Obra de Rocío Tisera
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miércoles, diciembre 3

La pasión de Jesucristo


Aquel año, el centro vecinal del barrio quiso hacer una especial celebración del tradicional día de Pascuas. La comisión directiva pensó en poner en escena una obra teatral que representara el calvario de Jesucristo para reinstalar en la comunidad el espíritu cristiano que últimamente había perdido y, porque no, de paso juntar unos pesitos con lo que se recaude con las entradas y las ventas de empanadas, vinos y huevos de chocolate. Había que techar una parte del salón de eventos y cualquier forma de generar recursos era válida en ese momento. Allí surgió uno de los escollos a sortear por los organizadores: conseguir un actor que fuera parecido a Jesús, que lograra actuar lo más dignamente posible y que, por sobre todo, lo hiciera de forma gratuita. En el mismo centro vecinal se hizo un casting con algunos vecinos del barrio pero ninguno de los que tomaron la prueba daba con el perfil que buscaban. Algunos eran demasiado obesos, otros eran demasiado petisos. El día de la representación se acercaba y no lograban hallar por ningún lugar a una persona que pudiera hacer un “Jesús” medianamente creíble. Al comenzar la semana santa, un miembro de la comisión del club se encontraba en el centro de la ciudad haciendo unos trámites cuando, de casualidad, vio asombrado a un extraño individuo cuyo físico lo impacto. El sujeto era de elevada estatura, delgado, tan delgado que le sobresalían las finas costillas, llevaba el cabello largo, oscuro y con pequeñas ondas que le tapaban el rostro y tenía una gran barba, espesa e imponente. Ese tipo, podría haber sido un hippie en los años sesenta, pero él era solo un linyera del siglo veintiuno, un indigente que en ese momento se encontraba revolviendo la basura en busca de cartones, algo de bronce, cobre, aluminio… Ese cartonero era el actor que estaban buscando, ni más ni menos que su “Jesús”. Aquel señor que integraba la comisión del centro vecinal se le acercó lentamente, intentando no aspirar el nauseabundo hedor que emanaba el mendigo, y le preguntó ansioso y entusiasmado: “Disculpe señor, ¿usted estaría dispuesto a hacer un trabajo muy especial? Le pagaríamos con una docena de empanadas criollas, bien calentitas y picantes, y un par de botellas del mejor vino tinto de Mendoza. ¿Acepta? ¿Qué me dice?”. El linyera lo miró como si no hubiera entendido ninguna palabra de lo que le acababa de decir, pero inmediatamente comenzó a mover la cabeza de arriba abajo con rapidez, aceptando el trabajo sin tener la menor idea de en que consistía y sin ponerse a discutir si la paga ofrecida era demasiada exigua. Y es que obviamente, ya hacía un buen tiempo que ese pobre mendigo no probaba una comida decente. El señor de la comisión le pidió que lo acompañara hasta la cochera a buscar el auto y marcharon rápidamente a las instalaciones del club, no solo para comenzar lo mas pronto posible con los ensayos de la obra, si no también para meterlo cuanto antes bajo las duchas, porque el tipo apestaba de veras. Cuando el linyera al fin entendió de que se trataba el trabajo, no quedó muy convencido que digamos. Pero su estado de ánimo cambió cuando el resto de los miembros de la comisión del club, al verlo y quedar impresionados por su imagen, comenzaron a tratarlo como a un importante señor, llenándolo de bellos regalos, ricas comidas y dulces vinos. El linyera “Jesús” de esta manera comenzó a sentirse cada vez más a gusto con su nuevo oficio. Cuando llegó el trascendental día domingo, todo el barrio concurrió al club para ver la representación de “La Pasión de Jesucristo”. La comisión del centro vecinal desbordaba de alegría por todo el dinero recaudado y la gente se emocionaba con la obra ya que el “Jesús” que se encontraba sobre el escenario estaba tan bien personificado que ante cada latigazo que los “soldados romanos” le propinaban en la marcha de su calvario, las ancianas y los niños comenzaban a llorar desconsoladamente, mientras que los adultos seguían las escenas prestando mucha atención y sin pronunciar ni una sola palabra, ya que sentían un nudo en la garganta debido a la emoción que los embargaba. Cuando llegó el momento de la crucifixión, los espectadores ya no pudieron impedir que las lágrimas corrieran por las mejillas y en el instante cumbre en que Jesús muere, más de uno se persignó como si lo que estaba sucediendo en el escenario hubiera sido real. Nadie del público sabía que ese actor era en realidad un simple mendigo, uno de esos tantos que deambulan por las calles y que todos evitan acercarse y mucho más aún, ayudarle. Si lo hubieran visto una semana atrás con su aspecto de siempre, seguramente toda esa gente lo hubiera echado a las patadas del club, y hasta hubieran llamado a la policía para que encarcelaran a esa lacra de la sociedad, a ese demente que se resiste a integrarse al sistema, a ese degenerado, a ese criminal. Pero ese día, el mendigo era “Jesús”, por eso, en el momento en que desde arriba de la cruz el mendigo dijo: “Todo se ha cumplido” para luego inclinar su cabeza y exhalar su último suspiro, el cielo, en plena tarde soleada se oscureció por completo, mientras que truenos, relámpagos y temblores hicieron huir espantados a todas las personas que se encontraban en ese lugar.

