Obra de Rocío Tisera

lunes, julio 23

La invitación

Lunes. Nueve de la mañana. Juan se levanta desganado y comienza a caminar erráticamente en busca del baño, impulsado por las nauseas que lo obligan a vomitar todo el whisky ingerido. Orina como si hiciera un año que no lo hace e intenta lavar esa cara desfigurada, que es casi un muestrario de todo lo bebido en la noche anterior.
Entrando en ese caos que es su cocina, se dirige hacia el aparador y busca desesperadamente los fósforos. Estaba por encender una hornalla para prepararse un té, pero lo piensa un rato y se decide por encender un porro.
Desde la muerte de su esposa, ya poco es lo que le importa lo que pueda sucederle, lo que entiende por bueno o malo. Pareciera que con su comportamiento estuviera buscando la fatal excusa que pueda permitirle reencontrarse con ella.
Mientras saboreaba su "desayuno", sonó el teléfono.
- ¿Quién es? - preguntó casi con violencia.
- ¡Cómo estás loco! Espero no haberte despertado. - contestó Carlos, intimidado por el tono de voz de su hermano. - Hace semanas que no tengo noticias de vos. ¿En dónde mierda estabas?
- Hace unos días regresé de Rosario. Estuve con unos amigos haciendo algunos "negocios”.
- Espero que esos “negocios” de los que hablas no se traten de esa cosa con la que nos tenés acostumbrados...
- No te hagas problemas que no tiene nada que ver con eso. - le mintió, aún sabiendo que él no iba a creerle - .
- A vos lo que te esta haciendo falta Juan es una mina, salir a tomar un poco de aire, tener amigos, no se, cambiar un poco tu vida… pero eso dejalo en mis manos. Yo mismo me voy a encargar de presentarte alguna “guachita”.
- Yo lo que necesito hermanito es que me dejes de romper los huevos.
- No loco, ¡dame una oportunidad para demostrarte que tengo razón! El miércoles voy a hacer todo lo posible para desocuparme temprano, así puedo darme una vuelta por tu casa para que hablemos mas tranquilos. ¿Quedamos?
- Listo, con tal de no escucharte más por un momento, acepto cualquier cosa.
- Bueno, nos vemos.
Carlos, cortó y se quedo observando una réplica de la pintura “La maja desnuda” de Goya, uno de los cuadros que había comprado para decorar su oficina. Toda su empresa se encontraba repleta de esculturas y obras de arte pertenecientes a su propia colección, ya que el prefería tenerlas en su lugar de trabajo para poder contemplarlas en todo momento y así calmar el agobio que le causaba estar prisionero en ese edificio, tan oculto de la luz del dia.
Sonrió y pensó en la nueva secretaria que había contratado. Quizás sería la candidata ideal para presentarle a su hermano. Tomó el teléfono del conmutador y la llamó.
- Andrea, por favor, preséntese en mi oficina. – dijo en tono misterioso.
- Enseguida señor. – dijo instintivamente.
En solo unos segundos la joven ya se encontraba delante de él.
- Si señor ¿en que me necesita?
Él la miró detenidamente, se podría decir que por primera vez, ya que al estar continuamente tan preocupado y tan encerrado en su trabajo, sumándole a ello su timidez, nunca se había tomado el tiempo de contemplar que tan celestes eran aquellos ojos, que tan largos y destellantes eran esos cabellos, cuanta sensualidad poseían las líneas que dibujaban esa figura…
- Mire Andrea, le seré sincero, yo necesito de usted un favor muy especial... – dijo casi sin saber por donde empezar, pero al ver como la cara de ella comenzaba a cambiarse entre confundida y asustada, se apresuró en explicarle
- Andrea, no se asuste, pero lo que yo quiero pedirle es que me acompañe, junto con mi esposa y mi hermano, a una cena. No lo tome como una cita a ciegas ni nada parecido. Simplemente sucede que mi hermano se encuentra en un estado muy depresivo y pensé que una salida entre amigos, tal vez sirva para poder levantarle el ánimo. – Dijo casi sin respirar.
- Por favor, discúlpeme señor, pero déme un tiempo para contestarle. No acostumbro a aceptar invitaciones para salir, porque al estudiar en la universidad no cuento con mucho tiempo libre. Además debo reconocer que me encuentro muy sorprendida por su pedido. - le respondió no muy convencida de aceptar.
- Por supuesto, reconozco que este favor que le pido puede provocarle una situación demasiado incomoda, pero le ruego que no se sienta presionada por mis palabras, si usted no desea aceptar la invitación, obviamente sabré entender.
Andrea salió de la oficina maldiciendo, por lo bajo, las palabras de su jefe. Porque si bien ella no tenía ni la más mínima intención de cenar con él y menos aún de conocer gente, pensó que de darle una respuesta negativa a su superior, podría de alguna manera, atentar contra la estabilidad de su trabajo. Y ya había estado demasiado tiempo desempleada, como para perder el puesto que tanto sacrificio le había costado conseguir en esa empresa. Ella sabía que tarde o temprano iba a tener que aceptar la invitación de su jefe.

Miércoles, 17 horas. Suena el teléfono en casa de Juan. Era su hermano quien nuevamente lo llamaba.
-¡Hola hermano! ya tengo todo arreglado para este viernes, no lo vas a creer, me anime a invitar a mi nueva secretaria a una cena a la que no podes faltar, yo ya le dije a Silvia que no planeara nada para esa noche, así que te espero a las 21,00 horas en el restaurante del hotel Plaza ¿lo conoces?
-¡Para loco! Tranquilízate, lo conozco, pero no te entusiasmes mucho porque no voy a ir.
-¡No Juan, no me podes hacer esto! No sabes cuanto sufrí para invitar a Andrea a esta cena, casi me muero de la vergüenza de tanto insistir para que aceptara…
-¿Quién mierda es Andrea?
-Mi nueva secretaria, boludo, ¿no me estas escuchando? ¿Estas fumado de nuevo?
-Ni lo uno ni lo otro, Carlos, solo quiero que no te metas en mi vida…
-Hermano, solo te quiero ayudar ¿sabes? Perdóname, pero cueste lo que cueste yo quiero que salgas de ese ambiente que sueles frecuentar.
-Bueno, acepto la invitación, pero recuerda que nada bueno puede salir de esto.

Viernes, 21 horas. Suena el timbre en el departamento de Andrea y se escucha la voz de Carlos a través del portero eléctrico. Ella ya había terminado de vestirse y de maquillarse y lo único que deseaba era que el tiempo corriera pronto y que la cena transcurriera lo menos tortuosa posible. Apagó las luces, respiró hondo y atravesó la puerta en busca del ascensor.
Ya en la calle se encontró con el jefe y su esposa dentro de una deslumbrante camioneta de color azul. Cuando Carlos se percató que Andrea se aproximaba, abrió la puerta de atrás y encendió el motor. Apenas ella subió al coche, él, con cierto nerviosismo, le presentó a su esposa.
Andrea observó detenidamente a Silvia, le sonrió y se sintió más relajada.
El auto rápidamente se puso en marcha.
Carlos había reservado la mejor mesa del restaurante más exclusivo de la ciudad, lugar al que concurría junto a su esposa muy frecuentemente. Por lo tanto, apenas los vieron llegar, los mozos les dispensaron la mejor atención. Se ubicaron en la mesa correspondiente y él, observando a su secretaria e intentando distenderse, inició una conversación.
-¡Ya vas a probar lo bien que se come aquí! A este lugar venimos desde la primera cita que tuvimos de novios, incluso aquí mismo le pedí casamiento. Lo único que nos falta, es que cuando nos pidamos el divorcio ¡tengamos aquí mismo una cena de despedida! - Dijo provocando la sonrisa de su secretaria y el reproche cómplice de su esposa.
Poco a poco, Andrea fue perdiendo esa postura distante y fastidiosa, comenzado a hablar distendidamente de varios temas, riendo de las anécdotas que ellos relataban. Pero el tiempo pasaba y él comenzó a ponerse nervioso, ya que su hermano seguía sin aparecer. Entonces tomó su celular y levantándose de la mesa dijo vergonzosamente:
-Sepan disculparme, pero había olvidado que tenía que hacer un llamado muy importante a un cliente de la empresa.
-Este siempre es el mismo. No deja de pensar en su trabajo ni aún en los pocos momentos que tenemos para distraernos – Dijo su esposa un poco en broma, un poco en serio.
Silvia si bien disfrutaba del buen pasar económico de su pareja, siempre se sentía relegada por los extensos horarios de oficina de su esposo, sin contar aquellos congresos, viajes de negocios y reuniones que hacían que fuera muy poco el tiempo que podían compartir y disfrutar.
-Tomate tu tiempo, así Andrea y yo podemos hablar mas tranquilas sobre cosas de las que vos seguramente te vas a aburrir.
Carlos se dirigió hacia el baño y marcó el número de su hermano. Luego de que el teléfono sonara varias veces, por fin escucho la voz de Juan. Y el arremetió.
-¡¿Qué mierda estás esperando?! Vení ya para el restaurante antes que te traiga de los pelos.
-Dejate de joder, boludo…-Le respondió su hermano, casi balbuceando.
-¡Es que no me podés hacer esto, no sabes cuanto me costó conseguirte esta cita… hace una hora que te estamos esperando…
-Bueno loco, yo no te pedí que hicieras esta boludez… ¿Querés que te diga la verdad?
Te conviene que no vaya porque no me puedo parar del pedo que tengo…
Apenas escuchó esas palabras, cortó y guardo su celular. Lavó su cara y quedó por un momento mirándose en el espejo. Intentó borrar su rostro de fastidio y se dirigió rumbo a la mesa.
Su esposa y su secretaria estaban conversando animadamente, y por la divertida forma de hablar podría decirse que se llevaban muy bien. Sin dudas, el vino había disimulado la espera, ya que Silvia era una persona muy reservada y bastante tímida.
“Bueno...- pensó él - por lo menos ella se hizo de una amiga”.
Se sentó con movimientos algo nerviosos y ensayó una disculpa sin mucho ánimo de ser creíble.
-Acaba de comunicarse mi hermano y me contó que se le presentó un problema laboral de imprevisto, por lo que se le hace imposible venir a la cena. Dice que lo siente muchísimo y pide un millón de disculpas por su ausencia.
Andrea obviamente no creyó la excusa, ya que según uno de los variados comentarios de los chismosos que trabajaban en la oficina, “el hermano del jefe” jamás había trabajado, salvo que se considerara así a esos negocios referidos a drogas, contrabando, prostíbulos... Por lo tanto a ella esta situación no le molestó en lo absoluto, ya que hacía mucho tiempo que había dejado de estar interesada en conocer a algún hombre.
Pidieron el menú y pasaron, a pesar de todo, una cena agradable.

