
LA PRIMERA CANCIÓN: Una vez, mi hija siendo muy pequeña, tarareó suavemente, como un murmullo, una canción, la primera canción que aprendió. Nunca, jamás, pude quitar de mi cabeza esa melodía bella y pura. Y no solo eso, sino que cada día que pasa, y sin saber porque, esa canción, en mis recuerdos se vuelve más y más hermosa.
EN EL TREN: Una tarde, viajando en tren, vi sentado justo en el asiento de enfrente a un fantasma, que llevaba en su rostro una mueca de pánico. Casi, casi, la misma cara de pánico que tendría yo si me subiera a un tren fantasma.
DUENDECITOS: Cada vez que me emborracho veo a unos extraños duendecitos verdes saltando a mi alrededor. Nunca les di demasiada importancia, hasta el día de hoy, que puedo ver a esos mismos duendecitos verdes estando más sobrio que nunca. Y a juzgar por la diabólica mirada de varios de ellos y por los movimientos amenazantes, diría que lo que pretenden es ni más ni menos, que comience nuevamente a beber, cuanto antes.
LA GITANA: Hace un tiempo, yendo por el centro, se me acercó una gitana que, con mucha velocidad, me tomó de la mano. “Te leo el futuro, muchacho, dejame ver tu mano”, me dijo con su particular acento. No tuve otra opción, si lo que quería era no pasar vergüenza, que extender resignadamente mi mano ante ella. La gitana, de pronto, viendo mi mano, se puso a llorar con una expresión de terror en su rostro y salió corriendo entre medio de la gente, persignándose a una velocidad exagerada y rezando a los gritos por la calle. Nunca más la volví a ver. Nunca supe que vio ella en mi futuro.
MAL NEGOCIO: Estaba en la ruina. Le debía dinero a todo el mundo, mi mujer me había abandonado, mis hijos me odiaban, mis amigos me dejaron solo… Mi vida no tenía sentido, y no tenía ninguna solución a mano. Fue allí cuando Él se me presentó. No tuve más remedio que aceptar su propuesta y resignarme a lo que me deparara el destino. Vendí mi alma en veinticuatro cuotas sin intereses, a pagar a partir de enero del año que viene. Y bueno… hay que reconocer que el diablo es un hábil negociador. Y yo uno pésimo…
QUINCE: Cuando tenía quince años creía que en el futuro me convertiría en una persona muy importante. Veinte años después, me doy cuenta que si alguna vez en mi vida fui alguien realmente importante, fue precisamente cuando solo tenía quince años.
EN EL TREN: Una tarde, viajando en tren, vi sentado justo en el asiento de enfrente a un fantasma, que llevaba en su rostro una mueca de pánico. Casi, casi, la misma cara de pánico que tendría yo si me subiera a un tren fantasma.
DUENDECITOS: Cada vez que me emborracho veo a unos extraños duendecitos verdes saltando a mi alrededor. Nunca les di demasiada importancia, hasta el día de hoy, que puedo ver a esos mismos duendecitos verdes estando más sobrio que nunca. Y a juzgar por la diabólica mirada de varios de ellos y por los movimientos amenazantes, diría que lo que pretenden es ni más ni menos, que comience nuevamente a beber, cuanto antes.
LA GITANA: Hace un tiempo, yendo por el centro, se me acercó una gitana que, con mucha velocidad, me tomó de la mano. “Te leo el futuro, muchacho, dejame ver tu mano”, me dijo con su particular acento. No tuve otra opción, si lo que quería era no pasar vergüenza, que extender resignadamente mi mano ante ella. La gitana, de pronto, viendo mi mano, se puso a llorar con una expresión de terror en su rostro y salió corriendo entre medio de la gente, persignándose a una velocidad exagerada y rezando a los gritos por la calle. Nunca más la volví a ver. Nunca supe que vio ella en mi futuro.
MAL NEGOCIO: Estaba en la ruina. Le debía dinero a todo el mundo, mi mujer me había abandonado, mis hijos me odiaban, mis amigos me dejaron solo… Mi vida no tenía sentido, y no tenía ninguna solución a mano. Fue allí cuando Él se me presentó. No tuve más remedio que aceptar su propuesta y resignarme a lo que me deparara el destino. Vendí mi alma en veinticuatro cuotas sin intereses, a pagar a partir de enero del año que viene. Y bueno… hay que reconocer que el diablo es un hábil negociador. Y yo uno pésimo…
QUINCE: Cuando tenía quince años creía que en el futuro me convertiría en una persona muy importante. Veinte años después, me doy cuenta que si alguna vez en mi vida fui alguien realmente importante, fue precisamente cuando solo tenía quince años.