lunes, julio 23

La invitación

Lunes. Nueve de la mañana. Juan se levanta desganado y comienza a caminar erráticamente en busca del baño, impulsado por las nauseas que lo obligan a vomitar todo el whisky ingerido. Orina como si hiciera un año que no lo hace e intenta lavar esa cara desfigurada, que es casi un muestrario de todo lo bebido en la noche anterior.
Entrando en ese caos que es su cocina, se dirige hacia el aparador y busca desesperadamente los fósforos. Estaba por encender una hornalla para prepararse un té, pero lo piensa un rato y se decide por encender un porro.
Desde la muerte de su esposa, ya poco es lo que le importa lo que pueda sucederle, lo que entiende por bueno o malo. Pareciera que con su comportamiento estuviera buscando la fatal excusa que pueda permitirle reencontrarse con ella.
Mientras saboreaba su "desayuno", sonó el teléfono.
- ¿Quién es? - preguntó casi con violencia.
- ¡Cómo estás loco! Espero no haberte despertado. - contestó Carlos, intimidado por el tono de voz de su hermano. - Hace semanas que no tengo noticias de vos. ¿En dónde mierda estabas?
- Hace unos días regresé de Rosario. Estuve con unos amigos haciendo algunos "negocios”.
- Espero que esos “negocios” de los que hablas no se traten de esa cosa con la que nos tenés acostumbrados...
- No te hagas problemas que no tiene nada que ver con eso. - le mintió, aún sabiendo que él no iba a creerle - .
- A vos lo que te esta haciendo falta Juan es una mina, salir a tomar un poco de aire, tener amigos, no se, cambiar un poco tu vida… pero eso dejalo en mis manos. Yo mismo me voy a encargar de presentarte alguna “guachita”.
- Yo lo que necesito hermanito es que me dejes de romper los huevos.
- No loco, ¡dame una oportunidad para demostrarte que tengo razón! El miércoles voy a hacer todo lo posible para desocuparme temprano, así puedo darme una vuelta por tu casa para que hablemos mas tranquilos. ¿Quedamos?
- Listo, con tal de no escucharte más por un momento, acepto cualquier cosa.
- Bueno, nos vemos.
Carlos, cortó y se quedo observando una réplica de la pintura “La maja desnuda” de Goya, uno de los cuadros que había comprado para decorar su oficina. Toda su empresa se encontraba repleta de esculturas y obras de arte pertenecientes a su propia colección, ya que el prefería tenerlas en su lugar de trabajo para poder contemplarlas en todo momento y así calmar el agobio que le causaba estar prisionero en ese edificio, tan oculto de la luz del dia.
Sonrió y pensó en la nueva secretaria que había contratado. Quizás sería la candidata ideal para presentarle a su hermano. Tomó el teléfono del conmutador y la llamó.
- Andrea, por favor, preséntese en mi oficina. – dijo en tono misterioso.
- Enseguida señor. – dijo instintivamente.
En solo unos segundos la joven ya se encontraba delante de él.
- Si señor ¿en que me necesita?
Él la miró detenidamente, se podría decir que por primera vez, ya que al estar continuamente tan preocupado y tan encerrado en su trabajo, sumándole a ello su timidez, nunca se había tomado el tiempo de contemplar que tan celestes eran aquellos ojos, que tan largos y destellantes eran esos cabellos, cuanta sensualidad poseían las líneas que dibujaban esa figura…
- Mire Andrea, le seré sincero, yo necesito de usted un favor muy especial... – dijo casi sin saber por donde empezar, pero al ver como la cara de ella comenzaba a cambiarse entre confundida y asustada, se apresuró en explicarle
- Andrea, no se asuste, pero lo que yo quiero pedirle es que me acompañe, junto con mi esposa y mi hermano, a una cena. No lo tome como una cita a ciegas ni nada parecido. Simplemente sucede que mi hermano se encuentra en un estado muy depresivo y pensé que una salida entre amigos, tal vez sirva para poder levantarle el ánimo. – Dijo casi sin respirar.
- Por favor, discúlpeme señor, pero déme un tiempo para contestarle. No acostumbro a aceptar invitaciones para salir, porque al estudiar en la universidad no cuento con mucho tiempo libre. Además debo reconocer que me encuentro muy sorprendida por su pedido. - le respondió no muy convencida de aceptar.
- Por supuesto, reconozco que este favor que le pido puede provocarle una situación demasiado incomoda, pero le ruego que no se sienta presionada por mis palabras, si usted no desea aceptar la invitación, obviamente sabré entender.
Andrea salió de la oficina maldiciendo, por lo bajo, las palabras de su jefe. Porque si bien ella no tenía ni la más mínima intención de cenar con él y menos aún de conocer gente, pensó que de darle una respuesta negativa a su superior, podría de alguna manera, atentar contra la estabilidad de su trabajo. Y ya había estado demasiado tiempo desempleada, como para perder el puesto que tanto sacrificio le había costado conseguir en esa empresa. Ella sabía que tarde o temprano iba a tener que aceptar la invitación de su jefe.