Silvia y Andrea se hicieron amigas inseparables, compartiendo casi todo el tiempo libre, ya sea visitándose para tomar el té, saliendo de compras o yendo al teatro, pasatiempo este que no era compartido por Carlos, ya que él prefería ver una buena película por cable en la comodidad de su living.
Habían pasado seis meses de aquella fallida cita y nadie sabía algo sobre el paradero de Juan.
Carlos regresó de un largo viaje de negocios y se dirigió directamente a su oficina decidido a volver a llamarlo. Al fin y al cabo, él había sido quién cortó bruscamente la conversación la última vez que hablaron por teléfono. Llamó por el conmutador a su secretaria para que intentara comunicarse con su hermano, pero en vez de ser atendido por Andrea escucho otra voz que le informó:
-Disculpe señor, ocurrió que no tuvieron tiempo para comunicárselo, mi nombre es Cristina y soy su nueva secretaria.- El se levantó extrañado de su escritorio y se dirigió a la oficina del jefe de personal.
-Gómez ¿Qué sucede con Andrea?
-Disculpe señor que no le haya dicho, pero no pensé que fuera importante. La señorita Andrea Mastelli presentó su renuncia hace dos días.
-¿Cómo? ¿Dijo algo de porque tomó esa decisión?
-Lo único que mencionó es que se marchaba de la ciudad.
Durante toda la tarde su nueva secretaria intentó comunicarse con su hermano, pero el celular se encontraba apagado y nadie atendía el teléfono fijo de la casa.
A la salida de la oficina, ya de noche, fue hasta la casa de Juan, pero no encontró a nadie.
Se asomó por la ventana y lo único que alcanzó a ver fue la cocina hecha un verdadero chiquero, con restos de comida sobre la mesa y botellas vacías tiradas sobre el piso, dando la sensación de que hacía mucho tiempo que ese lugar estaba abandonado.
Cansado, subió al auto para volver a casa, un poco ansioso por preguntarle a su esposa si ella sabía algo sobre la extraña y repentina decisión de Andrea de renunciar al trabajo. Sorprendido no porque ella resignara la alta remuneración que recibía por su labor, sino por el hecho de que no lo hubiera hablado teniendo en cuenta el aprecio y la amistad que ellos sentían por ella.
Cuando entró a su casa, dispuesto a darse una larga ducha para sacarse toda la mufa del trabajo, encontró una carta pegada sobre la pantalla del televisor y apenas la tomó se dio cuenta a de su mujer. Totalmente intrigado comenzó a leer:

Carlos:
Perdóname que haya elegido esta manera para comunicarte algo tan importante, pero es que nunca me hubiese animado a decírtelo en la cara, temiendo la forma en que puedas reaccionar. Tengo que decirte que durante todo este tiempo te he estado engañando y debo reconocer que me siento muy enamorada de esa persona.
Nunca imagine que algo así podría ocurrirme, pero sucedió. Y como no quiero que todos estén murmurando y cuestionando esta situación, me marcho de la ciudad.
Apenas consiga donde alojarme, mi abogado se encargará del tramite del divorcio.
Perdóname, pero estoy convencida de estar haciendo lo correcto.
Tú solo eres feliz cuando trabajas y la verdad, es que yo me cansé de estar sola.
Silvia


Carlos trastabilló hacia atrás y se quedo sentado en el piso, mirando la carta, con la mente en blanco. Recorrió la casa, esperando encontrarla, imaginándosela riendo por la broma que en ese momento le estaba haciendo, pero ella no estaba. Así como tampoco estaban sus cosas, ni la ropa, ni las joyas...
Fue hasta el escritorio que tenía en la sala, busco la llave que estaba escondida en un estante de la biblioteca y abrió el último cajón. Sacó de allí un revolver, lo cargó y se quedó sentado.
Medito durante un largo tiempo sobre las razones que ella pudo haber tenido para abandonarlo. Pero también imaginó a su esposa deseando a otro, acercándose a otro, amando a otro… y se sintió desecho, destruido, ahogado en una marea de celos, desesperación, soledad...
Apoyó nerviosamente el arma en su sien y simplemente disparó.

A doscientos kilómetros de allí, Silvia terminaba de ducharse. Salió del baño envuelta en una toalla y tomó el paquete de cigarrillos que había dejado sobre la mesa de luz.
Encendió uno y se quedo mirando a través de la ventana. Podía observar la ruta tan vacía, tan extraña, con el resplandor de la ciudad brillando detrás de ella.
Apagó el cigarrillo, se dirigió hacia la cama y pudo ver el cuerpo desnudo de su amante durmiendo en la cama.
Las luces de los carteles, que se encontraban en la estación de servicio ubicada al frente del hotel, penetraban en la habitación y le impedían dormir. Silvia besó los labios de Andrea, que se encontraba profundamente dormida y se quedaron abrazadas, agotadas por el largo viaje que habían realizado en auto. Mañana les esperaría un día bastante movido, ya que tenían que encontrar una casa cómoda y acogedora para comenzar una nueva vida.

Recién a los tres días, Juan se enteró de lo que le había sucedido a su hermano.
Venía conduciendo desde Rosario, contento por el buen fajo de billetes que consiguió con sus negocios sucios, cuando escuchó por la radio la trágica noticia.
Él no sintió ningún tipo de remordimiento, ni de dolor, ni de pena o haber concurrido al velorio de su hermano.
Lo único que hizo fue parar a un costado de la ruta, fumarse un cigarrillo con toda la tranquilidad del mundo y comenzar a reírse, primero tímidamente, para terminar haciéndolo con todas sus fuerzas.
Un momento después, quizás cansado de tanto reírse, se quedó en silencio y su mirada se perdió en el lejano horizonte, en la nada.
Ahora no dejaba de repetirse:
-Al final ese hijo de puta siempre tuvo más huevos que yo… ese hijo de puta tuvo más huevos que yo...

FIN

lunes, julio 16

Borracho

Estaba borracho. Demasiado borracho, tal vez.
Iba caminando en zigzag por las calles vacías, en plena madrugada, buscando otro bar en donde poder seguir ahogando mis penas (aunque saben decir, y con razón, que las penas nunca se ahogan en alcohol, porque ellas saben nadar)
Recuerdo, lo poco que hoy recuerdo, es que de pronto levanté, con mucho esfuerzo, la mirada y me topé con un bar de mala muerte, en una zona bastante peligrosa como para andar solo a esas horas.
Pero los whiskys que había tomado esa noche, me habían dado ese toque de valentía, mezclado con un algo de inconsciencia y bastante de estupidez, por lo que no lo dudé demasiado y allí entré, a tomarme algunas copas más.
No tenía muchas opciones si quería seguir bebiendo. Del último bodegón que había encontrado abierto, me echaron por pelear con uno que estaba más borracho que yo… y ya se me habían acabado los lugares conocidos.
Me senté en una mesita, que se encontraba un poco escondida por la penumbra del lugar.
Se acercó el mozo, pedí un vaso de whisky y comencé a saborearlo lentamente, dispuesto está vez a disfrutar del momento…
Pero de pronto, unas luces rojas iluminaron el pequeño escenario que se encontraba delante de mí y que no había advertido al llegar a ese bar. Y sobre él, apareció una bella mujer, morocha, de cabello ensortijado y… completamente desnuda.
Lejos de lo que uno se puede imaginar, las personas que se encontraban allí, unos veinticinco borrachos, bien borrachos, la ignoraron por completo. Continuaron con sus miradas perdidas en el vaso o en la botella o hablando cosas incoherentes totalmente solos.
Incomprensivamente, la situación comenzó a cambiar cuando, desde un rincón del escenario, un asistente de la morocha le tiró un portaligas negro.
Lentamente, las miradas comenzaron a fijarse en ella, para observar como, con mucha sensualidad, se colocaba la lencería.
Luego le arrojaron una pequeña bombachita roja, la que ella se puso contorneándose eróticamente, ante los primeros suspiros y piropos de la platea masculina.
El delirio de los hombres comenzó cuando terminó de ponerse el corpiño, ya que a partir de ese momento, comenzaron a aullar como lo harían los lobos en celo en una noche de luna llena.
Y poco a poco, a medida que ella se iba vistiendo más y más, cubriendo así su original desnudez, la excitación de los que se encontraban en el bar, iba en aumento.
Pero todo se terminó de descontrolar en el instante en que ella, dando por finalizado su show, terminó de vestirse sus jeans, sus botas de cuero y su musculosa blanca.
Una turba de borrachos, se abalanzó ante ella, lanzándole piropos, declaraciones de amor e improperios varios, intentando tocarla, acariciarla o directamente secuestrarla…
Dos gordos que trabajaban de seguridad en el bar, debieron casi arrancarla de las manos de los más ebrios, que intentaban con toda violencia someterla a sus bajos instintos.
Y en medio del forcejeo, de los empujones y de alguna que otra trompada lanzada al voleo, una botella voló por los aires, luego fue una silla, luego una mesa… y ese fue el momento preciso en que decidí huir de ese bar de locos, dando por finalizado esa larga y extraña noche.
Seis horas después, ya pasado el mediodía, desperté en mi cama, con el hígado destruido y mi cabeza revuelta, intentando desesperadamente llegar al baño para lanzar el vómito.
No recuerdo para nada como llegué a casa, si volví en taxi, en ómnibus o caminando. Pero al menos, me tranquilicé al no encontrarme ninguna herida, salvo, como acabo de comentar, las hepáticas…
A la noche siguiente, ninguno de mis amigos me creyó lo que viví en el bar. La historia de la morocha que hacía el “al revés”, les pareció demasiado. Me respondían, entre risas y burlas, que lo que acababa de decir no era más que uno de esos delirantes cuentos de borrachos. Y lo peor de todo, es que temo que ellos tengan razón.

FIN

miércoles, julio 4

El F.M.I. y el Presidente

El 9 de Julio de 1989, en plenos festejos patrios por el Día de la Independencia, Jorge Bevilacqua asumió a la presidencia de la República Argentina, luego de haber triunfado en las elecciones generales gracias al voto de casi el 70% de la población.
Era un estadista brillante, un intelectual, un ser sensible que debido a sus humildes orígenes tenía un gran compromiso social. Era honesto, justo y medido en sus palabras.
Evitaba caer en el populismo, en la demagogia y los eternos vicios de la política tradicional. No toleraba ni el clientelismo ni el corporativismo político y mucho menos la corrupción. Era, por decirlo de alguna manera, el presidente soñado por el pueblo.
Esto mismo fue lo que provocó el ataque de nervios que casi mata a cada integrante de la directiva del Fondo Monetario Internacional, que veía indignada como el mandatario argentino rechazaba cada una de las políticas económicas que le imponían.
Indignados y hasta aterrados de que esta actitud “provocadora” e “inadmisible” se convirtiera en un ejemplo a seguir por el resto de las naciones “en vías de desarrollo”, decidieron tomar una decisión drástica: el Presidente Bevilacqua debía ser eliminado.
Para llevar adelante lo planeado, convocaron a Adolf Bushman, un brillante científico estadounidense que durante décadas brindo sus servicios al F.M.I.
Muchos se preguntaban que función podía cumplir un destacado físico y matemático entre medio de aquellos inescrupulosos economistas. Pero él realizaba su trabajo con la mayor discreción posible y era el secreto mejor guardado de la institución.
Bushman recibió el llamado cuando terminaba de realizar una importante conferencia en la Universidad de Salamanca. Rápidamente se contactó con dos de sus colaboradores y tomó el primer vuelo a Nueva York, mientras que en su computadora portátil recababa información sobre el trabajo que le habían encargado.
Una vez en su laboratorio, se encontró con dos personas que le aguardaban.
Los dos parecían ser agentes de la CIA o del FBI y poco tenían de egresados de Harvard. Eran de aspecto sombrío, altos y con físico de soldados. No hablaban demasiado y solo se limitaron a saludar al doctor y seguirlo hasta una sala en donde se encontraban extraños artefactos.
Bushman les pidió a ambos que se desvistieran y comenzó a realizarles un rápido chequeo médico de rutina. Después los guió hasta unas mesas semejantes a las que se suelen usar en cualquier sala de operaciones y les pidió que se quedaran tranquilos y se recostaran.
Minutos después, ambos sujetos se encontraban con el cuerpo prácticamente cubierto de cables y sensores conectados a una serie de computadoras y monitores.
Luego la mesa comenzó a moverse, introduciéndose en una especie de túnel de metal de no más de dos metros y medio de largo, cerrándose tras su paso, una escotilla que sellaba ese oscuro recinto. De pronto hubo un silencio que a todos les pareció eterno hasta que ante la mirada expectante del doctor y de sus colaboradores, un enceguecedor rayo de luz, acompañado por un agudo e insoportable zumbido, inundó el túnel.
Cuando ambas mesas salieron del recinto, se encontraban vacías.

