Obra de Rocío Tisera

jueves, julio 8

Tres microcuentos de Julio Cortázar



Julio Cortázar, escritor argentino (nació en Bruselas en 1914, pero sus padres se trasladaron pronto a Buenos Aires) fue un renovador respecto a la estructura y el uso del lenguaje tanto en el cuento breve como en el género narrativo en general.
Cortázar mantuvo, a lo largo de su vida, un compromiso político activo, sobre todo en defensa de los derechos humanos. En 1951 viajó a París en donde se desempeñó como traductor de la UNESCO y en 1981 se nacionalizó francés, como protesta a la dictadura militar en Argentina. Fallecería en aquella ciudad en 1984. Entre sus obras inmortales figuran: “Rayuela” (1963), “62 / modelo para armar” (1968), “Todos los fuegos, el fuego”, “El libro de Manuel” (1973), etc.

A continuación, tres microcuentos de este genio de la literatura mundial.

HISTORIA VERIDICA

A un señor se le caen al suelo los anteojos, que hacen un ruido terrible al chocar con las baldosas. El señor se agacha afligidísimo porque los cristales de anteojos cuestan muy caro, pero descubre con asombro que por milagro no se le han roto.
Ahora este señor se siente profundamente agradecido, y comprende que lo ocurrido vale por una advertencia amistosa, de modo que se encamina a una casa de óptica y adquiere en seguida un estuche de cuero almohadillado doble protección, a fin de curarse en salud. Una hora más tarde se le cae el estuche, y al agacharse sin mayor inquietud descubre que los anteojos se han hecho polvo. A este señor le lleva un rato comprender que los designios de la Providencia son inescrutables, y que en realidad el milagro ha ocurrido ahora.


HISTORIA

Un cronopio pequeñito buscaba la llave de la puerta de calle en la mesa de luz, la mesa de luz en el dormitorio, el dormitorio en la casa, la casa en la calle. Aquí se detenía el cronopio, pues para salir a la calle precisaba la llave de la puerta.


PROGRESO Y RETROCESO

Inventaron un cristal que dejaba pasar las moscas. La mosca venía, empujaba un poco con la cabeza y pop ya estaba del otro lado. Alegría enormísima de la mosca.
Todo lo arruinó un sabio húngaro al descubrir que la mosca podía entrar pero no salir, o viceversa, a causa de no se sabe qué macana en la flexibilidad de las fibras de este cristal que era muy fibroso. En seguida inventaron el cazamoscas con un terrón de azúcar adentro, y muchas moscas morían desesperadas. Así acabó toda posible confraternidad con estos animales dignos de mejor suerte.

1 comentario:

Eduard Gunté dijo...

No te aflijas por lo que pones en tu perfil, nadie se entiende ni siquiera a sí mismo, por eso existe tanto arbitrio, pero siempre hay alguien, un ser querido o incluso un enemigo que por entendernos es un buen enemigo.
Me gustó esta entrada.
Un saludo.