Obra de Rocío Tisera

martes, noviembre 7

Gemelos


Muy al contrario de lo que comúnmente se cree, no todos los hermanos gemelos son unidos ni tampoco se llevan tan bien como muchas veces se suele decir por ahí. Por ejemplo, este es el caso de los hermanos Tardetti. Ellos, Román y Andrés, a pesar de ser físicamente iguales, se aborrecían irremediablemente y podría decirse que ese odio mutuo que se sentían, nació en el mismo momento en que ellos estuvieron frente a frente. No hubo un psicopedagogo en toda la ciudad que pudiera solucionar esa triste enemistad y ni siquiera que lograra apaciguarla un poco. El mismo odio que ambos se tenían, obligaba a ellos a que durante toda la vida intentaran diferenciarse lo más posible: mientras uno usaba ropa informal, el vestía saco y corbata; si uno era fanático de la música rock, el otro escucharía solo música romántica, cuando uno era hincha fanático del fútbol, el otro lo sería del básquet, y cientos de cosas más por el estilo. Nunca tuvieron amigos en común, ya que siempre se preocuparon de moverse en ambientes totalmente distintos y al final terminaron de separarse definitivamente cuando cumplieron la mayoría de edad. Román decidió independizarse y probar suerte en Buenos Aires. Su hermano se quedó en Córdoba, en el barrio de toda su vida y cada uno formó su familia, sin que ninguno de los dos supiera lo más mínimo del otro. El tiempo pasó y nunca llegaron a encontrarse, ni siquiera en las fiestas que se realizaban en la casa de sus padres, ya que tanto sus progenitores como el resto de la familia, siempre intentaban evitar que los díscolos hermanos se encontraran, para evitar todo tipo de peleas y momentos desagradables. Por lo tanto, siempre invitaban solo a uno de ellos, ya sea para navidad, año nuevo, pascuas o cumpleaños. Pero una noche, a pesar de todo, volvieron a encontrarse. Aunque tal vez sin saberlo. Andrés viajaba en su auto rumbo a Buenos Aires para ver el partido que Talleres, el equipo de sus amores, jugaría contra River Plate en el estadio Monumental. Por esa ruta, pero en sentido contrario, Román viajaba en su camioneta hacia Córdoba, para presenciar la emocionante serie final de básquet en que Atenas, el equipo de toda su vida, enfrentaría, en su estadio, a Boca Juniors. Andrés y Román se reencontraron, pero no hubo ningún abrazo fraternal, ni pedidos de disculpas, ni siquiera un tímido y silencioso saludo. Ambos hermanos se encontraron cuando sus respectivos coches se chocaron de frente, mientras manejaban a gran velocidad. Los peritos de la policía determinaron que ambos conductores estaban alcoholizados y que alguno de los dos debió quedarse dormido. En mi imaginación, puedo ya ver como uno de los dos hermanos, digamos Andrés, pronuncia antes de morir la siguiente frase: “¡Animal! ¡Cómo te vas a cruzar de carril!”. Mientras Román le contesta enfurecido: “¡Hijo de puta! ¡Cómo vas a andar con luces tan altas!”…

Solo en un pequeño punto coincidieron los gemelos Tardetti, una sola cosa en toda la existencia. Ambos habían pedido en algún momento de sus vidas, que en el momento de morir, deseaban ser cremados y que sus cenizas fueran arrojadas en un lugar que para ellos tenía un valor muy caro a sus afectos. Sus familiares creyeron que lo que no habían podido hacer en vida, quizás lo lograrían ahora, por lo que prepararon una ceremonia muy especial para el momento de derramar las cenizas de ambos hermanos. El lugar elegido fue un sitio cercano a la casa de campo que los Tardetti poseen en la ciudad serrana de Cura Brochero. Los familiares llevaron los cofres que contenían las cenizas de ambos hasta el río Panaholma, quizás uno de los pocos lugares en que los hermanos Tardetti fueron felices estando juntos, en aquella época en que solo eran unos inocentes niños.Primero abrieron el cofre de Román y sus cenizas fueron desparramadas sobre la tibia y mansa corriente de agua. Sus restos flotaron sobre el río hasta que se perdieron en la distancia. Luego le tocó el turno a Andrés.Y allí sucedió algo tan extraño, que mientras algunos familiares se persignaban repetidamente por el temor que los invadía, otros simplemente atinaron a cruzarse miradas incrédulas y sonreírse nerviosamente. Porque en el momento de volcar el cofre sobre el río, una fuerte ráfaga de viento llevo las cenizas de Andrés al lado contrario, lanzándolas hacia la orilla en donde todos se encontraban reunidos. Los familiares se marcharon bastante conmocionados del lugar y, quizás con un dejo de tristeza por la eterna desunión de los gemelos, nunca jamás volvieron a hablar sobre el tema.

FIN

1 comentario:

Anónimo dijo...

Qué tétrico!