Extracto de una nota periodística del diario "La Voz del Interior" 30 de Julio de 1989:
"Mañana, el Presidente del Fondo Monetario Internacional y el Presidente de la República Argentina, Néstor Méndez, firmarán un acuerdo en el que Argentina se compromete a pagar el doble del monto que adeuda con ese organismo, más intereses y algunas compensaciones para remediar daños y perjuicios que pudieran haberse causado, a pesar de que el país está sumido en una crisis económica sin precedentes y el pueblo víctima de la injusticia social, se muere resignadamente de hambre.
Por otra parte, en medio de marchas de protesta y huelgas generales, militantes de izquierda y de Derechos Humanos, recordarán en un acto el tercer aniversario de la trágica muerte de Jorge Bevilacqua, fallecido en un extraño accidente automovilístico mientras desarrollaba su campaña electoral, con vista a las elecciones presidenciales de ese mismo año."

FIN

domingo, julio 1

Fotos

Lulú se encontraba completamente desnuda, entre la verde y paradisíaca vegetación del Cerro Uritorco, intentando con mucho esfuerzo, disimular los temblores involuntarios ocasionados por el intenso frío de invierno. Solo el esporádico brillo del sol, que aparecía a través del manto de nubes, lograba atenuar un poco el adverso clima.
Ante ella y detrás de una cámara, se hallaba Charly, un joven fotógrafo que se proponía ganar algún dinero con fotografías pornográficas, intentando esbozar un gesto de profesionalismo e inmutabilidad en un rostro que a las claras mostraba un gran estado de excitación. El joven, al contrario de Lulú, estaba bien abrigado, llevando encima de su ropa un grueso poncho de los que suelen vestir los gauchos en las festividades patrias.
Ese poncho era algo oportuno para la ocasión, ya que no solo lo cubría del frío, sino que además le permitía disimular la erección que le estaba causado esa caliente sesión de fotos. Porque ni ese gélido día, ni esos nubarrones oscuros, podían evitar que Lulú se viera espléndida, grandiosa, mostrándose ante la lente como una verdadera diva, sensual y a la vez intimidante, contorneándose con movimientos eróticos entremedio de la vegetación y las rocas multicolores.
Charly, debatiéndose entre pensamientos y delirios obscenos, se hacía un tiempo cada tanto para agradecer a Dios la oportunidad de estar allí, en ese lugar único, admirando el bellísimo cuerpo de esa morocha espectacular y que, por si eso fuera poco, ¡Encima le pagaran por ello! Sin lugar a dudas, pensaba Charly, este debe ser el mejor trabajo que puede llegar a existir.
Pero cuando parecía que no existía nada en el mundo que pudiera hacer que Charly dejara de observar hipnotizadamente a Lulú, algo, quizás porque no era precisamente de este mundo, lo logró.
Por detrás de aquel bello cuerpo femenino, apareció desplazándose a baja altura, un objeto con forma circular y color plateado. No contaba con alas ni motores visibles y no emitía ningún tipo de sonido. Esa máquina, decididamente no era de este mundo.
Charly inmediatamente enfocó su cámara en esa extraña nave y comenzó a fotografiarla ininterrumpidamente, deteniéndose solo en el momento de recargar la máquina con un nuevo rollo.
Lulú tardó en darse cuenta de lo que estaba sucediendo, pero cuando ella giró para observar cual era ahora el centro de atención del joven fotógrafo, se quedó perpleja al encontrarse con ese ovni.
De pronto, la nave abandonó su marcha lenta, su suave desfile ante la cámara, y con unos sutiles zigzagueos realizados a una increíble velocidad, desapareció sin dejar rastros.
Ese encuentro cercano con una civilización extraterrestre, conmocionó profundamente al joven fotógrafo. Lulú, mientras tanto, dejó de sufrir aquel insoportable frío, producto de la excitación que le produjo esa impactante e inesperada experiencia.
Charly, no solo había perdido la calentura, sino que algo en su interior le advirtió que podía darle un nuevo sentido a su vida.
-"Fotos de minas desnudas tiene todo el mundo. Pero fotos de ¡Una nave extraterrestre! ¿Quién no pagaría miles de pesos por ellas?".
Charly salió corriendo y subió a su desastroso auto, rumbo a su laboratorio de revelado. Lulú se quedó sin entender nada aún, sentada sobre una fría piedra, completamente desnuda.

FIN

viernes, junio 1

Negro

Él observaba a cada una de las personas que caminaban caóticamente por el centro de la ciudad. Sus grandes ojos negros abarcaban todo lo que sucedía en el lugar, pendiente de cada movimiento, cada gesto, cada palabra. Llevó su manaza oscura y brillante hacia su rostro, frunció sus labios grandes y secos, y luego estiró los rulos de su ensortijado cabello de color azabache en un gesto de fastidio e impaciencia. Él se encontraba expectante, ansioso, aún sabiendo absolutamente todo lo que ocurría a su alrededor.
De pronto, llegó el momento que esperaba, el hecho que sabía que ocurriría en el tiempo y el lugar preciso.
Su oscura figura no hizo ni un solo ruido, ni un mínimo movimiento visible, absolutamente nada, pero ya había cumplido con su misión. En la calle, un niño de no mas de cinco años yacía exánime. Acababa de ser atropellado por un conductor ebrio que, apenas entendió lo que acababa de suceder, se fugó cobardemente del lugar.
Él se acercó sonriendo hasta donde se encontraba el pequeño cuerpo sin vida. Con su gran mano oscura le acarició muy dulcemente la frente y le susurró al oído:
-Despierta angelito...
Del cadaver que ya comenzaba a enfriarse, brotó una luz maravillosa que se reflejó en todas las direcciones. Sin embargo, nadie de toda esa multitud que comenzaba a acercarse al lugar del accidente, alcanzó a ver. Y por primera vez en ese día, él hizo estallar el blanco de su risa que contrastaba con el negro de su ser. Pero la gente tampoco pudo, o supo, o quizo, verlo ni oirlo. Eso es sabido. La gente no ve a Dios.

FIN

domingo, mayo 27

Discurso político

El político se bajó de su camioneta acompañado por sus inseparables colaboradores.
La furiosa campaña electoral, sumado a su mala posición en la encuestas de intención de voto, obligaban a que el candidato a Senador estuviera en la mayor cantidad posible de lugares en el menor tiempo. No importaba cuanto durara el discurso, ni su contenido, ni su veracidad. Solo importaba que la gente lo viera, lo escuchara y que memorizara su nombre y su imagen para que el domingo siguiente todos lo recordaran y le dieran su voto. En esa vorágine de visitas a hospitales, colegios, museos, shoppings y cualquier otro tipo de lugar en el que se diera una concentración masiva de personas, el político se bajó de su camioneta y enfilo directo hacia la multitud con una sonrisa a flor de labios y con la lengua dispuesta a decir precisamente lo que el pueblo deseaba escuchar.
En este caso, se trataba de un colegio para adultos y el ingresó rápidamente bajo la lluvia de flashes fotográficos que registraban su visita. Obviamente, aquellos periodistas eran gente pagada por él.
La directora del instituto se sorprendió al ver al candidato político y cuando ella, con cierto malhumor, le preguntó la razón de su inesperada visita, él se subió velozmente sin decir una sola palabra al escenario ubicado en un extremo del inmenso comedor. Él, tuvo la suerte de que ese se lugar se hallaba repleto de estudiantes, ya que llegó justo en el momento del almuerzo.
El político inmediatamente se presentó y una vez apoderado del micrófono que alguien había dejado olvidado sobre el escenario, largó todo su repertorio de anuncios, promesas y críticas contra su oponente de las elecciones del domingo.
Cuando concluyó con su palabrerío, él espero el ya casi habitual aplauso de los presentes y algún que otro "¡Viva el senador!", pero se dio cuenta de que ninguno de los que se encontraban allí le había prestado la más mínima atención.
El político, avergonzado, abatido, agachó la cabeza y se fue casi huyendo hacia la camioneta sin decirle ni una palabra a la directora del colegio, por más que ella lo persiguiera hasta la salida, sin lograr detenerlo.
El político, cansado y bastante estresado por el ritmo de la campaña electoral, se largó a llorar desconsoladamente y anuncio a su equipo de colaboradores que renunciaba a la candidatura de senador.
La lujosa camioneta partió del lugar, dejando a una confundida y desorientada directora en la puerta de ingreso de la Institución de Enseñanza para Adultos… Sordomudos…

FIN

miércoles, mayo 2

Mensaje de Texto

Suena mi teléfono celular. Es un mensaje de texto. Busco un trapo limpio, me limpio las manos y saco el teléfono del bolsillo de mi camisa. El mensaje era de mi esposa.
"¿Dónde estás gringo? Te espero en donde habíamos quedado, en Colón y Gral. Paz".
Obviamente el mensaje no iba dirigido a mí, no solo porque nunca me llamo gringo, porque no lo soy, sino porque en ningún momento nos habíamos puesto de acuerdo para encontrarnos allí. Seguramente debió confundirse de número en el momento de enviarlo.
¿Qué hacer? La sangre me hervía, la cabeza me estallaba, y tenía ganas de salir corriendo de la fábrica. Fui hasta la oficina de mi supervisor y simplemente le dije -"Hágame un permiso de salida que debo atender una urgencia". Mi jefe en una situación normal muy probablemente me hubiese preguntado cual era el grave motivo que me obligaba a abandonar el trabajo. Pero mi jefe, al ver mi rostro enfurecido, opto por guardar silencio. Salí de la fábrica con mi ropa de trabajo hecha una verdadera mugre, pero realmente ni me importaba. Detuve un taxi y fui hacía el lugar en donde mi esposa estaría esperando a ese "Gringo". El viaje duró unos diez minutos que se me hicieron eternos, temiendo llegar tarde al encuentro, pero al menos, en eso tuve suerte. En una de las escaleras del Correo Central, mi esposa le dio un rápido pero apasionado beso a un tipo algo mayor que yo, delgado, alto y de cabellos rubios. Mi corazón comenzó a latir con fuerza, y no podía evitar que mis piernas me llevaran hasta donde se encontraban ellos, pero igualmente conserve la calma.
La llamé.
-"Hola mi amor, ¡Sorpresa! Pedí permiso para salir más temprano del laburo, porque tenía muchas ganas de verte. ¿Vos estás en casa, no?"
-"Mirá… recién salgo de casa rumbo al almacén… ¿En cuanto decís que llegás a casa?"
-"Calculá que en media hora llego"
-"Bueno mi amor, te espero. Voy poniendo a calentar el agua para tomar unos mates. Chau, un besito…"
-"Chau, chau, un besito…"
A unos metros de mi, vi como ella, desesperada, le dio otro beso a ese tipo y le alcanzó a explicar algo. Tomó un taxi y dejó a su amante, que se quedó observando como ella se marchaba. Luego, el "Gringo" se fue caminando rumbo a la calle Lima, a buscar su auto en la cochera. El paso al lado mío. Lo miré a los ojos, pero él no reaccionó. Por lo visto no me conocía. Lo seguí hasta que se subió al auto, entonces detuve un taxi y tal como suelen decir en las viejas películas, le dije al chofer "¡Siga a ese auto!" y me acomodé en el asiento del coche, mientras intentaba calmar mis emociones. Luego de varias cuadras de perseguirlo, se detuvo al frente de una bella casona de barrio Ayacucho. Yo me bajé del taxi unos metros detrás, y me fui en busca de él. El tipo, cuando estaba a punto de ingresar a su casa, fue recibido por una mujer, por lo visto su esposa, quien le dio un largo beso de bienvenida. Entraron a la lujosa vivienda tomados de la mano y daban la imagen de ser un feliz matrimonio o. Esperé un par de minutos y toqué el timbre de la casa. Justo en el momento en que la puerta comenzó a abrirse, mi teléfono comenzó a sonar. Era mi esposa.
-"¿Y mi amor? ¿Por qué te estás demorando tanto?"
En ese momento, la esposa del Gringo atendió la puerta.
-"Porque estoy con una amiga tuya… Acá te paso con ella…"
La señora sin entender nada, tomó el teléfono y apenas largo un dubitativo "¿Hola?", mi esposa cortó. Le expliqué a esa mujer todo lo que estaba sucediendo y aunque al principio no estaba muy convencida, por los gritos que luego le pegó al Gringo y que se escuchaban a una cuadra de distancia, me parece que finalmente me creyó. Me tomé un ómnibus rumbo a mi casa (ya me había fundido con los taxis que tomé ese día) y cuando llegué encontré a mi esposa en la cocina. Se encontraba sentada, pálida y con sus manos cubriendo su rostro. En el termo había agua caliente, el mate estaba preparado y en la bandeja había facturas y pan criollo. Me serví un mate y me quedé mirándola fijamente. Cuando ella me miró, con lágrimas en los ojos, me dijo -"Tenemos que hablar".
Yo no dije nada. Solo tomé mi mate, mientras pensaba que mi matrimonio se había terminado.

