la policía para que encarcelaran a esa lacra de la sociedad, a ese demente que se resiste a integrarse al sistema, a ese degenerado, a ese criminal. Pero ese día, el mendigo era “Jesús”, por eso, en el momento en que desde arriba de la cruz el mendigo dijo: “Todo se ha cumplido” para luego inclinar su cabeza y exhalar su último suspiro, el cielo, en plena tarde soleada se oscureció por completo, mientras que truenos, relámpagos y temblores hicieron huir espantados a todas las personas que se encontraban en ese lugar.

martes, diciembre 2

El cocodrilo y yo


Un mensaje para la gente del canal National Geographic: ¡Aquí tienen a su nuevo Cazador de Cocodrilos! No basta más que ver el valiente rictus que su servidor esboza en la foto, para convencerse de que yo soy el hombre adecuado para el programa. Si bien aquí en Córdoba no hay cocodrilos, ni yacarés, ni caimanes, ni gaviales, ni nada de eso, hay al menos en nuestras sierras unas iguanas gigantescas tipo Godzila que mejor ni les cuento. Quizás con esa referencia sea suficiente. ¡Ah! Me olvidaba. Espero que la paga sea buena. Pasa que la crisis económica ya llegó por estos lares…

domingo, noviembre 30

El diluvio universal


Hace más de diez días que llueve sin cesar, y hasta pareciera que cada vez la precipitación se vuelve más intensa. Las aguas ya nos llegan hasta la cintura, y eso que nos encontramos en una de las zonas más altas de la región. La desesperación llevó a la gente a reaccionar de una forma impensada tiempo atrás, muchos se dejaron llevar por los excesos, cayendo en las drogas, el alcohol, la perversión y la violencia. Otros, dándose cuenta de que la situación era extrema, optaron fatalmente por el suicidio. Solo algunos pocos, entre los que me encuentro, luchamos por sobrevivir. Por ejemplo, yo no me he dado por vencido y ya he rescatado a varias parejas de animales, de la mayor cantidad de especies que pude hallar, con la intención de preservarlos de una segura extinción y darles una nueva oportunidad para el futuro. Junto con mi esposa y mis hijos estamos a punto de terminar con la construcción de una gigantesca barca y quizás en un par de días ya estemos listos para zarpar y poder navegar en este océano inmenso que se encuentra sobre lo que alguna vez fue mi ciudad. Llueve, sigue lloviendo, y pareciera que nunca más dejará de caer agua del cielo.

sábado, noviembre 29

El poeta de la plaza


El poeta estaba sentado en un banco de la plaza, escribiendo una de las más profundas obras que su sensible alma podía parir. De pronto, una hermosísima dama cruzó delante de él y por un segundo, ella lo sustrajo de su mundo íntimo e inspirado y fue subyugado por su belleza. Entonces, el poeta, obnubilado, entreabrió sus iluminados labios y pronunció a viva voz, para que escucharan todos los ocasionales transeúntes, las siguientes palabras: “¡Mamasa! ¡Te chupo las tetas!”. Luego de pronunciar esa frase y de escuchar el consiguiente insulto vergonzoso de la muchacha, el poeta volvió a internarse en la celestial poesía en que trabajaba en su cuaderno de apuntes, permaneciendo durante toda la tarde, sentado en ese banco de la plaza. “A veces la poesía”, escribió el poeta, “ante la incapacidad de poder hallar aquellas metáforas que reflejen con sensibilidad y fidelidad determinado acto u objeto, se rebela contra el propio poeta, desembocando ese torrente de pasiones y emociones en ocultas palabras que jamás creeríamos animarnos a expresar…”
¡Qué profundo! ¿No?

jueves, noviembre 27

Lo que me sucedió aquella tarde


Era algo así como las cinco de la tarde. Venía del trabajo algo cansado y estresado por la dura jornada, pero dudo que ello haya influido de algún modo con lo que me tocaría vivir en esas próximas horas. Se que no hubo ninguna alucinación, ningún delirio, no estaba ni borracho, ni drogado, ni demente.
Me bajé del colectivo deseando llegar cuanto antes a casa, tomarme un par de mates, darme un baño y recostarme un rato. A eso de las nueve de la noche, un amigo vendría a buscarme para jugar al fútbol.
Llegué a casa, abrí la puerta y apenas crucé el umbral de la puerta, tuve una mala sensación, un trágico presentimiento, como que algo indebido y macabro estaba a punto de suceder.
Entré al living y ahí mismo fue que lo vi. Había un ataúd, coronas florales, velas encendidas… Era un velorio ¡En mi propio living! La casa se hallaba vacía, la puerta no había sido violentada, las ventanas se hallaban cerradas. ¿Cómo llegó todo eso allí?
No puedo describir el medio con el que me acerqué lentamente al ataúd. Dudaba en ir con los ojos cerrados o no, pero como aún corría el riesgo de que todo fuera algún engaño de mis enemigos o al contrario, una pésima broma de mis amigos, junté un poco de valor y fui al encuentro del cadáver. Observé, casi temblando, que el ocupante del cajón mortuorio era un tipo mayor de edad, quizás de unos setenta años. Pero había algo en él, que despertaba en mí un fuerte escalofrío. ¡Era el gran parecido que tenía conmigo! El pánico aumentó cuando pude observar la inscripción que llevaba grabada la placa del ataúd. “Patricio Bengoechea 1980- 2055”.
Huí despavorido de la casa, y ya no me importó si todo se trataba de una broma ni si mis amigos se hallaban escondidos en algún lugar de la casa, meándose de risa de cómo estaba reaccionando. Llegué hasta la puerta en solo un par de segundos y cuando me encontré en la vereda me que dé agitado y confundido. Lo que acababa de presenciar era algo descabellado e ilógico.
¿Quién podría tomarse el trabajo de hacerme una broma como esta?
Junté aire, tomé valor y volví a ingresar a casa, impulsado por una mezcla de curiosidad y de inconciencia.
En esta oportunidad, la primera sensación que me invadió cuando entre a mi hogar fue de una especie de alegría, de júbilo. Llegaba hasta mí un dulce aroma, una especie de fragancia fresca, floral y con un toque dulzón. Nunca había utilizado ningún desodorante de ambiente de ese tipo. Fui hasta el living y sentí que todo volvía a la normalidad. Ya no se encontraba mi “velorio” en esa sala.
Respiré aliviado, me refregué los ojos y me dije “ya está, ya pasó todo”.
Decidí obviar el par de mates y darme una tibia ducha inmediatamente. Quizás el estrés diario me estaba comenzando a afectar. Fui hasta mi dormitorio a buscar un toallón limpio y de pronto todo comenzó de nuevo. Me pareció escuchar un ruido bastante extraño proveniente de mi cuarto. Tomé un escobillón, lo empuñé firmemente y me dispuse a partirlo en la primera cabeza que se me apareciese. Cuando ingresé a mi dormitorio, el lloriqueo de un bebé cortó con el tenso clima que se había creado y me dejó confuso y perplejo. Un bebé, de no más de un par de días de vida, se encontraba en mi cama. Él se encontraba solo, completamente solo. Me acerqué, lo tomé en mis brazos y lo contemplé de cerca para asegurarme que se hallaba bien. El bebé, gordito y hermoso, parecía encontrarse bien de salud, pero de todas formas su imagen volvió a despertar en mi aquella extraña sensación. ¿Puede ser que ya haya visto a este niño en alguna otra ocasión? Estaba completamente seguro de haberlo visto en algún lado, en un video casero, o en un álbum de fotos… Pero claro, eso es…el video, las fotos… Ese bebé que tenía en mis brazos era… ¡Yo! O sea era yo cuando solo era un bebé… Dejé al niño en la cama justo cuando comenzaba a llorar otra vez y salí nuevamente corriendo en busca de la calle. Me detuve otra vez en la vereda y comencé a debatir en mi interior.
¿Qué mierda estaba sucediendo? ¿A quien contarle todo esto? Y por sobre todo ¿Dónde dormiría en la noche?
Retomé la iniciativa y otra vez me dirigí hacia la puerta de mi casa. Repetí el procedimiento de tomar aire y de juntar valor y llevé mi mano hasta el picaporte. Para mi sorpresa, la puerta se hallaba cerrada. ¡Cerrada! Sin saber que hacer, desesperado y aturdido, toqué el timbre de mi casa sin cuestionarme por lo ridículo que ello era.
A esa altura de las circunstancias, de haber sido espiado por algún curioso vecino, lo más probable es que lo hubiese alarmado por mi demente comportamiento. Doy gracias a Dios de que aquella tarde, vaya uno a saber porque, ninguna persona se encontraba en la calle.
Volví a tocar el timbre, haciéndolo sonar un rato más que la primera vez y está vez la puerta se abrió. Mi aterrada mirada fue presurosa en busca del rostro de la persona que me atendía y en ese momento fue cuando mi miedo llegó a su punto máximo.
La persona que estaba detrás de la puerta… ¡Era yo…!
Los dos tuvimos exactamente el mismo gesto de sorpresa, la misma mueca de pánico y la misma desesperación. Cuando mi otro yo cerró violentamente, espantado por mi presencia, yo aparecí dentro de casa, con mi mano derecha cerrando el pasador y con mi mano izquierda dando vuelta a la llave.
No alcancé a reponerme y para terminar de enloquecer, el timbre de casa volvió a sonar…
¿Qué más podría llegar a pasar?
Me asomé tembloroso por la mirilla y cuando parecía que mi corazón estaba a punto de estallar, apareció ante mis ojos el entusiasta rostro de mi amigo.
-¡Dale Pato, se nos hace tarde para ir a la cancha!
Era mi amigo que venía a buscarme para ir a jugar al fútbol. Lo hice pasar, busqué rápidamente la ropa que necesitaba para hacer deporte y huí de la casa.
¿Si le conté algo? ¡No! Que le iba a contar… ¡Se me iba a cagar de risa!
Al terminar el partido, me preocupé en tomarme no menos de seis litros de cerveza para llegar a mi casa bien borracho e inconsciente, cosa de no darme cuenta si algo insólito volvía a suceder. Aunque no tuve esa suerte. ¡Y ni la borrachera me ayudó!
Pero a esto no lo puedo contar ahora, aunque tengo la esperanza que una vez que sepan la verdad, puedan comprender porque opté por guardar silencio…