Miércoles, 17 horas. Suena el teléfono en casa de Juan. Era su hermano quien nuevamente lo llamaba.
-¡Hola hermano! ya tengo todo arreglado para este viernes, no lo vas a creer, me anime a invitar a mi nueva secretaria a una cena a la que no podes faltar, yo ya le dije a Silvia que no planeara nada para esa noche, así que te espero a las 21,00 horas en el restaurante del hotel Plaza ¿lo conoces?
-¡Para loco! Tranquilízate, lo conozco, pero no te entusiasmes mucho porque no voy a ir.
-¡No Juan, no me podes hacer esto! No sabes cuanto sufrí para invitar a Andrea a esta cena, casi me muero de la vergüenza de tanto insistir para que aceptara…
-¿Quién mierda es Andrea?
-Mi nueva secretaria, boludo, ¿no me estas escuchando? ¿Estas fumado de nuevo?
-Ni lo uno ni lo otro, Carlos, solo quiero que no te metas en mi vida…
-Hermano, solo te quiero ayudar ¿sabes? Perdóname, pero cueste lo que cueste yo quiero que salgas de ese ambiente que sueles frecuentar.
-Bueno, acepto la invitación, pero recuerda que nada bueno puede salir de esto.

Viernes, 21 horas. Suena el timbre en el departamento de Andrea y se escucha la voz de Carlos a través del portero eléctrico. Ella ya había terminado de vestirse y de maquillarse y lo único que deseaba era que el tiempo corriera pronto y que la cena transcurriera lo menos tortuosa posible. Apagó las luces, respiró hondo y atravesó la puerta en busca del ascensor.
Ya en la calle se encontró con el jefe y su esposa dentro de una deslumbrante camioneta de color azul. Cuando Carlos se percató que Andrea se aproximaba, abrió la puerta de atrás y encendió el motor. Apenas ella subió al coche, él, con cierto nerviosismo, le presentó a su esposa.
Andrea observó detenidamente a Silvia, le sonrió y se sintió más relajada.
El auto rápidamente se puso en marcha.
Carlos había reservado la mejor mesa del restaurante más exclusivo de la ciudad, lugar al que concurría junto a su esposa muy frecuentemente. Por lo tanto, apenas los vieron llegar, los mozos les dispensaron la mejor atención. Se ubicaron en la mesa correspondiente y él, observando a su secretaria e intentando distenderse, inició una conversación.
-¡Ya vas a probar lo bien que se come aquí! A este lugar venimos desde la primera cita que tuvimos de novios, incluso aquí mismo le pedí casamiento. Lo único que nos falta, es que cuando nos pidamos el divorcio ¡tengamos aquí mismo una cena de despedida! - Dijo provocando la sonrisa de su secretaria y el reproche cómplice de su esposa.
Poco a poco, Andrea fue perdiendo esa postura distante y fastidiosa, comenzado a hablar distendidamente de varios temas, riendo de las anécdotas que ellos relataban. Pero el tiempo pasaba y él comenzó a ponerse nervioso, ya que su hermano seguía sin aparecer. Entonces tomó su celular y levantándose de la mesa dijo vergonzosamente:
-Sepan disculparme, pero había olvidado que tenía que hacer un llamado muy importante a un cliente de la empresa.
-Este siempre es el mismo. No deja de pensar en su trabajo ni aún en los pocos momentos que tenemos para distraernos – Dijo su esposa un poco en broma, un poco en serio.
Silvia si bien disfrutaba del buen pasar económico de su pareja, siempre se sentía relegada por los extensos horarios de oficina de su esposo, sin contar aquellos congresos, viajes de negocios y reuniones que hacían que fuera muy poco el tiempo que podían compartir y disfrutar.
-Tomate tu tiempo, así Andrea y yo podemos hablar mas tranquilas sobre cosas de las que vos seguramente te vas a aburrir.
Carlos se dirigió hacia el baño y marcó el número de su hermano. Luego de que el teléfono sonara varias veces, por fin escucho la voz de Juan. Y el arremetió.
-¡¿Qué mierda estás esperando?! Vení ya para el restaurante antes que te traiga de los pelos.
-Dejate de joder, boludo…-Le respondió su hermano, casi balbuceando.
-¡Es que no me podés hacer esto, no sabes cuanto me costó conseguirte esta cita… hace una hora que te estamos esperando…
-Bueno loco, yo no te pedí que hicieras esta boludez… ¿Querés que te diga la verdad?
Te conviene que no vaya porque no me puedo parar del pedo que tengo…
Apenas escuchó esas palabras, cortó y guardo su celular. Lavó su cara y quedó por un momento mirándose en el espejo. Intentó borrar su rostro de fastidio y se dirigió rumbo a la mesa.
Su esposa y su secretaria estaban conversando animadamente, y por la divertida forma de hablar podría decirse que se llevaban muy bien. Sin dudas, el vino había disimulado la espera, ya que Silvia era una persona muy reservada y bastante tímida.
“Bueno...- pensó él - por lo menos ella se hizo de una amiga”.
Se sentó con movimientos algo nerviosos y ensayó una disculpa sin mucho ánimo de ser creíble.
-Acaba de comunicarse mi hermano y me contó que se le presentó un problema laboral de imprevisto, por lo que se le hace imposible venir a la cena. Dice que lo siente muchísimo y pide un millón de disculpas por su ausencia.
Andrea obviamente no creyó la excusa, ya que según uno de los variados comentarios de los chismosos que trabajaban en la oficina, “el hermano del jefe” jamás había trabajado, salvo que se considerara así a esos negocios referidos a drogas, contrabando, prostíbulos... Por lo tanto a ella esta situación no le molestó en lo absoluto, ya que hacía mucho tiempo que había dejado de estar interesada en conocer a algún hombre.
Pidieron el menú y pasaron, a pesar de todo, una cena agradable.