FIN

jueves, abril 19

Imposible

Él se sentía aburrido, deprimido. No era casual que ese día fuera domingo y mucho menos que comenzara a atardecer. Las cuatro paredes del cuarto empezaron a asfixiarlo y sin ganas de leer, ni de escuchar música, ni de ver alguna película, decidió finalmente salir a caminar un rato.
Comenzó a andar por una calle poco transitada, rumbo a la plaza del barrio. Su primera intención fue la de sentarse en algún banco para mirar el ir y venir de la gente, mientras pensaba en cualquier tontería. Pero de pronto, la monotonía de la que se sentía víctima se rompió. Porque vio a una mujer, que para él no era cualquier mujer, parada a unos treinta metros delante de él.
Ella lo miraba fijamente, como hipnotizada, a la vez permanecía callada y serena.
Era hermosa: cabellos rubios y cortos, rozándoles los hombros, ojos celestes que le daban una mirada tímida y a la vez sensual, estatura similar a la de él, delgada pero no como esas os raquíticas que suelen aparecer en los desfiles de moda sino con curvas armoniosas...
Quedó instantáneamente flechado y se detuvo ante ella, sin saber que decir ni que hacer.
Intentó acercarse, para iniciar alguna conversación, pero ante cada paso que él daba, ella retrocedía uno. Al principio creyó que estaba siendo víctima de una patética broma, pero ella se mantenía tan seria como desde el primer momento, mientras continuaba sin pronunciar ninguna palabra.
Extrañado por su comportamiento, desistió de seguir participando de ese tonto juego y dándole la espalda furiosamente, inicio el camino de regreso a su casa.
Mientras caminaba, él sintió unos pasos que le seguían.
Intrigado, volteó para ver de quien se trataba, y era ella otra vez.
Se detuvo y a la vez, ella también lo hizo. Se acercó y ella nuevamente retrocedió.
Entonces, él marchó rápidamente a su casa, casi corriendo y sin volver la vista atrás.
Jamás volvió a verla en su vida.

A los pocos días, él se olvidó, y para siempre, de esta extrañísima anécdota, aunque en algún lugar de su memoria debió haber quedado grabado el rostro de aquella mujer, ya que de ahí en más, casi todas las noches soñó con esa bromista, o loca, o lo que haya sido.
Sin embargo, ella aún lo está esperando, en esa misma esquina al frente de la plaza.
Esto es lo que yo llamo un legítimo “amor imposible”.
Tal vez, el único y verdadero bromista de toda esta absurda historia, haya sido el destino, quién jugó la peor humorada que se le pudiera haber ocurrido jamás.

FIN

domingo, abril 15

Un gran final

Don Hugo sentía que la vida le llegaba a su fin. Sufrió un fuerte dolor en el pecho, una aguda puntada que lo dejó casi sin respiración y se dio cuenta de que esa era la señal de que este nuevo ataque que estaba por sufrir sería el último. Se puso a buscar en la agenda telefónica el número del doctor que solía atenderlo, pero luego de dudarlo por un momento, desistió de hacerlo. Fue en busca del diario que estaba arriba del televisor, tropezando con la mesa, con una silla, mareado a punto de desplomarse. Sentía sus piernas débiles, pero igualmente pudo volver hasta donde estaba el teléfono. Llamó, pero no al doctor de la obra social que lo atendía, sino a un número que aparecía en un aviso en los clasificados, en el que se ofrecían "jóvenes y bellas" prostitutas. Solicitó nada menos que cuatro muchachas y pidió que fueran urgentes hasta su domicilio. Se sentó en el sillón a descansar un rato, pero al cabo de un par de minutos, fue hasta el baño en busca del botiquín de los remedios. Revolvió entre cajitas, envases y remedios, hasta que llegó a las pastillas que solía tomar cuando se sentía tan mal como lo estaba en ese momento. Pero nuevamente, por un instante, volvió a dudar. Tiró la cajita a un lado y continuó revolviendo el botiquín hasta que su mano dio con otra caja de comprimidos. "Viagra", leyó y sonriendo pícaramente, aún a pesar del asfixiante dolor que sentía, tomó una de esas pastillas afrodisíacas y luego volvió a sentarse en el sofá.
A los quince minutos sonó el timbre de casa y él, desde donde se encontraba, gritó con la poca voz que le quedaba: "¡Pasen, está abierto!". Las cuatro jovencitas, vestidas muy provocativamente, cruzaron con sensualidad el umbral de la puerta para encontrarse con el viejito que ya se encontraba desnudo, acostado sobre el sofá.
-"¡Apúrense chicas, se me acaba el tiempo!", dijo casi susurrando. Y comenzó la fiestita… que duró unos cinco minutos, porque una de las chicas que se encontraba sobre don Hugo, comenzó a gritar aterrorizada "¡Lo matamos, lo matamos!".
Sobre la mesita del teléfono, el viejo había dejado una nota, precavidamente. "Sufro del corazón. Por cualquier cosa, llamen a este número… Gracias chicas." Debajo del papel, se hallaban unos billetes con una nueva nota. "Por las dudas, su pago".
Quince minutos después, llegó la ambulancia, pero nada pudieron hacer los enfermeros para salvar la vida de don Hugo. Sin embargo, el viejito había cumplido su último deseo, despidiéndose de la vida a lo grande.

En el velorio de don Hugo, nadie podía dejar de referirse a él con la consabida e irónica frase: "Al menos murió haciendo lo que más le gustaba". O también: "Al menos murió feliz". Obviamente, los comentarios, los chismes y todo tipo de referencias que se mencionaban en las conversaciones de los familiares y de los vecinos, hacían hincapié en la insólita manera en que el querido abuelo había encontrado la muerte. Y mucho más se habló de don Hugo (por supuesto que todo lo que se hablo fueron elogios) cuando muy tímidamente, ingresaron a la sala velatoria las cuatro prostitutas que habían sido solicitadas por el viejo en la tarde anterior. Más de uno de los presentes, no pudo dejar de sentir un poco de envidia por el abuelo.
Es que la verdad, ese había sido un gran final para su gran vida.
Es más, esa es la manera con la que me gustaría despedirme el día que me muera.

FIN

domingo, marzo 25

Predicciones


Gertrudis Diovisalvi era una escritora mediocre, que recién al llegar a los cincuenta y cinco años se dio cuenta que su carrera literaria estaba condenada al fracaso.
Acosada por deudas y por el hambre, esta solterona empedernida decidió darle un giro a su estilo en el universo de las letras, intentando así ganarse aunque sea unas monedas para mitigar la pobreza.
Ella seguiría escribiendo libros, sin lugar a dudas, salvo que en lugar de publicar esas letárgicas y aburridas novelas seudo-históricas, intentaría incursionar en el patético ámbito de las predicciones astrales. Para ello, buscó en viejas revistas datos elementales de cada signo zodiacal y en algunos casos, llegó a transcribir en los apuntes que iba llevando, hasta párrafos enteros de algún ignoto astrólogo que habían sido publicados varios años atrás.

Al cabo de un mes, logró terminar su libro “Tú y el secreto de los astros” en el que entre predicciones y profecías había añadido fragmentos de algunas de las novelas que nunca había logrado publicar. Por ejemplo, en el capitulo: “Profecías mundiales”, la escritora, ahora bajo el seudónimo de “Gedri Visal”, predecía que dentro de diez años una feroz dictadura gobernaría un país sudamericano, la cual mediante el terrorismo de estado, eliminaría a miles de ciudadanos bajo el pretexto de la seguridad nacional.
Ello, obviamente una patraña, era parte de una fallida historia de ciencia ficción que ella había escrito unos años atrás.
Luego de un par de meses, su libro “Predicciones universales de Gedri Visal” se convirtió en un exitoso best seller y la escritora pudo al fin saborear las dulces mieles de la gloria literaria.

Diez años mas adelante, un General de Ejército, fanático de las ciencias ocultas, tenía la convicción de que por fin había llegado su hora.
Ese militar argentino, una década atrás había sido uno de los miles de lectores del libro de Gedri Visal y apenas terminó de leer aquellas páginas, sintió que él era el elegido para llevar adelante aquella divina misión que había sido predicha.
Así, el General Adolfo Mussoli llegó al poder de su país derrocando al gobierno democrático, en un sangriento golpe de estado. Y desde el primer momento en que tomó el poder, impuso el toque de queda, intervino todas las instituciones de la sociedad y persiguió y asesinó a todos aquellos intelectuales y activistas opositores a su régimen.
El acierto de esta predicción llevó rápidamente a la fama y a la adoración popular a aquella solterona que solía llamarse Gertrudis Diovisalvi.
Pero ella, que sabía perfectamente como había sucedido todo en realidad, no se sintió muy feliz, por cierto.

FIN

martes, marzo 6

Obsesión

Una mañana de primavera, mientras iba en el ómnibus rumbo al trabajo, la vi por primera vez. Quizás para el resto de los pasajeros, ella no era más que otra persona semi-dormida que a esa hora debía cumplir con sus obligaciones. Pero para mi, ver a esa figura subir los escalones, extender su delicada mano para pagar el boleto y observarla ir con pasos sensuales hacia el fondo del pasillo del coche, era lo único que me consolaba a esa hora de la mañana.
Todas las jornadas compartíamos el mismo ómnibus y eso hizo que yo cambiara algunos hábitos, por ejemplo comencé a afeitarme todas las mañanas, dejé de ir con ropa de trabajo y empecé a vestirme de manera elegante, de forma tal que cualquiera que no me conociera, diría que trabajo en una oficina o en un banco, ¡bah!, en cualquier lugar menos que en esa maldita estación de servicio.
Pero más allá de eso, nunca tuve el valor para intentar sentarme a su lado e iniciar una charla. Sinceramente su belleza me intimidaba y si a eso se le suma mi eterna timidez, las posibilidades de conocerla se achicaban sensiblemente.
Tal vez, esa indecisión mía fue la razón de comenzara a soñar con ella.
La primera vez soñaba que los dos caminábamos, tomados de la mano, por un hermoso y gigantesco parque. En un momento nos detenemos, nos miramos a los ojos, nos abrazamos y cuando estábamos a punto de darnos un beso, la alarma del reloj despertador me sacó de ese hermoso sueño, destruyendo esa imagen que parecía tan real.
Otra noche, soñé que nos encontrábamos en un cine. Mientras veíamos la película, yo la abrazaba, viéndole de reojo el generoso escote de su blusa. De pronto, la acerco hacia mí, con la misma mano derecha con que la abrazaba y cuando ya podía presentir como sus ojos grises se cerraban y sus labios carnosos y tentadores se entreabrían, me despierto por culpa de unos descontrolados ladridos, que comenzaron en el patio de mi casa y se extendió rápidamente por toda la cuadra. Por más que estuve toda la madrugada tratando de volver a soñar con ella, el insomnio me ganó la partida.
Anoche volví a soñar con ella, con sus enrulados cabellos castaños claros, con su larga y delgada silueta. Llevaba un largo vestido blanco de tela muy fina y la hacía ver como a un ángel. Se apareció al lado de mi cama, sonriéndose y haciendo un sutil gesto con su mano para que la acompañara. De pronto comenzó a correr y yo, solo llevando calzoncillos, salí corriendo tras ella rumbo a la calle. Ella corría sin perder su forma elegante de moverse y cada tanto giraba hacia atrás y me miraba y se reía, seguramente porque mi cara demostraba la desesperación y el temor de perderla para siempre. La perseguí durante horas, cruzando por miles de calles hasta que al fin quedó acorralada en un callejón sin salida. La abracé fuertemente y cuando finalmente la iba a hacer mía, apoyó su cabeza en mi hombro y me susurró al oído: “Atrápame”, y desapareció esfumándose, desvaneciéndose de entre mis brazos. Yo me quedé de pie en medio de la calle, abatido y desolado, hasta que miles de risas a mi alrededor me recordaron de que solo llevaba puesto mis calzoncillos.
Otra vez el despertador me trajo a la realidad y esta vez me hizo pensar que de seguir así, iba a ir derecho al psicólogo.
Hoy ella, radiante y espléndida como siempre, subió al ómnibus y se sentó en la última fila de asientos. Estaba justo al frente de donde yo estaba sentado y se me hizo muy difícil evitar mirarla como si fuese un verdadero bobo.
Ella es hermosa, realmente hermosa y se que nunca me animaré a acercarme a su lado y hablarle.
La única forma de estar con ella, es esperar que la noche me lleve hacia el extraño mundo de los sueños y así soñarla, una y otra vez, hasta que al fin sea completamente mía.