miércoles, noviembre 26

Los quince


Clara estaba muy contenta. Faltaba poco para su cumpleaños y ya comenzaba a ilusionarse con su ansiada fiesta y sus posibles regalos. “Tengo que ser pretenciosa, al fin y al cabo, para una mujer no hay nada más importante en su vida que cuando cumple los quince años. Y la verdad, no me preocupa que mis padres hoy estén muy enojados conmigo, yo se que ellos igual están preparándome una fiesta grandiosa e inolvidable.” De pronto, el llanto de un bebé interrumpió sus pensamientos. Ella se acercó hasta la cuna, volvió a ponerle el chupete y el niño siguió durmiendo con esa imagen tierna que poseen todos los bebés. Clara siguió soñando… “Voy a invitar a todos los chicos del colegio, a las chicas de jockey, a los del taller de arte. Vamos a ser más o menos unos setenta, claro, sin contar a mis primas y a las chicas de la cuadra. Ojalá venga Lautaro, me gustaría que los dos bailáramos bien juntitos toda la noche. Aunque Fausto no está nada mal, también me gustaría bailar con él. Y bueno, tampoco me molestaría bailar con Tomás…” Ella se encontraba muy ilusionada, aunque no podía impedir sentir también algo de preocupación. “Ojalá que mis viejos no estén muy disgustados conmigo, no vaya a ser que utilicen lo de mi fiesta para intentar condicionarme con algo raro, con un castigo o algo por el estilo…” El bebé volvió a llorar, pero esta vez no se calmó con el chupete como en la anterior ocasión, esta vez el llanto parecía que era por hambre. “¿Y que pediré de regalo? Podría ser una computadora nueva, una larga visita al shopping para comprarme la ropa que quiera, o tal una moto, o… Mejor no me ilusiono tanto, no vaya a ser que mis viejos estén enojados en serio y solo me paguen la fiesta ¡y nada más!” El pequeño niño comenzó a llorar y a llorar cada vez más fuerte y Clara no tuvo más remedio que levantarlo de la cuna y pasearlo en sus brazos por toda la habitación. “¡Ay bebé, bebé! ¡Qué molesto que sos! ¿Tenés hambre?” El hermoso niño de no más de dos meses de vida, se calmó un poco al sentir el cálido y acogedor cuerpo de su madre, pero aún continuaba sollozando. Clara se sentó en el borde de la cama, levantó su blusa y acomodó su pecho para alimentar a su bebé. “¡Bueno mi amor! Ya está, ya está, no me lloré más que ahí tiene su comidita… Bueno, ¿en que estaba? ¡Ah! Mis quince, ¡cierto! Me pregunto si mis viejos ya me habrán perdonado, si ya se les habrá pasado la furia que les causó la noticia, pero no se aflija mi bebé, tus abuelos te aman muchísimo, te puedo asegurar que más que a mí. Tenés que entenderlos, ellos nunca se esperaban que sucediera algo así, y claro, mucho más los disgustó que el hijo de mil putas de tu papá escapara como un cobarde apenas se enteró de que estaba embarazada de ti. Y bueno… ¿Te digo la verdad, mi bebé? Si festejo o no mi cumpleaños, realmente ya mucho no me importa. Lo que si te puedo asegurar es lo grandiosa que va a ser la fiesta de tu primer cumpleaños, va a tener muchos globos de colores, un enorme castillo inflable, payasos, títeres, una torta gigantesca… Total, calculo que de acá a diez meses a tus abuelos se les va a pasar la bronca. Al menos, eso espero…”

lunes, noviembre 24

Mi jefe


Todos los días, mi jefe me pregunta a los gritos porque llego tarde al trabajo. Durante minutos, largos minutos a veces, él me recrimina por mi falta de responsabilidad, amenazándome con sancionarme, suspenderme, despedirme… Yo intento justificarme, explicarle el motivo de mi demora, pero no hay caso, no me escucha, solo grita y luego se va, insultándome enloquecido, metiéndose en su oficina ofuscado para terminar cerrando la puerta con furia en mi propia nariz. Aunque a decir verdad, se que de todas maneras tampoco le gustaría escuchar mi explicación de lo que en realidad sucede. ¿Cómo le explico que si llego tarde es porque antes de venir al trabajo yo paso por su casa para visitar a su esposa? No tengo la culpa de que él esté todo el día encerrado en su oficina y se olvide por completo de su mujer. Ni tampoco tengo la culpa de que su fogosa mujer no quiera que yo me vaya tan rápido de su casa…

domingo, noviembre 23

Noche de pesadilla


Juan se despertó sobresaltado y tembloroso. Acababa de tener un sueño, que si bien era absurdo, lo había hecho transpirar de terror. Él soñaba que un horrible Hombre Lobo lo perseguía incansablemente a través de un frondoso bosque, bajo la clara luz de la luna llena. Juan se levantó tambaleante y, aun algo aturdido, fue hasta el baño para lavarse la cara y así terminar de despertase. Bebió un poco de agua y ya algo repuesto, se dirigió a su dormitorio. Pero, apenas ingresó a su cuarto, vio una imagen que de tan ridícula, se volvía a la vez espeluznante y fantástica: sobre su cama, parado allí sobre ese colchón en el que minutos antes había estado durmiendo, un espantoso Hombre Lobo lo observaba fijamente con sus ojos rojizos. Juan quedó paralizado de pánico, y ello dio tiempo para que ese ser fantástico empezara a mover dificultosamente su hocico y su lengua, intentando pronunciar algunas palabras humanas. Entre frases y gruñidos, el Hombre Lobo alcanzó a decirle a Juan: “Yo tampoco puedo dormir. ¡Sueño que me persiguen vampiros a través de un frondoso bosque, cada vez que las nubes ocultan la luna! ¡AUUUUUUUU!...”

Este estúpido cuentito, demuestra que tener miedo es mucho más común de lo que parece y que cualquiera puede sentirlo, incluso aquellos a quienes nosotros le tememos.
Bueno, esto lo termino acá nomás, porque estoy sintiendo unos gruñidos muy extraños en el patio.
Hasta la próxima…

viernes, noviembre 21

Mi rastro


He pasado la vida entera escapando de ti, pero por cada lugar que paso voy dejando pistas que delatan mi marcha. Temo que pierdas mi rastro y que ya no sepas como encontrarme y que, perdida entre mil caminos, optes por olvidarme para siempre. Mientras huyo, sueño con ese día en el que al fin te encontraras frente a mí, con tu sonrisa burlona de siempre y tu mirada más desafiante que nunca, feliz de demostrarme que otra vez he fracasado.
Intento ocultarme, pero sin poder dejar de repetir constantemente tu nombre, mi divino mantra, y sin querer, pero queriéndolo, te guío hasta el lugar en que me depositó el destino, y sin desearlo, pero sin evitarlo, te imploro, con mi alma, que de una vez por todas me encuentres. Por favor, encuéntrame…