Silvia y Andrea se hicieron amigas inseparables, compartiendo casi todo el tiempo libre, ya sea visitándose para tomar el té, saliendo de compras o yendo al teatro, pasatiempo este que no era compartido por Carlos, ya que él prefería ver una buena película por cable en la comodidad de su living.
Habían pasado seis meses de aquella fallida cita y nadie sabía algo sobre el paradero de Juan.
Carlos regresó de un largo viaje de negocios y se dirigió directamente a su oficina decidido a volver a llamarlo. Al fin y al cabo, él había sido quién cortó bruscamente la conversación la última vez que hablaron por teléfono. Llamó por el conmutador a su secretaria para que intentara comunicarse con su hermano, pero en vez de ser atendido por Andrea escucho otra voz que le informó:
-Disculpe señor, ocurrió que no tuvieron tiempo para comunicárselo, mi nombre es Cristina y soy su nueva secretaria.- El se levantó extrañado de su escritorio y se dirigió a la oficina del jefe de personal.
-Gómez ¿Qué sucede con Andrea?
-Disculpe señor que no le haya dicho, pero no pensé que fuera importante. La señorita Andrea Mastelli presentó su renuncia hace dos días.
-¿Cómo? ¿Dijo algo de porque tomó esa decisión?
-Lo único que mencionó es que se marchaba de la ciudad.
Durante toda la tarde su nueva secretaria intentó comunicarse con su hermano, pero el celular se encontraba apagado y nadie atendía el teléfono fijo de la casa.
A la salida de la oficina, ya de noche, fue hasta la casa de Juan, pero no encontró a nadie.
Se asomó por la ventana y lo único que alcanzó a ver fue la cocina hecha un verdadero chiquero, con restos de comida sobre la mesa y botellas vacías tiradas sobre el piso, dando la sensación de que hacía mucho tiempo que ese lugar estaba abandonado.
Cansado, subió al auto para volver a casa, un poco ansioso por preguntarle a su esposa si ella sabía algo sobre la extraña y repentina decisión de Andrea de renunciar al trabajo. Sorprendido no porque ella resignara la alta remuneración que recibía por su labor, sino por el hecho de que no lo hubiera hablado teniendo en cuenta el aprecio y la amistad que ellos sentían por ella.
Cuando entró a su casa, dispuesto a darse una larga ducha para sacarse toda la mufa del trabajo, encontró una carta pegada sobre la pantalla del televisor y apenas la tomó se dio cuenta a de su mujer. Totalmente intrigado comenzó a leer:

Carlos:
Perdóname que haya elegido esta manera para comunicarte algo tan importante, pero es que nunca me hubiese animado a decírtelo en la cara, temiendo la forma en que puedas reaccionar. Tengo que decirte que durante todo este tiempo te he estado engañando y debo reconocer que me siento muy enamorada de esa persona.
Nunca imagine que algo así podría ocurrirme, pero sucedió. Y como no quiero que todos estén murmurando y cuestionando esta situación, me marcho de la ciudad.
Apenas consiga donde alojarme, mi abogado se encargará del tramite del divorcio.
Perdóname, pero estoy convencida de estar haciendo lo correcto.
Tú solo eres feliz cuando trabajas y la verdad, es que yo me cansé de estar sola.
Silvia


Carlos trastabilló hacia atrás y se quedo sentado en el piso, mirando la carta, con la mente en blanco. Recorrió la casa, esperando encontrarla, imaginándosela riendo por la broma que en ese momento le estaba haciendo, pero ella no estaba. Así como tampoco estaban sus cosas, ni la ropa, ni las joyas...
Fue hasta el escritorio que tenía en la sala, busco la llave que estaba escondida en un estante de la biblioteca y abrió el último cajón. Sacó de allí un revolver, lo cargó y se quedó sentado.
Medito durante un largo tiempo sobre las razones que ella pudo haber tenido para abandonarlo. Pero también imaginó a su esposa deseando a otro, acercándose a otro, amando a otro… y se sintió desecho, destruido, ahogado en una marea de celos, desesperación, soledad...
Apoyó nerviosamente el arma en su sien y simplemente disparó.