FIN

martes, febrero 27

El Senador

El senador nacional Néstor Méndez, en plena campaña electoral buscando la Presidencia de la Nación, se presentó en cada uno de los canales televisivos explicando su propuesta. Luego de desfilar no solo por programas periodísticos o de opinión, sino también por programas de cocina, infantiles, de deportes, comedias, etc., fue invitado a un nuevo programa de la televisión por cable, llamado “El apriete. Apremios ilegales” conducido por el joven periodista George Latana.
Méndez, luego de presentar su proyecto político y económico y de explicar porque él estaba convencido de que iba a ser elegido como el próximo Presidente, tuvo que contestar un duro e incisivo cuestionario del periodista.
-¿Es cierto, Senador, que usted enriqueció su patrimonio personal ilícitamente?
-Eso es absolutamente falso. Esa mentira forma parte de una cobarde campaña orquestada en mi contra y organizada por la oposición, que se encuentra desesperada ante la segura derrota de las próximas elecciones.
-Sin embargo han presentado pruebas de que usted, hace unos años, no tenía ni casa, ni auto y ahora usted posee cuentas millonarias en algunos bancos del exterior, como en las Islas Caimán y Uruguay.
-Mi capital financiero aumentó, obviamente, debido a unas herencias familiares que recibí tanto yo como mi señora esposa, y a los ahorros de toda mi vida, provenientes tanto de lo que he ganado con mi sueldo de Senador, como del estudio jurídico que me pertenece.
No hay nada de extraño en mi patrimonio.
-¿Es cierto que usted, al igual que otros senadores, ha recibido coimas para votar a favor de una ley propuesta por la oposición, para establecer la pena de muerte solo a los delincuentes pertenecientes a los estratos de más bajos recursos?
-Esa denuncia también es parte de la difamación de la que soy víctima. Yo voté a favor de esa ley pensando en el bienestar del pueblo, velando por su seguridad, ya que ese es el mandato de la gente que yo debo respetar.
-¿Se justifica su propuesta de aumentar un 200% la dieta, sueldo, premios y viáticos a los senadores, teniendo en cuenta que en el país más del 60% de la población vive debajo de la línea de la pobreza?
-Está plenamente justificado, ya que para poder desempeñarnos con eficacia, haciendo un trabajo a conciencia, debemos contar, en este ámbito vital de las instituciones democráticas, con la mayor cantidad de recursos disponibles. En cuanto al tema de la pobreza, ese es uno de los puntos en el que ponemos más énfasis en nuestra plataforma electoral. Nosotros vamos a erradicar la pobreza que sufre nuestro pueblo, de una vez y para siempre.
En ese momento, el periodista hizo una seña a uno de sus colaboradores, que se encontraba detrás de las cámaras y volvió a mirar a su entrevistado con una sonrisa algo cínica.
-Senador Méndez ¿Usted conoce la metodología de este ciclo periodístico?
-Claro que si George, nunca me pierdo su programa…
-Espero que no me esté mintiendo, porque ahora pasamos a la segunda parte de la entrevista. En este momento, pasamos al bloque llamado “El interrogatorio”…
De pronto, aparecieron tres hombres con físico de boxeadores peso pesado.
Ellos no bajaban de los dos metros de altura y parecían gigantes al lado del desorientado Senador, que ya comenzaba a sentir un poco intimidado. Dos de esos matones sorprendieron a Méndez, sujetándolo fuertemente de los brazos, mientras el restante se quitaba el saco y la corbata y se arremangaba la camisa.
Cuando el Senador comenzó a sonreír inocentemente, creyendo que todo se trataba de una especie de broma, el gigante que se encontraba enfrente de él, comenzó a gritarle.
-Respondé pedazo de mierda ¡Cómo hiciste tu fortuna! ¡Habla carajo! Confiesa todo lo que sabes del asunto de la coima ¡Dale si no te vamos a matar, hijo de puta!
Y de pronto, el matón comenzó a darle violentos golpes en el rostro, en el estómago, en los genitales…
Méndez parecía sangrar por todos lados, pero aún así, se negaba a responderle a ese gorila.
-No se nada, lo juro, lo juro... ¡Soy inocente!
-Eso ahora lo vamos a ver…
Mientras Méndez comenzaba a llorar frente a las cámaras de televisión, apareció otro tipo musculoso, portando un maletín negro. Lo abrió rápidamente (como saben decir: “En televisión el tiempo es oro”) y extrajo de él una picana eléctrica, reliquia guardada de alguna dictadura militar o donada por alguna seccional de policía.
-¡Habla hijo de puta! ¡Confiesa la verdad que se nos está acabando la paciencia!
-¡Aaahhh! ¡Está bien, está bien! ¡Lo diré todo! ¡Pero por favor, ya basta, ya basta!
Solo bastó una descarga eléctrica en su cuerpo, para que el Senador Néstor Méndez confesara toda la verdad a los incrédulos televidentes de todo el país.
Su rostro, cubierto de sangre, de lágrimas y por sobre todo de vergüenza, apareció patéticamente en las pantallas de TV. Una imagen muy diferente de la que aún puede verse en esos afiches de campaña, pegados en las paredes de la ciudad.

FIN

lunes, febrero 19

Mundo nuevo

Todo el tiempo supe que aquella medida que tomó el gobierno mundial para evitar la sobrepoblación iba a ocasionar problemas. Hoy, a veinticinco años de aquel catorce de febrero de 2056, día en el que antiguamente se celebraba el día de los enamorados, las consecuencias son más que evidentes y a llegado incluso a modificar los hábitos y las costumbres en toda la sociedad, o decir de toda la humanidad.
En aquella fatídica fecha, las leyes mundiales le autorizaron al monopolio de Laboratorios New World a vender libremente las drogas que le permitieron a las parejas poder elegir el de sus futuros bebés. Al cabo de un par de años, casi el noventa por ciento de los niños que había venido al mundo, eran de masculino y de acuerdo con las estadísticas, ese porcentaje se mantuvo a lo largo de una década.
Si bien los padres de entonces creían estar actuando por el bienestar de sus hijos y querían tener solo descendientes varones, no solo porque así ellos tendrían menos problemas de conseguir trabajo que los que sufrirían de ser mujeres, sino también por que de esta forma sabrían defenderse mejor en medio de la violencia reinante en el mundo, aquellos progenitores, no tuvieron en cuenta que de esta manera afectaban terriblemente el histórico equilibrio de la natalidad en los seres humanos.
Los jóvenes, quizás debido a la notoria escasez de mujeres, en su gran mayoría generaron tendencias es, lo que incidió en la abrupta tasa de natalidad a nivel mundial.
Hoy, ver miles de parejas de hombres tomándose de la mano o besándose en la calle, algo que hubiese sido totalmente inaceptable un siglo atrás, es algo totalmente común y corriente y hasta podría decirse, bien visto. Los pocos hombres hetero es que quedamos, debemos batirnos sangrientamente a duelo por el amor de una mujer y en muchos casos, se da que los pretendientes de una dama suelen ser más de cinco hombres, lo que desencadena un cínico juego de alianzas y traiciones entre quienes pretenden la mano de la damisela, hasta que finalmente el más fuerte o el más inteligente, queda como único sobreviviente y con todo el derecho de quedarse con el amor de esa mujer.
El Gobierno Mundial, hoy prácticamente un títere de la poderosa y archimillonaria empresa “Laboratorios New World”, sigue sin reaccionar ante esta dramática situación que cada día se torna más peligrosa. En las clínicas cada vez más hombres deciden operarse para cambiar de , por la paradoja que, según las encuestas que recientemente se han difundido en los medios periodísticos, el 80% de los hombres prefiere hacer el amor con un travesti o un tran y no con una verdadera mujer.
La humanidad lentamente se va extinguiendo y el mundo se va a convertir dentro de no mucho tiempo en un gigantesco y agonizante geriátrico de ancianos s.
Me siento perseguido y discriminado por mi hetero idad y se que a mis cincuenta y cuatro años de edad, se me hace cada vez más difícil poder cumplir mi sueño de tener de pareja a una verdadera mujer y poder formar con ella una familia.
¡Malditos “Laboratorios New World”! ¡Quiero una mujer!