jueves, noviembre 20

Shato


Este es mi gato Shato. Rocío, mi hija, lo encontró en la calle, se enterneció y al verlo abandonado no tuvo mejor idea que adoptarlo (Ella, con sus 8 años, sabe imponer sus decisiones, como pueden ya haberlo adivinado) Y bueno, que le vamos a hacer… a la larga uno también se va encariñando. Así, como pueden apreciarlo en la foto, está todo el día. Lo único que hace es comer, cagar y dormir. Pensándolo ahora, quizás por eso me cae bien: ¡somos los dos iguales y me siento identificado con él! Claro, con la diferencia que él estando al pedo queda re-dulce, y yo quedo como un reverendo vago de mierda…

martes, noviembre 18

El bebé de Delia


Delia no lo dudó ni un instante. Apenas se dio cuenta que la mujer del cochecito se separaba apenas un par de metros del bebé para conversar con una señora, ella se acercó rápidamente, levantó al bebé del cochecito y ya con la criatura en sus brazos, salió corriendo con todas sus fuerzas, alejándose de la plaza. Detrás de ella escuchaba los gritos de la madre del bebé, pero más fuerte que eso, escuchaba los fuertes latidos de su corazón: no era por miedo ni por el esfuerzo físico, era por emoción, porque por primera vez con ese bebé en los brazos podía sentirse madre, una madre común y corriente, como casi todas las mujeres del mundo. Ya no sería la mitad de una mujer, el error de un Dios que la hizo infértil, estéril como un desierto, vacía de vida como una piedra. Delia ya podía imaginarse llegar a casa con su bebé, cambiándole los pañales, preparándole la mamadera, aunque seguramente, lo primero que haría con el niño es ponerle un nombre. “Federico es un buen nombre para un bebé”, se dijo a si misma. “Aunque Candela también”, advirtió a tiempo. Ella no había tenido tiempo de saber el sexo de la criatura que llevaba en brazos, en medio de su alocada carrera. “Mi bebé”, ¡Por fin mi bebé! Pensaba Delia, y se imaginaba que todas esas muñecas que ella poseía y con las que jugaba a ser mamá a pesar de sus 30 años, ahora pasarían a ser de su bebé, de su primer hijo de carne y hueso.

Quizás, distraída entre tantos pensamientos, ella se olvidó de la situación en la que se encontraba, y no se percató de que un par de señoras que pasaban por ahí, alertadas por los gritos de la madre del bebé, se le acercaron sigilosas por detrás. Una de las mujeres se le colgó del cuello, mientras que la otra, con mucha velocidad, le quitó el niño que lloraba desconsoladamente, justo antes de que se cayera al suelo. Delia terminó en el piso, llorando y gritando incoherencias, mientras un grupo de personas que llegaba al lugar y que habían estado persiguiéndola, comenzó a escupirla y a patearla salvajemente.

En los medios de prensa en un principio se dijo que Delia integraba una peligrosa banda internacional que se dedicaba al robo y tráfico de bebés, niños que luego eran dados en adopción por grandes cantidades de dinero, o incluso algo peor, bebés robados a los que le extraían sus órganos por mucho más dinero aún. Lo cierto es que luego de una larga investigación y un dilatado juicio, Delia evitó terminar en la cárcel, pero no pudo zafar de acabar internada en un hospital siquiátrico. Allí, encerrada y sedada constantemente, llora cada noche, implorando y suplicando con interminables gritos que le devuelvan a su bebé. Pero no pide aquel que intento robar en una ya lejana y confusa mañana, sino aquel que ella cree que le robó Dios, al darle una vida estéril y solitaria.

Un tiempo después, ya nadie se acordaba de este suceso y mucho menos, de cómo se llamaba aquella pobre demente. Seguramente, en los medios de comunicación, ya habían encontrado temas más importantes de que hablar…

domingo, noviembre 16

Mía


Veo tu cuerpo,
tu piel desnuda
blanca,
deliciosa,
y algo repentinamente
se activa en mí;
no es erotismo,
no es pornografía,
no es amor;
es erotismopornografíamor,
y esa exquisita sensación
de sentirte mía,
y solo mía,
y nada más que mía,
al menos
por esos momentos
en que detenemos el tiempo
e incendiamos el mundo
al hacer el amor.
Veo tu cuerpo,
tu piel desnuda,
y la vida
por fin tiene un sentido
para mí.

sábado, noviembre 15

¿Te querés casar conmigo?


En medio de la peatonal céntrica de Córdoba, un joven detiene a una muchacha que caminaba distraída.
-¿Te querés casar conmigo?
-Disculpame, ¿qué decís?
-¿Te querés casar conmigo?
-¿Me estás haciendo una broma? ¿Por qué no te dejás de joder?
-¿Te querés casar conmigo?
-¿Pero a vos que te pasa? ¿Estás loco?
-¿Te querés casar conmigo?
-Bueno, es demasiado, te estás pasando de la raya. ¿Podés dejarme en paz? ¿Por qué no me dejás tranquila?
-¿Te querés casar conmigo?
-Me cansaste, no me gusta andar haciendo escándalos, pero si me seguís molestando voy a llamar a ese policía que se encuentra allá y…
-¿Te querés casar conmigo?
-¡Agente! ¡Agente! ¡Por favor!
-¿Te querés casar conmigo?
-Si señorita, ¿algún problema? ¿El señor la está molestando?
-Si, este imbécil no deja de molestarme, no se si está loco o si se está haciendo el vivo porque…
-¿Te querés casar conmigo?
-¿Escucha? ¿Se da cuenta, agente? Hace cinco minutos que me retiene aquí y no me deja de preguntar lo mismo, parece un disco rayado y…
-¿Te querés casar conmigo?
-Bueno, hagamos una cosa para terminar esto por las buenas, a ver si me entiende señor, la señorita le va a responder a su pregunta y usted dejará de molestarla.
-Pero agente, ¿Cómo se le ocurre que yo desearía casarme con este individuo que no conozco y que me parece insoportable y despreciable?
-Si señorita, contéstele de una buena vez así él la deja marchar. Y si a pesar de todo sigue molestándola, ya mismo lo llevo arrestado a la comisaría por…
-¿Te querés casar conmigo?
-¡No, estúpido! ¡No, infeliz! ¡Ni loca me caso con vos! ¡Hasta nunca y dejame de molestar!
La muchacha se alejó rápidamente del lugar y el joven se quedó con la mirada fija en el suelo, preso de una gran desazón y tristeza. El agente de policía, confundido pero algo conmovido por su reacción, le palmeó la espalda intentando animarlo. Le acarició el rostro con mucha ternura, y levantándole suavemente el mentón, le habló con voz dulce sin dejar de mirarle a los ojos.
-¿Te querés casar conmigo? –Dijo el agente.
-¡Claro que si! –Dijo el joven.

viernes, noviembre 14

Redacción escolar de un niño de quinto grado


Redacción: "Mi deporte favorito" de Alejo Zanardi. Quinto Grado "A"