A doscientos kilómetros de allí, Silvia terminaba de ducharse. Salió del baño envuelta en una toalla y tomó el paquete de cigarrillos que había dejado sobre la mesa de luz.
Encendió uno y se quedo mirando a través de la ventana. Podía observar la ruta tan vacía, tan extraña, con el resplandor de la ciudad brillando detrás de ella.
Apagó el cigarrillo, se dirigió hacia la cama y pudo ver el cuerpo desnudo de su amante durmiendo en la cama.
Las luces de los carteles, que se encontraban en la estación de servicio ubicada al frente del hotel, penetraban en la habitación y le impedían dormir. Silvia besó los labios de Andrea, que se encontraba profundamente dormida y se quedaron abrazadas, agotadas por el largo viaje que habían realizado en auto. Mañana les esperaría un día bastante movido, ya que tenían que encontrar una casa cómoda y acogedora para comenzar una nueva vida.

Recién a los tres días, Juan se enteró de lo que le había sucedido a su hermano.
Venía conduciendo desde Rosario, contento por el buen fajo de billetes que consiguió con sus negocios sucios, cuando escuchó por la radio la trágica noticia.
Él no sintió ningún tipo de remordimiento, ni de dolor, ni de pena o haber concurrido al velorio de su hermano.
Lo único que hizo fue parar a un costado de la ruta, fumarse un cigarrillo con toda la tranquilidad del mundo y comenzar a reírse, primero tímidamente, para terminar haciéndolo con todas sus fuerzas.
Un momento después, quizás cansado de tanto reírse, se quedó en silencio y su mirada se perdió en el lejano horizonte, en la nada.
Ahora no dejaba de repetirse:
-Al final ese hijo de puta siempre tuvo más huevos que yo… ese hijo de puta tuvo más huevos que yo...