FIN

miércoles, febrero 14

El libro

Hacía media hora que estaba sentado en ese incómodo banco de la plaza.
Andrea no aparecía y por más que lo intenté varias veces, no pude comunicarme con su celular. Lo más probable es que su teléfono se encontrara apagado.
Pensé en marcharme, pero el simple hecho de imaginar que al minuto de irme, ella llegaría, me hacía desistir de hacerlo. Sentía muchas ganas de verla y de estar con ella. Quizás más que nunca. Y esa ansiedad que sentía era debido a que, aprovechando el día de nuestro segundo aniversario de noviazgo, le iba a proponer que nos casáramos.
Para matar el tiempo, crucé la avenida y entré a una tienda de libros usados.
El lugar era pequeño, pero había una impresionante cantidad de libros, aunque todos ellos desordenados y cubiertos de polvo, y muchos en muy mal estado.
Una señora mayor de edad atendía ese negocio, aunque atender es una forma de decir, ya que en ningún momento me observó ni me dirigió la palabra. Podría decirse que ni había advertido mi presencia.
La anciana se mantenía inmóvil y abstraída ante la pantalla de un pequeño televisor blanco y negro ubicado sobre un estante. Por lo visto, no se quería perder la telenovela de la siesta.
Comencé a revolver algunos libros que estaban sobre la mesa y encontré uno en especial que me llamó poderosamente la atención. El libro se encontraba bastante deteriorado y tenía una presentación demasiado austera. Pero lo que en realidad me sorprendió fue el nombre del autor: “Juan Esteban Torres Saavedra”.
Exactamente como yo me llamo.
Me puse a hojear algunas páginas, e inmediatamente, maravillado por la casualidad, lo tomé y me dirigí hacia el mostrador en donde se encontraba la anciana. Ella me miró de reojo y desganadamente me dijo:
-Llévelo, se lo regalo.
Extrañado, insistí con pagárselo, pero ella, como reingresando nuevamente en su mundo, volvió a ignorarme por completo y siguió viendo esa telenovela, como bien podría haberlo hecho una persona hipnotizada.
Volví a la plaza, sentándome en el mismo banco, dispuesto a seguir esperando a mi novia. Al menos, ahora iba a poder matar el tiempo leyendo.
Desde la primera página, ese libro era en verdad extraño.
No decía en ningún lado el nombre de la editorial ni en que taller había sido impreso.
No contaba con un prólogo y comenzaba directamente con estas palabras:
“Durante una hora esperé por su llegada, sentado en ese incómodo banco de la plaza, sin saber que ella, no muy lejos de allí, había perdido la vida…”
Un escozor recorrió mi espalda y no pude continuar leyendo. Un cruel presentimiento me llevó hasta el auto y marché velozmente hacia la casa de Andrea.
Sentí temor, aunque no sabía exactamente de que.
Al llegar, sus padres me observaron un poco disgustados, ya que ella había salido en su moto hacía ya una hora y cuarto, rumbo a la plaza.
Volví hacía el lugar de la cita, pero esta vez tomé el recorrido que solía hacer ella, mucho más corto, pero también más inseguro y desaconsejable, ya que esa calle cruzaba por una populosa “villa miseria”, la cual tenía la mala fama de ser uno de los lugares más peligrosos de la ciudad.
A quince cuadras de su casa, una ambulancia y un patrullero se encontraban interrumpiendo el tráfico de esa calle. Aminoré la marcha del auto, y poco a poco fui temiendo lo peor.
No me hizo falta bajarme del coche para reconocer que el cuerpo que yacía inerte sobre el asfalto era el de Andrea. Lo que quedaba de su moto, estaba debajo de las ruedas de una flamante camioneta 4 x 4. El hombre que la conducía, estaba totalmente ebrio, tanto, que se hallaba dormido, prácticamente inconsciente, en el asiento trasero del móvil policial.
Sentí deseos de sacarlo de ese patrullero y golpearlo hasta que dejara de estar borracho…
Pero a pesar de mi desesperación, sabía de que nada de lo que pudiera hacer, podría cambiar la realidad.
Me senté casi tirándome en el cordón de la vereda y comencé a maldecir y a llorar, mientras los enfermeros cargaban el bello e inmovil cuerpo de mi Andrea en la ambulancia.
Subí al auto con el ánimo destruido, queriéndome despertar de una vez de esa puta pesadilla, pero debía dirigirme a la casa de sus padres. En ese mismo momento, un policía debería estar comunicándose con ellos para informarles de la cruel noticia.
Subí al auto casi sin darme cuenta y me puse a conducir calles y calles con la mente en blanco, sin saber lo que sucedía a mi alrededor, y si aún puedo contar esta historia, es porque el destino había decidido que aún no era mi hora de partir y de reunirme con Andrea.
Un par de cuadras antes de llegar a la casa de mi amada, vi al lado de mi asiento, a ese maldito libro escrito por alguien llamado igual que yo (¡¿sería posible que fuera YO?!) y que contenía en uno de los relatos, exactamente la misma situación que acababa de ocurrir.
Instantáneamente, cambié de rumbo y me dirigí hacia mi casa.
Abrí la puerta casi con un golpe, ya que mi mano temblorosa no me ayudaba a girar la llave.
Salí al patio, tiré el maldito libro violentamente al piso y lo rocié generosamente con kerosén. Medité lo que iba a hacer durante un momento, hasta que finalmente encendí el fósforo y se lo arrojé.
Vi como las llamas, en solo cuestión de minutos, terminó de devorarse casi la totalidad de sus hojas.
Solo una de ellas se libro del fuego, salvada por una oportuna ráfaga de viento, que la alejó de los restos del libro. Motivado por la curiosidad, la tomé y comencé a leer lo, que creo yo, puede haber sido la última página.
Esa página final, de ese oscuro libro, decía lo siguiente:
“A pasado ya un mes de la muerte de Andrea y el dolor que siento por su ausencia, sigue creciendo mas y mas. Ya no soporto esta cruel nostalgia, esta profunda depresión, este vacío en el que se sumergió mi vida, si es que puede llamarse vida.
He cargado mi revolver y se que cada segundo que transcurre, me encuentro más cerca de ella”.

FIN

miércoles, febrero 7

El otro


Suena el despertador (¡la puta que los parió!).
Son las seis de la mañana e inevitablemente tengo que ir a trabajar.
Apagué la estridente alarma del despertador de manera casi automática y cruzando mis manos debajo de mi cabeza, mirando la humedad del techo, hice un rápido repaso de la situación y me di ánimo para levantarme de una buena vez para poder terminar con esa absurda agonía de hacer “fiaca” en la cama.
No encendí la luz del velador para no molestar a mi esposa, que seguía durmiendo plácidamente, ignorando todo lo que ocurría a su alrededor. Aunque esa dicha solo le duraría una hora más, ya que ella también tendría que ir a trabajar.
La rutina de cada día hacía que, a la manera de un sonámbulo, me vistiera tan rápida y mecánicamente que varias veces llegué a la parada del ómnibus con la sensación de que estaba desnudo o a lo mejor, mal vestido.
Solo minutos después ya me encontraba en la calle. Por la cantidad de gente que se allí se encontraba, y por la cara de fastidio y de apuro que tenían, no me costó nada darme cuenta de que el colectivo se estaba demorando. Por lo visto, ellos se encontraban de peor humor que yo, porque ante un saludo espontáneo que le hice a un par de personas que suelen tomar la misma línea que yo, me ignoraron completamente (¡váyanse a la mismísima mierda!).
El ómnibus se demoró más de media hora y a medida de que el tiempo pasaba, menos ganas tenía de ir trabajar. Luego de meditarlo no más de un par de segundos (no había mucho por que dudar) di media vuelta y me dirigí de regreso a mi hogar, dulce hogar.
Decidí entrar a la casa sin hacer ningún ruido para darle una grata sorpresa a Virginia, pero la sorpresa, desagradable, me la llevé yo. En mi cama, en mi mismísima cama, quizás durmiendo, se encontraba un hombre abrazando a mi esposa (¡¡¡Soy un cornudo!!!)
¿Qué debía hacer? ¿En qué momento apareció este tipo? El ya estaba durmiendo… ¿Habrán hecho el amor? ¿Tan rápido? ¿Será eyaculador precoz? ¿Y si es un ladrón o un degenerado o un imbécil haciéndome una broma con la desubicada de mi esposa?
¿Cómo podrían esperarme para hacerme una broma si ellos no sabían que yo volvería?
¿En qué momento entró esa persona aquí? ¿Y si en realidad esa persona estuvo toda la noche escondida en casa esperando el momento en que me marchara?
Tomé un palo de amasar que se encontraba en un cajón de la cocina y marché hacia el dormitorio, dispuesto a reventarle la cabeza. Me paré al lado de él y respirando hondo, decidí que primero debía prender el velador para ver al menos, el rostro del desgraciado al que iba a golpear. Pero en el momento en que se encendió la luz, me llevé la segunda gran sorpresa del día.
La persona que se encontraba durmiendo al lado de mi amada esposa era ni más ni menos
¡¡¡QUÉ YO!!!
Mi corazón comenzó a latir tan rápido, tan estridente, que cerré los ojos por el incipiente dolor que me apretaba el pecho. Cuando levanté mis pesados párpados, me encontré abrazado a Virginia, transpirado y aún temblando por lo que acababa de ver.
Al rato sonó el despertador, pero no el mío sino el que se encontraba en la mesita de luz de mi esposa. Ya eran mas de las siete de la mañana y ella debía levantarse para ir a trabajar.

FIN

lunes, febrero 5

Enanos y gigantes


Había una vez un mundo que contaba con habitantes muy singulares.
La mitad de su población consistía en gigantes, la otra mitad era de enanos.
Durante muchísimos siglos, ambos pueblos habían vivido en armonía y crecido juntos muy prósperamente. Nada hacía pensar que algún día, esa excelente relación que ellos habían logrado crear y mantener, se cortaría abruptamente. Pero ese inesperado día, llegó finalmente cuando comenzaron a escasear los recursos naturales del planeta que habitaban.
Entonces aplicaron varias medidas para paliar esa critica situación: racionalizar el agua, incentivaron el cultivo en tierras ociosas, repartieron equitativamente los alimentos, reciclaron desperdicios, etc.…
Pero a pesar de todos los esfuerzos no se logró revertir la crisis.
Los enanos se reunieron en una asamblea y llegaron a la conclusión de que el origen del mal que estaban viviendo no se debía a la sobrepoblación, sino a los gigantes, que al ser muchos más grandes, consumían también muchos más recursos que ellos: más cantidad de agua, de alimentos, de combustibles, de espacio…
“Los enanos somos más chiquitos y por lo tanto, también más prácticos” era la conclusión a la que habían llegado, y por lo tanto, siguiendo con ese razonamiento, decidieron que la única manera de salvar el mundo era eliminando a todos los gigantes e inmediatamente y sin dudarlo, les declararon la guerra.
Los gigantes, heridos en su orgullo por haber sido acusados del mal que aquejaba al planeta, salieron igualmente de presurosos a buscar sus armas.
E inevitablemente, la guerra estalló.
El conflicto se extendió durante varias décadas, hasta que la gente de ambos bandos, cansada de tanto sufrimiento, decidieron firmar la paz.
Debido a las bajas que ocasionó el conflicto, solo sobrevivieron el 20% de los gigantes y el 20% de los enanos. Y se dieron cuenta de que ahora los alimentos, el agua, el combustible, el espacio y el resto de los recursos alcanzaban y hasta sobraban para la cantidad de gente que por el momento habitaba el planeta. Y una vez alcanzada la paz, los pueblos de los gigantes y de los enanos, volvieron a tratarse nuevamente de manera amistosa, cordial y confiada.
¿Cómo? ¿No es que la guerra es una atrocidad inhumana, absurda e inútil?
Seguramente que lo es.
Pero en este caso, el planeta logró de este modo mantener su equilibrio ecológico.

¿FIN?

domingo, enero 28

La cruel verdad

-Raúl, ¿No piensas que nuestra hija es hermosa?
-Si Roxana, muy hermosa.
-Es muy parecida a mí. Tengo una foto de cuando tenía cinco años y somos realmente iguales: los mismos labios finitos, el mismo color de ojos, la nariz chiquitita y hasta los mismos rulos… ¿No te parece, Raúl?
-Si Roxana… a decir verdad, esto que me acabas de decir, me hizo tomar valor para hablarte de un tema muy delicado que, sinceramente, ya no puedo ocultarte más. Así que… te lo diré de una maldita vez.
-Raúl, me estás asustando, dímelo rápido ¿De que diablos se trata?
-Roxana, no se por donde comenzar, pero…Clarisa no es tu hija…y…
-¡Ja, ja, ja!...muy gracioso ¡Eres tonto! Por un momento me asustaste, no sabía con que me ibas a salir, pensé que se trataba de…
-¡Cállate un poco, mujer! Déjame terminar. Clarisa no es tu hija, si bien la tuviste nueve meses en la panza y apenas nació la tuviste entre tus brazos, la realidad es que ella es hija de otra mujer…
-Raúl ¿Qué mierda te pasa? ¿Estas borracho, drogado, delirante…? ¿De que estas hablando?
-No Roxana, ninguna de esas cosas. Yo te soy infiel desde hace seis años. ¿Te acuerdas cuanto tiempo intentamos tener hijos y no pudimos? ¿Recuerdas que tú me echabas la culpa a mí, de a estéril y que nunca haría realidad tu sueño de ser madre? Bueno, en realidad siempre tú fuiste la del problema. Yo no te llevé a esa clínica de casualidad. La especialista sobre fecundación artificial es mi amante. El óvulo fecundado por mi esperma no era el tuyo sino el de ella…
-¿Me quieres hacer creer que tú y la doctora Elizabeth Fernández Reyes son amantes? ¡Pero por favor! Eso nadie te lo cree. Te creería si me dices que me has engañado con una negrita fiera, de esas a las que le tienes que pagar algunas copas, pero no con ella… ¡Ja, ja, ja!...
-Mira Roxana, me creas o no me interesa. Lo único que hago es avisarte que la semana que viene me voy a buscar un abogado para comenzar con los trámites del divorcio y en cuanto a Clarisa, bueno… con Elizabeth hemos decidido que se venga a vivir con nosotros. Y si te opones, pediremos al juez que le realicen a Clarisa un ADN para que determine quién es la verdadera madre de ella. Lo siento Roxana, pero las cosas son así…

Raúl hizo una llamada con su celular y a la media hora, un lujoso auto importado se detuvo frente a su casa. Tomó su abrigo y se marchó.
Roxana pudo ver a través de la ventana como su esposo le daba un largo y apasionado beso a la doctora Fernández Reyes, antes de partir velozmente con rumbo al centro de la ciudad.
Roxana subió corriendo las escaleras y entró silenciosamente al cuarto de Clarisa. Su pequeña se encontraba durmiendo, plácidamente, como un dulce angelito. La contempló embelesada durante algunos minutos, la abrigó con otra frazada y luego, recostándose ella también en la pequeña cama, comenzó a llorar totalmente aturdida por la confusión.