Al medio día, apenas salimos del colegio, con mis amigos nos ponemos a jugar fútbol en la calle en donde vivo, aprovechando que esta es una de las de menos tráfico.
Antes jugábamos en una canchita que habíamos hecho en un sitio baldío que quedaba a tres cuadras de ahí. Pero un día, tapiaron ese terreno y al poco tiempo levantaron un edificio de seis pisos.
Sin embargo, jugar en la calle tiene sus encantos: se puede tirar paredes con el cordón de la calle, se potencian los reflejos al gambetear árboles y cestos de la basura, se gana en velocidad y destreza cada vez que hay que sacar con los pies la pelota que queda prisionera debajo de un auto estacionado, etc.…
Pero también tiene sus cosas negativas, o mejor dicho, tenía su cosa negativa. Cuando la pelota caía en la casa el viejo Gómez, nunca más la recuperábamos. Y si lo hacíamos, seguramente era solo de una de las mitades en que había quedado la pelota.
El viejo, nos vivía insultando porque decía que cada vez que la pelota caía en su jardín destruía sus flores y plantas. Por lo tanto, siempre existía la amenaza cierta de que en un despeje desesperado o en un pase largo, la pelota tomara altura y cayera en ese maldito patio, lo que suspendía indefinidamente el partido. Algunas veces, trepábamos la alta tapia de esa casa para poder rescatar el fútbol, pero no siempre encontrábamos un intrépido aventurero que se animara a llevar a cabo esa riesgosa misión. Sobre todo luego de esa ocasión en que al gordo Maxi lo encontró el viejo Gómez sentado en la tapia de la casa, dispuesto a dar el salto sobre el jardín. El viejo tomo un palo de escoba dispuesto a partírselo por la cabeza.
Una vez, en un partido muy disputado, tuve la mala suerte de patear la pelota mientras rebotaba cerca de mi arco y la mandé, obviamente, a la casa del viejo Gómez. Como yo fui el culpable, no me quedó más remedio que treparme por la pared. De tocar el timbre para pedírselo por las buenas, lo más probable (lo supo hacer varias veces) era que antes de entregarme la pelota, le clavara un cuchillo rompiendo la cámara y varios cascos del fútbol. Sin dudarlo, me trepé y aún enceguecido por el miedo, salté sobre el jardín.
Caí arriba de unos geranios, pero pudo haber sido peor, ya que un metro más allá se encontraba un gigantesco rosal con sus enredadas espinas. Me sacudí la ropa rápidamente y una vez que levante la vista contemplé una imagen increíble. En el rincón de la galería que daba al lavadero, había un cesto de ropa que no tenía precisamente ropa sino… ¡Todas las pelotas que habíamos tirado allí!
Inconsciente, fui directo hacia ellas sin darme cuenta de la presencia de un enorme perro, un gran danés, que por suerte se encontraba encadenado.
Los ladridos alertaron al viejo Gómez que se encontraba en el interior de la casa, por lo que alcancé a tomar unas tres pelotas del cesto y mientras corría hacia la tapia, las iba tirando hacia la calle, en una carrera enloquecida en la que iba pisando margaritas, claveles, violetas… No me hizo falta darme vuelta para saber que detrás de mí venía corriendo el viejo Gómez con una escoba. Sus gritos enloquecidos no hacían más que darme más velocidad para huir de allí, sobre todo luego de sentir como los escobazos surcaban por el aire, despeinándome. Cuando comencé a trepar la tapia, me di cuenta que el viejo había dejado de perseguirme. Antes de saltar a la calle, volví mi mirada y lo pude ver agitado, con sus manos sobre el pecho y un gesto que desfiguraba su rostro. Una vez en la calle, solo atiné a decir: ¡Vamos, corramos rápido! Y escapamos de allí. A la tarde, volvimos a la calle a jugar y pudimos ver como una ambulancia llevaba en camilla a una persona totalmente cubierta con una sábana blanca.
Ahí nos dimos cuenta de que el viejo Gómez había muerto, probablemente de un ataque al corazón.
Al día siguiente, en su entierro, llevamos cientos de flores entre todos los chicos y las arrojamos sobre la tumba. Todos sus familiares se emocionaron con ese simbólico gesto, pero seguramente no lo entendieron.
Esas flores las cortamos de su jardín, luego de haber recuperado todas las pelotas de fútbol que ese viejo maldito nos había robado durante todo ese tiempo.
¡Ah! Por cierto, mi deporte favorito es el fútbol.

miércoles, noviembre 12

Mi amada


Estaba en la cama, desnudo, exhausto, fumando un cigarrillo, el último.
Ella, como siempre, estaba fría, tiesa, distante, pero a la hora del amor, era insaciable y única. Era mi preferida y ella lo sabía.
Hacía un año que la había comprado y a partir de ese momento supe que ya jamás la podría abandonar. Pero esa misma noche sucedió el accidente.
Mientras estaba en la cama, buscando una posición más cómoda, estiré demasiado el brazo derecho y el cigarrillo que sostenía quemó el brazo de ella. Y ella, que hacía solo minutos me había llenado de satisfacción, comenzó a desinflarse.
Cuando me percate de lo que había hecho, enloquecido, arrojé ese maldito cigarrillo con tanta mala suerte, que cayó sobre mis ropas que estaban colocadas sobre una silla.
Esa desafortunada acción originó una llama que tuve que sofocar arrojándole la botella de champagne que descansaba en el balde. Pero eso no era lo que lamentaba.
Mi dolor era por ella, que se estaba quedado sin vida, desinflándose lentamente sobre la cama.
Me fui corriendo hacia el garaje y busqué entre mis herramientas un parche y buen un pegamento para curar la grave herida que sufría mi amada.
Con mucho esfuerzo, pude destapar el pomo de “Superpegamento”, pero entre los nervios y la suerte que me seguía siendo esquiva, terminé derramando el pegamento sobre mis genitales...
Como aun me encontraba desnudo, me cubrí con una vieja colcha que encontré en el garaje y me subí desesperado al auto para ir velozmente al hospital.
Dos días estuve internado y no se si me dolían más los genitales o mi amor propio.
Pero al menos, algo positivo salió de todo este trágico accidente.
Y es que luego de esto no me costó para nada abandonar ese maldito vicio del cigarrillo.
Lo que nunca podré abandonar será a ella, a la única, a mi amor, que una vez parchada siguió siendo la amante más sensual y sumisa del mundo.

martes, noviembre 11

Laberintos


Ya que la vida se quema,
quiero al menos
aspirar el humo,
intoxicarme con la esencia
latente de mi ser.
Dispersarme en el silencio,
disiparme en la noche,
sentir que el único sonido
proviene de mi mente.
Si me deslizo
entre los dedos
congelados y ásperos
de la nada,
solo me dejaré caer
hasta estrellarme
en la realidad.
Y no habrá
nada que temer,
porque ese dolor errante,
que tantas veces
se nos presenta,
se fue asimilando lentamente,
algún tiempo atrás.
Las fibras de mi cuerpo
están preparadas
para huir de aquí,
y recomenzar el proceso
que me lleva
del hielo al fuego,
consciente
de ser como la luz
en este momento de amanecer.
Lentamente
se aleja el frío
y siento
que el alma se hincha
y el aire
y la sangre
y la alegría
y hasta el mismo miedo,
circulan los laberintos de la carne,
mientras las células
vibran otra vez,
entre el sueño y la realidad,
atravesando brillantes paredes
de esta materia roja y caliente,
que me acelera

domingo, noviembre 9

¿Me quieres?


-Leticia… ¿Me quieres?
-Claro que te quiero Tobías. ¡Tú lo sabes!
-¿Cuánto me quieres? ¿Mucho…? ¿Poco…?
-¡Bien sabes que te amo con toda mi vida! ¿Por qué lo preguntas?
-¡Dame un abrazo Leticia! ¡Dame ahora una caricia… un beso!
-¡Que cariñoso que estás hoy Tobías! ¿Qué te pasa?
-Nada Leticia. Solo quiero que el último recuerdo tuyo que habite en mi, sea uno agradable…
Entonces Tobías sacó el revolver del bolsillo interno de su campera y sin dudarlo, le disparó a Leticia las seis balas que contenía el cargador a quemarropa. Luego recargó su arma sin inmutarse, la guardó y metiendo la mano en el otro bolsillo de la campera, extrajo una fotografía que el día anterior le había entregado su hermano.
Sin mirar esa imagen, la arrojó con violencia y desprecio sobre el cuerpo sin vida de Leticia. En la foto podía verse a quien era su novia, besándose apasionadamente con una persona que conocía bastante bien: era Bruno, un viejo amigo de ambos.
El viento arrastró esa imagen hacia la dirección que él caminaba y se cuidó bien de no volverla a observar. Él no quería ver a su amada Leticia en esa traicionera situación, quería marcharse del lugar con un dulce recuerdo de ella.
Ahora Tobías iba rumbo a la casa de su amigo Bruno, para hacerle una visita de sorpresa.
Y bien podría decirse que terminaría “matándolo” de la sorpresa.
La fotografía dio vueltas y vueltas, durante horas, en el remolino de hojas que bailaba sin descanso sobre esa plaza desierta.

sábado, noviembre 8

Frases


El cielo,
poco a poco,
me está destruyendo.
Me asesina
porque irremediablemente
debo resucitar.
Mis cenizas
se volaron
en ese viento húmedo
que es el único lugar
en donde puedo habitar,
sin llegar a lastimarme.
Y así viajo
como meras palabras,
como un puñado de frases,
tan inocentes como mentirosas,
tan verdaderas como letales.
Debo dejarme llevar,
navegar confiadamente,
sin brújulas,
ni radares,
ni estrellas,
ni mapas,
ni indicaciones.
Marcho hacia a la deriva
y sin ningún temor,
porque no hay lugar
a donde llegar
cuando todo es tan relativo,
como el pasado y el futuro,
cuando todo es tan difuso
como ese mismo límite
que nos advierte
lo que es bueno y lo que malo,
cuando todo es tan intrigante
como lo que dispone
el destino o la casualidad.
Todo será maravilloso
cuando aquellos pasos
cansados y lastimosos,
logren
después de todo lo vivido
cruzar aquella línea soñada.

jueves, noviembre 6

La diosa de la peatonal


Una tarde primaveral, mientras andaba por la peatonal céntrica, la vi a ella, a la Diosa, caminando a solo unos metros de mí.
Ella era una mujer escultural, de cuerpo perfecto y belleza única, que dejaba tras su paso la exquisita fragancia de su perfume, con el que terminaba de aniquilar los corazones de la platea masculina.
Las mujeres, ya sean esposas, novias o concubinas, le metían codazos en el estómago a sus respectivas parejas para que de alguna forma dejaran de mirarla con ese gesto obnubilado.
Ella iba en su marcha triunfal, sabiéndose el centro de todas las miradas, no solo de quienes la deseaban, sino también de aquellas mujeres que la envidiaban, o directamente la odiaban.
Si bien ella miraba con desprecio a los desubicados que le gritaban obscenidades, insinuó algunas sonrisas ante un par de galanes que la saludaron respetuosamente.
Ella sabía explotar su imagen de mujer fatal y en cierta forma, jugaba con las fantasías que provocaba en los hombres.
Yo fui uno de esos babosos que casi la desnudaron con la mirada, y llegué a pensar que solo por una mujer así, valdría la pena perder la soltería.
Ella, majestuosa y despampanante, caminaba delante de mí, como lo haría una verdadera reina de belleza desfilando ante su público.
Sin dejar de contemplarla, por un momento me la imaginé mi mujer, mi compañera para toda la vida, la mujer con la que compartiría cada minuto. Tendríamos , y del bueno, al menos al principio, pero…
¿Y si resulta ser una de esas histéricas pendientes de su apariencia?
¿Y si detrás de su apariencia de come-hombres en realidad es solo una frígida más?
Pero bueno, en la pareja lo importante no es solo el , hay muchísimas actividades para compartir. Aunque por el culto que hace a su imagen, seguro se trata de una materialista con pocos placeres intelectuales. Sinceramente, no me la imagino hablando acerca de libros o películas o política…
Bueno, pero no por eso ella dejaría de ser una buena chica, aunque por la forma de caminar y esa constante actitud de llamar la atención, se la nota bastante pedante, altanera, egocéntrica, inalcanzable para el resto de los mortales, sintiéndose la joya más preciada de las creaciones de Dios.
Reconozco mi machismo arcaico y retrógrado, pero ella ¿Será capaz de de lavar la ropa, planchar camisas, preparar la comida, limpiar la casa, ser buena madre, cambiar pañales, hacer las compras…?
La verdad, es que la veo muy glamorosa, muy fashion, muy sofisticada para realizar esos quehaceres diarios.
Entonces, ya no pude contenerme más, me acerqué decidido y una vez que llegué hasta su lado, le dije:
-Discúlpeme, pero ni loco me pienso casar con usted, porque de hacerlo, dejaría al mundo sin la imagen de esta mujer única, bella e inalcanzable, que es usted. No puedo privar al resto de los hombres de las fantasías que usted nos despierta.
Entonces ella, me miró con sus enormes ojos celestes como el cielo, y corriendo los lacios cabellos azabaches de su rostro, me dijo con voz suave y sensual:
-No tiene de que afligirse. Yo ya estoy casada. Es más, tengo tres hermosos hijos.
Y ella siguió caminando, con su cuerpo perfecto y su belleza única, perdiéndose lentamente entre la marea humana que circulaba por la peatonal, sin permitir que ni un solo hombre se quede sin morir de amor por ella.

miércoles, noviembre 5

Aceitunas


Dentro del shopping se había ubicado un moderno stand, en el que una joven y bellísima promotora ofrecía a los ocasionales visitantes una aceitunas verdes para que pudieran probar su delicado gusto y excelente calidad. Yo probé unas cuantas, y verdaderamente valía la pena comprar alguno de esos potes que se ofrecían, caros pero de contenido exquisito. Un señor bien vestido y con aire señorial, se acercó al stand, hizo algunas preguntas y probó una de las aceitunas. Súbitamente, en cuestión de segundos, esa misma persona se encontraba tirada en el suelo, haciendo grandes esfuerzos por poder respirar. El hombre, de unos cincuenta años, rápidamente fue cambiando de color, hasta que sus mejillas quedaron pálidas por completo. Por más que intentaron, no pudieron revivirlo. Creo que ese tipo se había asfixiado con el carozo de la aceituna. Eso es lo que yo llamo tener mala suerte. La gente comenzó a rodearlo con mucha curiosidad, como suele suceder en cada accidente, una señora, seguramente su mujer, lloraba sin ningún tipo de consuelo, la joven promotora sufría un ataque de histeria y los guardias de seguridad intentaban despejar a la gente que se hallaba en el lugar. Yo, mientras tanto, me fui directo a casa, a tomarme una helada cervecita acompañada con unas ricas aceitunas verdes que compré en ese mismo stand. Así son las cosas, por más que uno lo intente, por más que uno se haga mala sangre, jamás se puede hacer que la vida cambie el curso que había planeado…

lunes, noviembre 3

La ayuda


El joven regresaba de la casa de su novia. Eran las diez de la noche y las calles, bastantes oscuras y desiertas, le obligaron a apurar un poco mas el pedaleo de su bicicleta. Todo iba bien, hasta que un tumulto en una esquina lo puso en estado de alerta. Un grupo de personas, quizás unas cinco, estaban golpeando a un chico que estaba tirado en el piso. El aminoró la marcha, ya que solo estaba a unos metros del lugar y solo se quedó un poco más tranquilo cuando tuvo la certeza de que esas personas comenzaban a alejarse de allí. Pudo ver aún a la distancia, como uno de ellos se retiraba del lugar con la mochila que aquel chico había sostenido con todas sus fuerzas cuando, indefenso en el suelo, era atacado con puntapiés y puñetazos. El joven se acercó a él, pedaleando lentamente, temiendo que aquella patota regresara. Solo se bajó de la bicicleta cuando se terminó de convencer de que ya no corría ningún peligro. El chico, de unos quince años, se quejaba adolorido, tirado sobre la vereda. Tenía la cara desfigurada, producto de los golpes que había recibido y tal vez tenía un par de costillas fisuradas. El chico intento ponerse de pie, pero el joven se lo impidió.
-Esperá hasta que pase alguien que pueda darnos una mano. No te muevas…
El chico no le prestó atención y lastimosamente se puso de pie, abrazándose al joven para no perder el equilibrio. Llevó temblorosamente la mano hacia el bolsillo trasero de su pantalón y sacó una pequeña cuchilla que, con un golpe seco y brutal y quizás con las pocas fuerzas que le quedaban, hundió en el abdomen del compasivo joven que se desplomó lentamente, con un gesto sorprendido, sobre la fría calle.
-No le pude robar la mochila a esos giles, pero me desquito con este otro gil.
El joven ladrón, aun bastante adolorido, sacó de uno de sus bolsillos un envoltorio que contenía cocaína y lo aspiró violentamente. Le quitó la billetera al joven que tirado en la acera comenzaba a desangrarse y luego de darle una violenta patada en la cabeza, se subió a la bicicleta que había quedado apoyada contra el cordón de la vereda y se marchó, lastimosamente del lugar.

domingo, noviembre 2

Esencia

"La metamorfosis de Narciso" Salvador Dalí


Silencio.
El olvido esta destruyendo todo.
Los instantes vividos
conforman una manada
de vientos helados
que cambian
constantemente
de dirección.
Marchan
a veces sujetos al azar,
en otras guiadas por el destino,
pero terminarán unidos
en un punto exacto,
donde alimentarán
a un desbastador tornado.
Silencio.
La mezquina esperanza
espera inmutable
la oportunidad de aspirar
el denso humo,
nacido de los días
que inevitablemente arden.
Busca intoxicarse
con esa esencia,
que viaja como un póstumo mensaje
prolijamente conservado
en el aire.
Silencio.
El cuerpo dormido
abandona el viaje
que el alma inquieta proseguirá,
y entre sueños
intentara derribar
la gruesa puerta
que nos mantiene presos
con la desolación.
Tal vez en ese momento
pueda recordar esos versos
que nunca he leído
ni recitado.
Descubriré
que viven dentro de mí.