FIN

lunes, enero 15

Bettina

Hacía mucho tiempo que había esperado este encuentro, Bettina. Tu bien lo sabes.
¿Cuánto tiempo pasó desde la última vez que nos vimos? ¿Dos años ya?
Cuanto sufrí por tu amor no correspondido, por tu continua negativa de darme de una vez por todas la oportunidad de estar a tu lado…
Siempre tuve la esperanza de que llegara otra vez la ocasión de estar frente a frente, para poder decirte que aún quiero casarme contigo para así estar hasta el fin de nuestros días viviendo tan solo el uno para el otro. Siempre supe que nos volveríamos a ver…
¡Pero por que justo ahora!
Te veo parada en la vereda del frente, mostrando en tu rostro un gesto que es mezcla de confusión, espanto y repulsión en partes exactamente iguales.
Yo estoy saliendo de un hotel por horas (siempre recuerdo como tu Bettina detestabas que yo me refiriera a esos lugares como “telos”) de la mano de un exuberante y fornido travesti que llevaba una minúscula minifalda y una peluca rubia tipo Marilyn Monroe.
Veo como tu rostro se desfigura, como tus cabellos rojizos cubren tus ojos, sin que tus manos hagan nada por retirarlos de tu bella carita, veo como tus carnosos labios comienzan a tiritar levemente, hasta que la primera lágrima logra escaparse...
Lloras y esas gotas perladas comienzan a humedecer tus pecosas mejillas y observo como de pronto das media vuelta y tu hermosa figura se va alejando de mí, primero lentamente, para luego terminar corriendo como loca.
Yo me quedé sin hacer ni decir nada, tan solo miré como la oportunidad que había esperado durante mucho tiempo se esfumaba ante mis ojos, como tu aparecías y desaparecías como lo podría haber hecho un espectro, un fantasma.
Detuve un taxi, me despedí cálidamente de Kimberly (así se llamaba mi acompañante, mi bello ex jugador de rugby) y simplemente le dije al chofer: “siga a aquella chica”.
Sin lugar a dudas, tendríamos muchas cosas de que hablar.

FIN

martes, enero 9

El duende

En la localidad de Malvinas Argentinas, al este de la provincia de Córdoba, cada tanto, reflotan los comentarios sobre la existencia de un ser sobrenatural: un duende de color verde, o como lo suele llamar la gente del lugar, un “enanito verde” (que nada tiene que ver con el grupo de rock). Pues bien, yo siempre me he burlado de ello, porque nunca he creído en esos mitos y supersticiones que tanto le gustan a alguna gente. Pero debo reconocer, muy a mi pesar, que un extraño acontecimiento sucedido hace algunos días, me ha llevado a reconsiderar esa opinión.
Un primo mío, a quien llamaremos M.E.T. para resguardar su identidad, de acuerdo a recomendaciones de la autoridad policial, desapareció de su hogar sin dejar ningún rastro. En su habitación, solo se pudo encontrar una misteriosa nota escrita a mano, apenas legible, debido quizás a los nervios o al apuro que tuvo en el momento de redactarla. En ese papel había escrito lo siguiente:
“Si alguien lee esta nota es que no pude zafar de esta. Por la ventana puedo ver a ese maldito duende otra vez. Siempre creí a producto de mi imaginación, pero no, ¡es real! Ahora puedo comprobarlo porque me ha herido con sus largas y filosas uñas.
Ese monstruo está a punto de entrar a la casa. He llamado a la comisaría y nadie me creyó. Les doy un consejo: nunca silben de noche, menos si están en la calle, porque el duende…”
Allí termina el misterioso escrito.
Dentro de la casa, en la cual él vivía solo, no se halló ningún rastro de sangre, ni indicios de robo, ni algún tipo de desorden que llevara a los investigadores a evaluar alguna hipótesis de pelea o robo.
La autoridad policial se encontraba bastante desorientada y no sabía como orientar la búsqueda. Y es que había algo que tenía a todo el mundo totalmente desconcertado y que carecía de sentido: si bien no encontraron sobre el barro que rodeaba la vivienda, ni huellas de algún vehículo, ni pisadas que pudieran ser de M.E.T. o de alguna otra persona a, si hallaron unas pequeñas huellas que por el tamaño y las características de ellas, parecían provenir de un sujeto de muy pequeña estatura, quizás del tamaño de un niño de no más de cuatro años.
Tú, ¿Crees o no? Prueba con silbar de noche, cuando camines por una de esas oscuras calles de la localidad de Malvinas Argentinas.

FIN

martes, enero 2

La Gloria


Orestes Jacinto Kikoto, de profesión fanático de fútbol, hincha “perro” de Instituto, iba caminando rumbo a la cancha, por una de esas transitadas y coquetas calles del Barrio Alta Córdoba.
Orestes vestía su uniforme reglamentario: camiseta de “La Gloria”, último o; en su cabeza, cubriéndolo del sol, un gorro de antigüedad incierta que debido a tantas lavadas más que albirrojo era albirosa, pero que seguía usando por cábala; unos jeans gastados, descoloridos y bastantes mugrosos por cierto, que llevaba estampado en una de sus botamangas un autógrafo de Osvaldo “Pitón” Ardiles (el día que lo encontró no llevaba encima ningún papel, y como estaba estrenando una camisa, decidió sacrificar el pantalón) y una radio chiquita y ruidosa que solo sintonizaba en A.M. pero que le servía para su propósito de escuchar el partido.
Orestes, iba caminando tranquilamente, refugiado entre las amplias sombras que le otorgaban los altos paraísos en esa calurosa tarde de sábado, ya que aún faltaba más de media hora para que empezara el encuentro. Y mientras marchaba por la vereda con su ritmo cansino y desganado, la vio. Ella era hermosa, realmente hermosa. El podría jurar que en sus 25 años de vida, nunca había visto a una mujer de tanta belleza.
Ella era de tez blanca como la nieve, cabellos castaños y brillantes, ojos oscuros como la noche más oscura, senos redondos y generosos que se robaban todas las miradas, ella era sensual, era excitante, era única, era… de Talleres… ¡Si, de Talleres! La camiseta albiazul que ella vestía, si bien era una puñalada traicionera para su corazón albirrojo, al menos le dio la oportunidad de saber el nombre de esa belleza. Porque en esa camiseta de Talleres, arriba del número que llevaba estampado en la espalda (el 7) estaba también impreso el nombre de ella: Lorena.
Orestes nunca había creído en el amor a primera vista y el único amor que había sentido realmente era el que profesaba por el club de sus amores: el Instituto Atlético Central Córdoba, pero decididamente, esto que ahora estaba viviendo era totalmente diferente. Él estaba anonadado, hipnotizado, perdido en la hermosura de Lorena.
Apagó la radio y se sacó el gorro, pasándoselo por el rostro para secar así su sudor, y fue directo hacia ella. No sabía bien que decirle, pero estaba convencido de que esa sería la única oportunidad que tendría.
Ella estaba a allí, a solo treinta metros de él. Orestes comenzó a acercársele, sin sacar en ningún momento su mirada de esos ojos profundos y negros. Ella también lo miraba, aunque esbozando una sonrisa pícara e intrigante.
Cuando él se puso casi frente a ella, se dio cuenta a su chance de hablar. Humedeció sus labios resecos, intentó serenar el latido de su pecho respirando profundamente y tosió con disimulo, intentando aclarar la voz para poder pronunciar las palabras que necesitaba decirle. Pero no pudo.
Una patada voladora, digna de un profesional de lucha libre, impacto en la espalda de Orestes tirándolo al suelo y dejándolo un poco atontado. Cuando levantó la mirada vio a dos hinchas de Talleres dispuestos a seguir golpeándolo en el suelo. Él se levantó rápidamente, al tiempo que se le presentaba el siguiente dilema: correr y quedar como un cobarde o pelear y mostrarle a esos “pechos fríos” de Talleres (y a esos calientes pechos de Lorena) como pelea un hincha de La Gloria… En milésimas de segundo se decidió: ¡peleo!
Orestes Jacinto Kikoto ingresó a la popular del estadio de Instituto cuando estaba por comenzar el segundo tiempo. Tenía los ojos morados, la nariz quebrada, los labios partidos y tal vez algunas costillas rotas. ¡Ah! También tenía el número del teléfono celular de Lorena. Y eso le hizo olvidar no solo el dolor que le causaron los golpes recibidos, sino también la tristeza por la humillante goleada que sufrió Instituto ante Talleres, ese mismo sábado.

FIN

martes, diciembre 26

Proyección astral

Es la primera vez que hago esto de la relajación, la concentración y la meditación.
Y si bien nunca me interesaron los cursos de yoga y ni siquiera me tomé el trabajo de leer aunque sea un solo libro relacionado con el tema, siempre me pareció que eso de la “meditación trascendental” no podía ser tan complicado como muchos dicen.
Y demostrando que estaba en lo cierto, en mi primer y único intento de tener una experiencia mística, obtuve resultados realmente sorprendentes.
Lo primero que hice fue sentarme en el suelo e intentar adoptar la postura que realizaban unos monjes zen en un documental que vi por televisión. Pero esa postura no pude sostenerla por mucho tiempo por la incomodidad y el dolor que me producía en las piernas, las rodillas y la espalda. Así que, simplemente, me recosté sobre la colchoneta que estaba en el piso, con mis manos extendidas a los costados y los ojos cerrados.
Luego de un buen tiempo, pude concentrarme y finalmente poner mi mente en blanco, llevando mi respiración a un ritmo lento y profundo, intentando detener ese torbellino de imágenes involuntarias que luchaban por invadir mis pensamientos.
El siguiente paso que realicé, fue visualizar mentalmente mi cuerpo como si estuviese observándome desde una altura similar a la del techo. Y me quedé un buen tiempo así, esperando que algo sucediera.
Cuando estaba a punto de abandonar ese ejercicio espiritual debido al rotundo fracaso, abrí los ojos y me encontré suspendido a la altura del techo, levitando boca abajo, observando como mi cuerpo aún se mantenía reposando dormido sobre el piso. Por un momento creí que todo se trataba de un sueño, pero no, no debía serlo, ya que podía pensar, razonar y me hallaba totalmente conciente. Luego de un breve tiempo me convencí de que todo era totalmente real.
Ya he perdido la noción del tiempo, pero calculo que han pasado varias horas, ya que por las ventanas observo que se acerca la noche.
He demostrado que la meditación trascendental no es tan difícil como se dice y que cualquier persona, aún aquella que no tiene ni la más mínima noción del tema, puede obtener increíbles resultados al primer intento.
No obstante, me queda una pequeña duda.
¿Cómo mierda hago para bajarme de aquí y volver a mi cuerpo?