viernes, octubre 31

El Rey


No entiendo como estos desgraciados lacayos, han osado en cometer la insolencia de tratarme así, de llevar a cabo esta acción tan descarada y blasfema.
¡A mi! ¡Al mismísimo Rey Carlos II, que ocupa el trono por el infalible designio del Dios todopoderoso!
Pero… ¿Por qué aún no ha venido a rescatarme la Guardia Real? ¿Y mis sirvientes? ¿Dónde están ellos? ¿Y la Reina? ¿Dónde se encuentra mi amada Isabel?
Todos me han abandonado. He sido vilmente traicionado por aquellos mismos cortesanos obsecuentes que solían comer de mi mano.
¡Y que decir de esa turba de brutos y salvajes revolucionarios, que solo ambicionan derrocarme de mi trono! Que saben ellos de lo que más le conviene al pueblo…
Siempre he sido un Rey sabio, justo, clemente y misericordioso. ¡Y así me lo pagan!
Mientras más medito mi situación, más me convenzo de que tendría que haber obrado tal como me lo había recomendado Lautaro, mi antiguo consejero. (¡Cuanto te necesito en estos desagradables momentos, mi fiel Lautaro! ¿Habrás salvado tu vida en esta injustificada revuelta?) ¡Debí haberte escuchado! Si en aquel tiempo hubiese dado la orden al verdugo de que le cortara la cabeza a cada uno de esos delincuentes, hoy no estaría sucediendo esto. Pensar que yo, en mi infinita compasión, les otorgué el indulto…
¡Abran esta mazmorra! Este inmundo y asfixiante calabozo de ninguna manera es un sitio digno para que se encuentre prisionero un Rey como yo.
Juro por la memoria de mi amadísimo hijo, el valeroso Príncipe Fernando, que mi lucha no cesará hasta que yo sea repuesto en el trono y haya cobrado mi venganza a todos los Judas que me entregaron por monedas. Fernando, tú que pereciste valientemente en pleno campo de batalla, defendiendo nuestro reino del ataque de los pueblos bárbaros; tú Fernando, mi primogénito, hubieses sido tan buen Rey como lo soy yo. Pero pensándolo bien, de que te hubiese servido, si los súbditos de este pueblo hoy han demostrado ser unos malditos desagradecidos, unos cobardes mal nacidos.
¿Y tu madre, Fernando? ¿Dónde estás Isabel, mi bella e inseparable esposa? ¿Habrás huido o también estarás encarcelada? ¿Y si ya no estás con vida? ¿Qué será de mi vida sin mi hijo, sin mi esposa? ¿Y si Isabel fue quién me traicionó, quién me entregó desarmado y desprotegido a esos insurrectos? No, ello es imposible. Ella nunca podría actuar de manera tan denigrante e inhumana.
¡Abran la mazmorra! Quizás esté un buen tiempo en esta asquerosa cárcel, hasta que mis ejércitos leales logren recuperar el control de mi reino. Mientras tanto estaré encadenado y seré maltratado por estos bestiales herejes. ¡Sálvame, oh Dios padre! Pensar que ya no podré saborear esos deliciosos y suculentos manjares, ni deleitarme con esos espirituosos e inigualables vinos de la gigantesca Bodega Real… Ni disfrutar de las interminables fiestas y orgías que celebraba en mis fastuosos palacios… Ni salir de cacería de jabalíes y pumas, montando mis majestuosos caballos… Ni apreciar las sangrientas luchas de los caballeros en la arena… Y lo peor, que ya no podré portar mi Corona y gobernar, tal como Dios, tan sabiamente, me lo ha encomendado.
¡Traidores! ¡Sentirán el filo justiciero de la espada del Rey Carlos II! ¡Los mataré, malditos cobardes! ¡Juro que los mataré! ¡Abran la mazmorra!...

Una vez que el efecto de los fuertes sedantes que le inyectaron los enfermeros logró por fin calmarlo, acallando así sus lastimosos gritos y alaridos, Isabel se marchó rápidamente de allí, fría e indiferente. Esa fue la última vez que a ella se la vio por esa prestigiosa institución siquiátrica.
En un pequeño cuarto, inmovilizado por el chaleco de fuerza, se hallaba el delgado cuerpo de Carlos Segundo Rey. Ese hombre alto y algo desgarbado, de unos cincuenta años y que se hallaba sedado en el piso, supo ser, en sus mejores tiempos, un reconocido profesor de literatura de la universidad nacional.
Pero la inesperada muerte de su hijo Fernando en un accidente de autos, ocurrida casi una década atrás, lo llevó a sufrir una crónica y aguda depresión que, al extenderse en el paso del tiempo, lo hizo precipitarse en una profunda locura.
Carlos ya no se encontraba más en su casa, que para él era su palacio.
Ya no viviría mas en el barrio de toda su vida, que para el era su amado reino.
Ya no vería mas a los muchachos del bar, lamentando sobre todo la ausencia de su compadre Lautaro, el amigo de toda la vida.
La traición de su esposa le quitó el dulce refugio de la fantasía, y lo devolvió violentamente al escenario cruel y despiadado de la realidad. Ya nunca más volvería a ser Rey.
Ahora solo sufriría como un prisionero más.

jueves, octubre 30

Breve e interminable historia


Ella se encontraba pálida y ya casi sin respiración sobre el frío piso.
Él, apenas entró a esa cabaña situada en la cima de la montaña, desesperado, se dio cuenta rápidamente que su esposa había sufrido un paro cardíaco y supo que debía apurarse en llevarla al único centro de salud que existía en ese pequeño poblado. Afuera, una tormenta eléctrica iluminaba la naturaleza, mientras los truenos hacían vibrar el valle de una manera que hacía parecer que en cualquier momento todo se iba a desmoronar. El muchacho, en medio de la lluvia, cargaba a su joven esposa, fría y casi sin vida, mientras sus pies se hundían en el barro del sendero rumbo a su camioneta. En ese instante, un furioso rayo cayó en el lugar en donde ambos se encontraban. Luego del terrorífico estruendo que acompañó a esa deslumbrante luz, la mujer, que fue alcanzada por esa gran descarga eléctrica, reaccionó llena de vida y de forma casi milagrosa, pudo ponerse de pie. Cuando ella, desorientada y aún conmocionada por lo sucedido, vio que a sus pies se hallaba el cuerpo inerte de su esposo, lo tomó de un brazo con las pocas fuerzas que le quedaban y comenzó a arrastrarlo por el lodo, en dirección a donde se encontraba la camioneta. Pero no alcanzó a recorrer ni un metro cuando un nuevo rayo cayó en ese mismo lugar. En esta oportunidad, el resultado fue inverso. Ella quedó en el piso, quizás a punto de exhalar, nuevamente, el último suspiro, mientras que él lentamente se incorporaba sobre sus pies que tiritaban por la debilidad y el frío, intentando llegar de una vez a la camioneta con el cuerpo inconsciente de su esposa. Pero por esas cosas inexplicables de la naturaleza, un nuevo relámpago cayó en el lugar, con el resultado que ya muchos pueden imaginarse: él, cayendo casi muerto, ella reponiéndose como si nada le hubiese sucedido. Ese fenómeno se repitió una y otra y otra vez, durante toda la noche.
Al día siguiente, varios habitantes del pueblo juraban incansablemente, que entre medio de los colosales truenos de esa intensa tormenta, habían podido escuchar con una inusual nitidez como una risa grave y estridente retumbaba entre medio de las grandes montañas y el oscuro cielo.

miércoles, octubre 29

El milagro


Bernabé Cruz, un importante miembro fundador de la agrupación católica “Salvemos nuestras vidas, salvando vidas”, luchaba firmemente contra el aborto. Avalado por las más encumbradas autoridades eclesiásticas, él era prácticamente el vocero de la iglesia en este delicado tema, cuyo debate dividía a la sociedad casi en partes iguales. En su carácter de representante de la Fe, apareció en cuanto programa de radio y televisión hablaran del asunto, haciendo una cerrada defensa a favor del derecho a la vida y defenestrando y satanizando a todos aquellos que se mostraran partidarios de la ley pro-abortista. Cruz encabezó decena de marchas que finalizaban en una masiva concentración frente al Congreso Nacional. En esas protestas, él, con su Biblia fuertemente tomada en su mano derecha en alto, arengaba a la multitud que escuchaba atentamente su prédica, exigiendo al gobierno que diera marcha atrás con el proyecto de legalizar el aborto.
Pero Bernabé no estaba solo en esta cruzada divina. Él siempre contaba con el leal apoyo brindado por su joven esposa Ruth, quien era, quizás tanto como él, una firme defensora de los principios cristianos y una activista que luchaba por recuperar los valores morales y éticos que la sociedad fue perdiendo con el paso del tiempo. Ruth tenía una fuerte llegada con las amas de casa, y más aún, con las respetables damas de los estratos sociales superiores. Por lo tanto, el matrimonio Cruz representaba para la comunidad un verdadero ejemplo de amor y compromiso cristiano y al que, por ahora, solo le faltaba una cosa ser considerado perfecto: un hijo, el hijo que por tanto tiempo se les había negado.
Cada noche, ambos rezaban implorándole a Dios por el niño que colmaría de alegría sus vidas. Ya llevaban ocho años de casados y si bien ambos aún eran jóvenes (Bernabé, 35 años, Ruth, 29) ellos sentían que poco a poco se iban terminando las esperanzas de un embarazo y comenzaban a evaluar la posible adopción de un niño.

Una noche que Bernabé debía viajar fuera de la ciudad para participar en una reunión en el Arzobispado, Ruth se encontraba en el salón de la iglesia brindando un cursillo de bautismo a un grupo de jóvenes padres y futuros padrinos. Cuando terminó su labor, casi a las diez de la noche, fue la última en abandonar el lugar.
Al salir a la calle, el frío de la oscura noche de invierno le estremeció los huesos y tuvo un mal presentimiento. Se apresuró en cerrar la puerta del salón para poder así subir velozmente a su auto, que se hallaba estacionado a solo unos metros de allí.
Pero no tuvo tiempo, ni siquiera, de darle media vuelta a la llave.
Un sujeto apareció de pronto de entre las sombras y de un salto la apresó entre sus brazos, empujándola hacia el interior del salón. Por más que Ruth intentó resistirse y pedir ayuda, no pudo evitar que ese depravado abusara reiteradas veces de ella, golpeándola en forma brutal.

Dos meses después, en la misma semana en que los medios de comunicación informaban que el peligroso violador había sido capturado por las fuerzas policiales, unos estudios médicos que Ruth se había realizado debido a un ligero malestar, revelaron una inesperada noticia: ella estaba embarazada.
Mucha gente tomó lo del embarazo como un milagro de Dios, quien, alegre por el esfuerzo de Bernabé y Ruth por impedir que se legalizara el aborto, le retribuía sus incansables esfuerzos con lo que ellos más deseaban.
Pero al matrimonio no se lo vio muy alegre con lo del futuro hijo. Ambos llegaron a pensar que quizás no sería bueno tener ese bebé.

martes, octubre 28

El naufragio


Carlos recorría la playa de esa isla desconocida con el sol quemándole los ojos.
El clima era completamente distinto al que había soportado horas atrás, cuando una de esas violentas tormentas tropicales destruyó el lujoso crucero en el navegaba junto con otras trescientas personas más.
¿Él había sido el único sobreviviente? Le mortificaba terriblemente ese pensamiento.
Pero a pesar de todo, el día era apacible y de no ser por las desgraciadas circunstancias que le habían llevado hasta esa pequeña porción de tierra en el medio del océano Pacífico, podría decirse que se hallaba en el lugar más hermoso de la Tierra.
Carlos no había sufrido heridas de consideración, pero se encontraba exhausto luego de haber luchado durante horas con esas olas indómitas, peleando para sobrevivir. Por esos sus pasos en la arena eran torpes y lentos, mientras la respiración aún seguía agitada.
De pronto, él vio una silueta humana situada a unos metros de allí, y aunque tardó en llegar hasta él, rápidamente lo reconoció. Era uno de los enfermeros del barco que naufragó.
Esa persona se encontraba arrodillada sobre la caliente arena, con sus manos entrelazadas y su frente casi tocando el suelo. Esa persona se hallaba orando y parecía estar en medio de un trance místico.
Carlos se acercó lo más rápido que pudo al él, contento ante la presencia de ese otro sobreviviente.
-¿Cómo estás? ¿Te encuentras bien? – Le preguntó, pero el que se encontraba rezando lo ignoró completamente. Solo cuando terminó su extensa y emotiva plegaria, levantó sus ojos y le dirigió la palabra.
-Discúlpame. Me llamo Elías. Si, estoy bien dentro de todo. Salvo claro, los litros de mar que me tragué.
-Si, se de lo que estás hablando. Pero la verdad es que hemos tenido una suerte increíble al salvarnos de ese desastre.
-¿Suerte? ¡No! ¡Fue el poder de Dios quien nos salvó! Nunca dejes de recordar lo que acabo de decirte. -Dijo Elías antes de sentarse lastimosamente en el suelo.
Carlos se sentó a su lado y ambos se quedaron contemplando el vasto mar azul, como quien mira detenidamente a algo que aún no logra entender. Las miradas se perdían en el horizonte, mientras la esperanza y la desesperación, se confundían en un ansioso sentimiento que los llevaba a imaginar decenas de siluetas de barcos navegando a la distancia.
-Dime, ¿Cómo puedes creer que Dios nos salvó? Si nada escapa de Él y todo es obra de Él, ¿Por qué produjo esa espantosa tormenta que ocasionó el naufragio y con ello la muerte de todas esas pobres personas? –Reflexionó Carlos.
-El Señor tiene misteriosas formas de obrar. Lo que nos importa a nosotros, es que gracias a su inmensa misericordia, fuimos salvados de una muerte terrible, ya que seguramente Él, en su gran y profunda sabiduría, nos prefirió vivos. Quizás nos tenga preparado para nosotros alguna misión que realizar en su nombre.
-Me parece que me tocó ser naufrago junto a la persona más santurrona del mundo. Si tanto crees en Dios, dile que venga rápido a rescatarnos antes de que estemos muertos de hambre.
-Y a mi me parece que Dios está probando mi fe dejándome en una isla desierta junto al ateo más blasfemo del universo.
Se miraron disgustados y se pusieron súbitamente de pié. Luego de murmurarse algún insulto, se dieron la espalda y se dirigieron a explorar el lugar, en busca de agua dulce y de algo para comer, entre medio de las palmeras que abundaban en esa exótica isla.
No habían dado más de una docena de pasos cuando algo les llamó poderosamente la atención. Primero se quedaron estáticos, sorprendidos, al ver como rápidamente las aguas del mar se retiraban de la playa, mostrando kilómetros de costas que por primera vez quedaban expuestas al sol. Pero unos segundos después, al entender la magnitud de lo que estaba a punto de suceder, ambos se sintieron absolutamente aterrados aunque cada uno de ellos actuó ante esa situación de acuerdo a su forma de ser.
Elías se dejó caer pesadamente de rodillas en la arena y comenzó a orar en voz alta, mientras elevaba sus piadosos ojos al cielo.
Carlos corrió desesperadamente hacia el interior de la isla, buscando alguna elevación del terreno en la cual poder escapar de las inmensas olas que se avecinaban.
Pero ningún milagro se produjo.
El furioso tsunami hizo desaparecer la pequeña isla en solo cuestión de segundos, bajo esas inmensas montañas de agua y sal que se desplomaban espectacularmente.

domingo, octubre 26

Exorcismo


Suavemente,
como cuando llega el sueño,
se apodera de la piel quemada
la antigua necesidad de emigrar,
de multiplicar huellas
en la indómita infinitud,
buscando un triste refugio
entremedio del fango,
esperando con calma,
y quizás
con alguna tonta ilusión,
el simbólico momento
en que desfallezca el invierno.
En este rito imperfecto
el alma
no consigue exorcizarse
de todas esas pertenencias
tan insustanciales,
ni del vacío
de las ausencias de siempre.
A lo sumo
suele lograr
que el mágico rocío
que brota en lo más profundo
de la oscura madrugada,
despabile
cada una de esas palabras
que habían quedado inmóviles,
atontadas,
abandonadas a su suerte.
Quizás en ese instante,
esta boca dejará de ser,
al menos por una noche,
el sepulcro
de todos los gritos
que han sido ahogados,
el vientre
de todos los lamentos
que genera esta soledad.

sábado, octubre 25

Pecado


Una persona delgada, extremadamente delgada, se va acercando al confesionario. De unos treinta años aproximadamente, pero con un rostro demacrado y desolado que le aparentaban mucho más, su imagen dejaba la impresión de que se trataba de alguien que sufría por un problema muy grave. Se arrodilló ante el sacerdote y se persignó, dejando caer sobre el rostro su cabello largo y ondulado. Desprendió un poco su campera, debido al calor reinante dentro de esa iglesia y pasando su mano por su barba de cinco días, comenzó a hablar.
-Padre, dentro de unos minutos cometeré un pecado.
El cura, muy lejos de llegar a esbozar algún gesto de sorpresa (en más de dos décadas de escuchar confesiones pocas cosas ya podían sorprenderlo) se acercó ante la rejilla que lo separaba de quién se estaba confesando y le habló con voz suave y comprensiva.
-Hijo, Dios siempre nos da la oportunidad de que reflexionemos sobre cada acto que vamos a realizar. Si tú sabes que lo que vas a cometer es un pecado, ya sea por obra, palabra u omisión, tú tienes el poder de decidir no obrar esa mala acción.
-Es inevitable Padre. Pero quiero aclararle que no lo hago por venganza, sino para evitar que lo que me sucediera a mí hace veinte años, le pueda llegar a suceder a otros
-Pero hijo, sabes que no debes tomar justicia por mano propia, está la ley de los hombres y por sobre todo la ley de Dios… “No matarás” dice los mandamientos…
-¿Y si le digo que ese hijo de puta que voy a matar, abusó de mí cuando era un niño? Tengo miedo que cualquiera de estos niños que hoy están en esta iglesia, tengan que sufrir por su culpa, la vida miserable que yo tuve que sufrir.
El cura que hasta ese momento había mantenido su rostro sereno e impávido, hizo un gesto de terror. Intentó inclinarse hacia atrás, tapándose el rostro con sus manos temblorosas y transpiradas, pero no tuvo tiempo de hacer nada. Esa persona delgada y demacrada, de pronto se puso de pie e ingresó al confesionario. Sacó del interior de su campera el revólver y le disparó cinco veces, hasta que estuvo bien seguro de haber matado al sacerdote. Al escuchar el primer disparo, los fieles se tiraron al piso horrorizados, intentando refugiarse bajo los viejos bancos de madera. Pero él, en todo el momento en que estuvo allí, actuó como si nada existiera a su alrededor y ni siquiera advirtió la presencia de ellos en el lugar. Llegó hasta la puerta y girando hacia el atrio, se inclinó hacia adelante haciendo la señal de la cruz. Luego, simplemente, se fue caminando con toda la tranquilidad del mundo rumbo a la comisaría, dispuesto a entregarse.
Él, nunca se había sentido tan en paz con si mismo.