FIN

miércoles, diciembre 20

La traición


Los dos estaban acostados, mirando fijamente el techo de la habitación de ese hotel por horas.
El silencio, que duró un largo momento, se debía a dos razones diferentes para cada uno. Para él, era producto del cansancio y del sueño que comenzaba a sentir. Pero ella, se encontraba callada por otra razón, estaba pensando como decirle algo muy importante.
En un momento ella lo mira, lo abraza recostándose sobre el pecho de él y murmura unas palabras, con un poco de miedo de que el se asustara.
-Deberíamos matar a mi marido… estoy cansada de estar escondiéndome, de tener la obligación de soportarlo, de tener que acostarme con él… Si no fuera por su dinero…
El cerró sus ojos, intentando fingir que dormía. Pero no lo pudo evitar y escuchó esas estremecedoras palabras.Pablo, un chico de 22 años, sentía fascinación por esa mujer hermosa, elegante y experimentada, pero ada del mundo, ni aún por una fortuna, se quería ver involucrado en un hecho de ese tipo.
Obviamente, para Laura, 21 años mayor, él no solo significaba un regreso a su juventud o una conquista para la envidia de sus amigas íntimas, sino que cada vez se comprometía más y más afectivamente con ese joven.
Los amigos de Pablo, no le creían cuando el contaba a el amante de Laura Bulrrich, la impactante esposa del acaudalado empresario siderúrgico Enrique Jornet Freites, pero se sorprendían de verlo llevar una vida con demasiados lujos para alguien que recién comenzaba a trabajar con un simple gimnasio. Si bien el local estaba ubicado en pleno Cerro de las Rosas y contaba con varios clientes de clase alta, no dejaba de ser un gimnasio más entre todos los que había en la zona.
Laura terminó su cigarrillo, mientras contemplaba a su joven amante dormir plácidamente. Se vistió con rapidez y luego de revisar los llamados que le habían realizado a su celular, le dio un beso a Pablo para despertarlo.
-Adiós mi amor, nos vemos mañana. Apúrate que se te está haciendo tarde.
Pablo se desperezó y cuando se levantó de la cama, Laura ya había salido. Se dio una ducha tibia y partió rumbo al gimnasio. A las 16,30 comenzaba el segundo turno.
Al día siguiente, luego de una intensa rutina de aerobox, Laura le entregó disimuladamente una carta. Pablo la recibió sin entender pero la guardó velozmente en su bolso.
No intercambiaron ninguna palabra y evitaron hacerse algún gesto suspicaz.
Había demasiada gente esa jornada, e intentaron no llamar la atención.Apenas Pablo llegó a su casa, abrió el bolso casi con desesperación y buscó esa inesperada carta.


“Hoy a la tarde Enrique va a ir al gimnasio. Trata de que haga los ejercicios más extenuantes y agotadores. Él tomará una pastilla cuando haya terminado. Trata de que la ambulancia se demore el mayor tiempo posible y todo quedará como si hubiese sido un paro cardiaco. Debido a su edad no despertará sospechas.”


La carta fue destruida inmediatamente. Tuvo pánico de quedar involucrado como cómplice de algo tan horrible.
Pronto llegó la noche y Laura comenzó a impacientarse.
No tenía noticias de lo que había sucedido con su esposo y temía que el plan que la llevaría hacia su felicidad, hubiese fracasado.Tomó un tranquilizante para poder conciliar el sueño y se acostó decidida a olvidarse del tema. Seguramente Pablo no quiso ni ir a verla ni llamarla para no despertar dudas con la policía.
Luego de tomar el calmante Laura durmió placidamente, pero nunca despertó.
Unos ladrones entraron a la casa y la asesinaron sin que ella supiera lo que estaba sucediendo.
La investigación policial fracasó en determinar quienes habían sido los asesinos de Laura y como habían hecho para ingresar a una mansión con tan sofisticados sistema de seguridad.
Al poco tiempo, Pablo cerró su gimnasio y se cambió de barrio. Ahora, no solo ocupa un importante cargo de gerente en una prestigiosa empresa siderúrgica, sino que también es la mano derecha de Enrique Jornet Freites. Y no es para menos.
Es muy difícil conseguir gente tan fiel y confiable, en estos tiempos en que por un puñado de pesos te puede traicionar a cualquiera, incluso la mujer que uno siempre ha amado y que cree que ese amor es correspondido.

FIN

lunes, diciembre 18

Eutanasia


Hace mucho tiempo ya que estoy atrapado en este maldito cuerpo inmóvil.
Lo se porque a pesar de no poder mover ni un solo de mis músculos estoy conciente. Demasiado conciente quizás.
Los primeros días luego del accidente (no recuerdo bien que fue lo que pasó, pero por lo que alcancé a oír de una charla entre enfermeros, parece que conduciendo una moto choque contra un colectivo) los primeros días decía, sentía a mi lado la presencia de todos mis amigos y familiares, pero con el correr de los días solo fueron quedando mis pobres padres haciéndome compañía.
Se que es egoísta lo que voy a pensar, pero estoy comenzando a temer que la vida se les escape a ellos antes que a mi y que yo quede durante años así, hablando solo, viendo y escuchando todo lo que sucede a mi alrededor, sin poder pronunciar ni una sola palabra, sin poder esbozar un solo gesto en mi rostro, sin poder flexionar ni por un instante mis dedos…
Me da mucha pena hacer sufrir de esta manera a mis padres.
Muchas veces, a la noche, antes de retirarse a casa, veo a mi madre llorar desconsoladamente a mi lado, implorando al cielo un milagro que ya dudo que pueda realizarse. Sufro la impotencia de no poder abrazarla y consolarla, de decirle que ya no sienta más pena por mi y que ya no está en edad paran esforzarse tanto en mi.
Ella debería estar en este momento en casa, descansando, tratando de llevar lo mejor posible los últimos años de su existencia. También sufro mucho por mi padre y si bien él es de carácter mas duro y reservado, muchas veces lo vi quebrarse a mi lado, con lágrimas en los ojos pero sin llorar, queriendo decir algo, pero sin lograrlo debido a sus labios temblorosos.
A veces siento terribles dolores de cabeza y las sondas que tengo conectadas a mi cuerpo para alimentarme, muchas veces se me hacen insoportables. Pero el mayor dolor que siento es sentirme atrapado en la peor prisión a la que pueden condenar a un ser humano.
Poco a poco me resigno a que pasaré hasta el último minuto de mi vida tal como lo soy ahora: una estatua de carne y hueso condenada al silencio y al olvido.
Si bien en mi "otra vida" nunca fui muy creyente, ahora siempre le pido a Dios que aunque sea una vez, me de la oportunidad de decir al menos dos palabras.
Diría al que me pudiera escuchar: "¡Déjenme morir!".

FIN

martes, diciembre 12

La vigilia

Dormía placidamente en una cama ubicada en un rincón de una habitación blanca y absolutamente desprovista de algún otro mueble o elemento decorativo.
Un crujido, que parecía provenir de algún lugar frente de mí, me despertó sobresaltándome y me quedé en silencio, expectante, aguardando escuchar algo más que me ayudara a adivinar de qué se trataba ese ruido. Pero de pronto la puerta que se encontraba en diagonal de la cama, se abrió y alguien encendió las luces de la habitación dejándome encandilado con las brillantes lámparas. Ante mis ojos aparecieron primero un arma, después la mano que la empuñaba y luego alcancé a distinguir la silueta de ese extraño que se perdía en la penumbra que había tras el umbral. Sentado en la cama y con la frente en alto, cerré los ojos y simplemente esperé que aquello sucediera.
Escuché el estallido del arma e inmediatamente alcancé a sentir un fugaz ardor en mi pecho, pero poco después todo dolor desapareció. Me sentí liviano, como si flotara o desapareciera, todo en cámara lenta.
Sin abrir los ojos en ningún momento, tuve un pensamiento que resonó como un eco interminable en mi interior: “¡Me estoy muriendo!”.
Simplemente, luego de eso, desperté.
Pasaron los años y ya había logrado olvidar por completo esa terrible pesadilla.
Hasta este momento.
Hace un par de horas, acabo de llegar a esta ciudad para cerrar un importante negocio para mi incipiente empresa y, como aún no cuento con mucho dinero, me hospedé en una habitación de un modesto hospedaje. Me recosté un momento sobre la cama y me pareció tener un “deja vú” al ver esa habitación blanca, absolutamente iluminada y curiosamente vacía de otro mueble que no fuera la cama en donde me encontraba recostado.
Me puse de pié de un solo salto y fui hasta mi valija, que había quedado tirada en el piso. Revolví mi mano entre las cosas que llevaba allí, hasta dar con lo que estaba buscando. Apagué las luces y rápidamente volví a acostarme. Me tapé con esas blancas sábanas hasta la cabeza, sin dejar en ningún momento de sujetar firmemente mi revolver.
Ya deben ser más de las tres de la mañana y aún no consigo conciliar el sueño.
Me mantengo en vigilia, esperando encontrar algún indicio, aguardando espantado aquel ruido que me indique que aquel sueño que tuve hace mucho tiempo, hoy, increíblemente, se está volviendo realidad.

FIN

martes, diciembre 5

El pan

La infinita arena era como un espejo que despedía la poderosa luz del sol por todos los rincones del desierto. Soportando estoicamente el cruel calor, hace ya más de 2000 años, un beduino montado sobre su inseparable camello, llegó hasta la ciudad de Nazareth, dando un suspiro de alivio cuando vio la plaza en donde se encontraba uno de esos típicos puestos de mercado.
Los gritos de los vendedores, pregonando sobre la excelente calidad de sus dátiles, túnicas, comidas tradicionales y miles de cosas más, inundaban el seco y cálido aire de esa región de Medio Oriente. El beduino se sentó en el polvoriento suelo, apoyando sus espaldas en un viejo muro que le brindaba una deliciosa sombra, mientras su camello tomaba unos sorbos de agua de una fuente.
Sacó de sus alforjas, envuelto en un lienzo, un trozo de pan que había comprado antes de salir de su pueblo natal. Pueblo al que quizás jamás podría regresar, ya que allí su vida corría un gran peligro y la prueba de ello era el parche que cubría la cuenca vacía de su ojo derecho. Aquellos matones pagados por el padre de su amada habían hecho bien su trabajo. Si él volvía a acercarse a su hermosa Sara, sería hombre muerto.
Pensando en esto y en que haría de su futuro, no se dio cuenta de que un chiquillo de no más de cinco años estaba sentado a su lado. El beduino lo miró con ternura y extendiendo la mano que sostenía el pan, le preguntó: -¿Tienes hambre?
Pero se quedó en vano esperando una respuesta.
El chico, de pronto, abandonó su rostro sereno y dulce, y tomando el pan de la mano del beduino, lo lanzó con todas sus fuerzas, haciéndolo caer cerca de donde se encontraba el camello.
El beduino, sorprendido, se quedó observándolo sin decir nada, hasta que el niño se largó a llorar y salió corriendo, perdiéndose entre la gente.
Veinticinco años después, ese mismo beduino volvió a pasar por esa ciudad.
Disimulaba bastante bien sus cincuenta años y el destino le había sido bastante favorable. Logró hacer una pequeña fortuna, pudo casarse con su querida Sara, una vez que el padre de ella falleció y lo más importante, es que nunca se había sentido tan feliz en su vida.
Volvió a esa plaza, en donde aún se encontraban las tiendas de mercadeo y se sentó en el suelo apoyado contra ese muro que detenía las continuas corrientes de viento y arena, tal como lo había hecho cinco ros atrás.
Mientras él se encontraba perdido en sus pensamientos, un joven de cabellos negros y largos, de barbas y ojos oscuros y profundos, de pronto salió de ente medio de la multitud y lo enfrentó.
-Quizás no me recuerde, pero hace mucho tiempo ya, usted y yo nos encontramos aquí.
-Te recuerdo como si hubiese sido ayer –Murmuró el beduino.
-Le pido disculpas por lo mal que reaccioné ante su noble gesto. Se que han pasado muchos años y quizás le sorprenda, pero siempre me ha mortificado aquel recuerdo, porque aún no entiendo que me llevó a actuar de esa manera.
-No te sientas mal, que yo solo vine a agradecerte. No me preguntes como supe que te encontraría, porque a decir verdad, ni yo se bien que hago aquí. Solo se que si tú no te hubieses aparecido aquella tarde cuando tu solo eras un niño, yo hubiese comido de ese pan. Y de haber sido tú el que lo hubiese probado… A ese pan lo habían envenenado y las manos que hicieron ese trabajo fueron las de los sicarios contratados por alguien que me odiaba ciegamente. Cuando tú lanzaste el pan cerca de mi camello, él lo comió y en menos de media hora ya se encontraba muerto. Tu presencia me salvó la vida, tu reacción te salvó la vida a ti. Por eso vine a darte las gracias. Por cierto, aún no nos hemos presentado…
-Mi nombre es Abdul. –Dijo el beduino.
-Mi nombre es Jesús. –Dijo el joven.

FIN