jueves, octubre 23

El bosque


…De pronto, me di cuenta de que me hallaba perdido en el bosque… No sabía cual dirección tomar, y la espesa vegetación me impedía ver que tan lejos me hallaba de alguna ruta o de algún pueblo para poder pedir ayuda.Dentro de algunas horas se haría de noche, y sin luz sería prácticamente imposible encontrar la manera de salir de ese laberinto de árboles y de arbustos que me rodeaba. Con la mirada fija en el suelo, en busca de algún sendero o de algo que pudiera guiarme, seguí mi marcha tomando, casi resignadamente, una dirección al azar. Repentinamente, mi mirada se instaló en un detalle que se encontraba sobre el colchón de hojas secas que cubría el suelo. Eran gotas de sangre. ¿Cuántas? Diez… cien… mil… que se asemejaban a una hilera interminable de hormigas marchando hacia algún lugar. La sangre era fresca, lo que me preocupó demasiado, y comencé a seguir ese rastro sin saber si se trataba de una persona o un animal herido. ¡Personas! ¡Animales!Me da la sensación de que hace años que no veo personas, pero lo mas extraño es que hacía horas que estaba en ese bosque y no había visto ni escuchado a ningún animal por la zona. Ni siquiera un pequeño insecto. Caminé un largo trayecto, pero no pude saber durante cuanto tiempo, ya que mi reloj, quizás producto de algún golpe, se detuvo cuando marcaba las 18:38.Luego de un trayecto en que los árboles parecían amontonarse para cerrarme el paso, llegué a un sitio en que la única vegetación eran unos pequeños arbustos. Ahí se podía ver el cielo, ya que en ese lugar no se encontraban esas gigantescas ramas que formaban el techo verde que cubría casi todo el bosque. Pero poco es lo que podía ayudarme esa característica del lugar, ya que no tenía muchas aptitudes de boy-scout y lo único que había atinado a hacer era asegurarme de caminar, lo más que pudiera, en línea recta, con el sol a mis espaldas. Mientras miraba ahora el cielo, con la remota esperanza de que un avión o un helicóptero pudieran localizarme, mis pasos toparon con algo que inmediatamente me llamó la atención. Entremedio de unos arbustos, semicubierto por unas ramas secas, se encontraba un esqueleto reluciente y completo como suele vérselo en algunas imágenes de los manuales de anatomía. Se encontraba acostado, como “mirando” hacia arriba y aún vestía algunos jirones de ropa que se encontraban podridos, quizás por efecto del sol, la lluvia y por sobre todo por los gusanos, que tan bien cumplieron con su trabajo. Obvio que esa imagen no me llenó de optimismo precisamente, pero a la vez me dio nuevas fuerzas para intentar terminar con esta pesadilla y no terminar de la manera que lo hizo ese pobre desgraciado. Me acerqué a ese esqueleto lentamente (por más que hiciera décadas que estuviera en ese estado, no confiaba en él) y aprovechando que ya no eliminaba ningún olor fétido, comencé a buscar entre lo que quedaba de sus ropas algo que lo identificara. En uno de los bolsillos de su camisa hallé unos papeles que prácticamente se desarmaron cuando los tuve en mis manos y que de por si, eran absolutamente ilegibles.De todas formas, de poco me serviría saber el nombre de ese cadáver. Lo cierto, era que el enigma de la sangre aún fresca continuaba sin develarse, pero lo misterioso es que ese rastro de sangre terminaba a unos centímetros del lugar donde yacía el esqueleto. Me puse de pié y comencé a gritar por si había alguien por ahí cerca, pero solo me contestó el silencio. Y advertí que dentro de muy poco la noche me atraparía en ese extraño lugar. Volví mi vista al suelo cuando un súbito resplandor me ilumino la cara. Provenía, sin lugar a dudas, del que se encontraba en el suelo.Uno de los últimos rayos de sol, se reflejaron insólitamente en algo que tenía cerca de lo que era su mano. Me incliné ante él y me sorprendí de ver en su muñeca un reloj, ya que no lo había percibido cuando revisaba sus pertenencias. El reloj era exactamente igual al mío, lo que no era de extrañarse debido a que era un modelo que se vendía mucho, lo que si me asustó era que ese reloj estaba con sus manecillas detenidas… a las 18:35… Caminé lo más rápido que me dieron las piernas, para alejarme la mayor distancia posible de esa espectral figura. Y por más que intentara pensar en otra cosa, se me hacía imposible evitar mirar hacía atrás, teniendo la sensación de que ese esqueleto corría tras mis espaldas. Llegué hasta un sitio en donde los árboles volvían a levantarse y me recosté exhausto sobre ese colchón de hojas secas. El grueso tronco de un árbol me protegía de la fresca brisa que comenzaba a correr, y el sueño me venció ayudado por esa negra noche que todo lo cubría. Cuando desperté, me sentí llenó de estupor. Me encontraba aturdido, desorientado, como si estuviese sufriendo la resaca de una noche inundada de alcohol. Me incorporé quejosamente y pude ver que mi mano empuñaba un objeto extraño, creí por un momento que se trataba de una rama pero no, era un... ¡cuchillo!… un cuchillo de cuyo filo goteaba sangre… Lo arrojé lejos, poniéndome de pié de un salto y comencé a revisarme el cuerpo en busca de alguna herida que pudiera explicar esa sangre. Por fortuna, me hallaba totalmente ileso y comencé a respirar profundamente tratando de recuperar la calma. De todos modos, mucha tranquilidad no podía sentir ya que si no era mi sangre ¿de quién era? ¿Cómo había llegado ese cuchillo hasta mí? Pero las sorpresas no terminaban con ese incomprensible hecho. Ese susto inicial no me había permitido ver en donde me encontraba en esos momentos. Estaba en el mismo sitio que la tarde anterior. Quizás marchaba en círculos debido a la espesa vegetación, tal vez luego del suceso con el esqueleto, el miedo me hizo perder la dirección… Tomé el cuchillo, limpiándole la sangre con unos yuyos, y comencé a caminar con el sol dándome en la espalda. Y en ese instante me di cuenta de que ese no era un amanecer, sino lo contrario. Dudo de haber dormido tanto como para que ya fuera la tarde, pero lo seguro es que el sol se comenzaba a ocultar.Mientras marchaba, volví a encontrarme con ese rastro de sangre y lo más raro es que seguía estando fresca. Me dejé llevar por ese sendero rojo y llegué hasta donde estaban los arbustos. En ese lugar, mi corazón poco a poco comenzó a latir más rápido hasta llegar a hacerlo descontroladamente. Es que desde el lugar en donde debería encontrarse el esqueleto, se escuchaban unos débiles quejidos. Mi curiosidad pudo más que mi pánico y me acerqué a esa persona moribunda que yacía en el suelo. Cuando me vio, hizo una mueca de sentir un profundo terror y comenzó a murmurar, casi implorando: “¡Por favor, no me mate!”. Sin saber porque, en mi interior una poderosa fuerza comenzó a crecer y me impulsó a utilizar el cuchillo contra ese indefenso hombre.Cuando terminé de matarlo, vi mis manos bañadas en sangre y me di cuenta de que no llevaba reloj. Tomé el de él y me di cuenta de que funcionaba perfectamente. Volví sobre mis pasos para llegar hasta aquel sitio donde los árboles son gigantes, dejando tras de mí un rastro interminable de sangre que provenía del cuchillo y de mis manos y ropas salpicadas. La noche se acercaba rápido, por lo que me recosté exhausto sobre el suave colchón de hierba y hojas. Antes de dormir di un vistazo a la hora en mi flamante reloj. Eran las 18:38. Mañana, como cada mañana, por toda la eternidad, continuará esta maldición que me condena a olvidar y luego a revivir, una y otra vez, la muerte de aquel pobre hombre. Ese hombre que yo, no se cuando y no se porque, asesiné.