FIN

miércoles, octubre 18

Tres viejitos

1
Sentados en un banco de la plaza San Martín, tres ancianos observaban fijamente en dirección a la histórica Catedral. Ninguno de ellos hablaba y probablemente ninguno de ellos se conocía. Tal vez por esta razón, el trío mantenía el silencio propio de aquellos que hallándose en el final de sus vidas, contemplan el mundo con mucha tranquilidad, con bastante paciencia y con algo de resignación. Unos metros más allá, sobre la explanada, había quedado estacionado el micro de excursión que había traído a la ciudad de Córdoba al contingente de los jubilados al cual ellos pertenecían. Pero alrededor de los ancianos, el resto de la gente se movía vertiginosamente y así como la peatonal era un incesante y gigantesco hormigueo humano, la calle era un malón ruidoso e incontenible de autos, taxis y ómnibus.
De pronto, en esa fresca pero hermosa mañana primaveral, uno de aquellos ancianos tosió como intentando aclarar la voz. Era quizás el menos viejo, o lo que es lo mismo, el más joven del grupo. De poco más de sesenta y cinco años, seguramente recién jubilado, era el único que intentaba disimular la edad. Su calva, oculta bajo un obvio peluquín y su forma de vestir informal y hasta juvenil demostraba que él era el más presumido de ellos. Volvió a toser y sin dejar de observar la Catedral, tal como lo hacían los otros dos viejitos, comenzó a hablar sin importarle si sus compañeros de banco le prestaban atención o no.
2
“No se porque esta mañana me trae a la memoria algo que viví hace muchísimo tiempo. Recuerdo que los rayos del sol atravesaban la ventana, iluminando directamente mi rostro. Mis párpados, con un ligero movimiento se abrieron, haciendo que mi primer pensamiento de esa mañana fuera ese temido: ¡Me dormí! Miré el despertador y se había detenido a las 3 y 18 de la madrugada. Busqué mi reloj sobre la mesita de luz y cuando veo la hora, no pude impedir que mi boca comenzará a insultar: eran las 8 y 43. Me vestí lo más rápido posible y sin lavarme la cara y medio despeinado, salí en busca del ascensor. El departamento en el que vivía quedaba casi en Colón y General Paz y lo había alquilado precisamente porque estaba a solo siete cuadras de la empresa en que trabajaba. Por eso estaba tan molesto en llegar tan tarde a la oficina. Ya en la calle, me mezclé sin querer con un alcoholizado y violento grupo de personas que iba provocando disturbios, marchando no se muy bien a favor o en contra de que o quién. La cuestión es que se me hizo difícil cruzar hacia la vereda de enfrente y esa demora ya había comenzado a desesperarme. De pronto, tres bombas de estruendo fueron lanzadas por los manifestantes hacía el grueso cordón policial que estaba ubicado delante de ellos, hiriendo gravemente a un uniformado. Esto causó una reacción desmedida de los policías, que intentaron desconcentrar rápidamente la marcha, reprimiéndolos con gases lacrimógenos y balas de goma, aunque en el tumulto también se escucharon las detonaciones de unas cuantas armas reglamentarias.
Lejos de provocar la retirada, los manifestantes se resistieron y más de uno sacó a relucir algún arma de fuego, haciendo disparos al aire o apuntando directamente a la valla policial. Inmediatamente, a pedido de los uniformados, llegaron al lugar más refuerzos, entre ellos la guardia de infantería y la caballería, lo que hizo que todo se convirtiera en un verdadero caos en donde podía verse varios cuerpos sin vida, decenas de heridos desparramados y pisoteados en plena calle, en su mayoría ocasionales transeúntes, locales comerciales destruidos, autos en llamas...
Yo me encontraba parado en medio de esa locura, con el maletín aún en mi mano, mi saco gris impecable, mis zapatos rados y el tiempo jugándome en contra. De pronto, me decidí y súbitamente comencé a correr con todas mis fuerzas, ya que me encontraba a menos de tres cuadras de mi trabajo y no me iba a dar por vencido. Pero a mis espaldas, escuché un grito que en medio de esa guerra campal me ordenó: ¡Alto o disparo!...
No se porque no me detuve, pero lo cierto es que la bala tampoco lo hizo. Sentí como si mis entrañas ardían, como todo daba vueltas a mi alrededor, hasta que al fin caí bruscamente al piso, quedándome paralizado. Todo se oscureció y ahí perdí el conocimiento. Cuando abrí los ojos, tal vez porque los rayos del sol que atravesaban la ventana iluminaban directamente mi rostro, me di cuenta de que estaba en mi cama. Miré el despertador y creo que no hace falta decir que se había detenido a las 3 y 18 de la madrugada. Me levanté y avisé a la oficina que no iba a poder ir a trabajar, con la excusa de que me sentía mal. Me volví a acostar y seguí durmiendo.
Eran las 8 y 50 y afuera ya se escuchan las bombas de estruendo.”
3
Apenas terminó de contar su historia, se quedó en silencio y en ningún momento intentó mirar a los otros dos abuelos sentados con él. Ninguno de ellos hizo algún comentario sobre el relato y solo se quedaron observando la Catedral, tal como lo hicieron durante toda la mañana. Mientras un grupo alegre y ruidoso de jóvenes estudiantes pasaba al frente de ellos dispuestos a festejar el día de la primavera, el anciano sentado en el medio del banco, se quitó los anteojos y con un pañuelo que sacó de un bolsillo de su saco, limpió durante unos segundos la suciedad de los lentes. De unos setenta y cinco años, delgado y de estatura alta, sus largos cabellos blancos y su sobria manera de vestir, le daban un cierto toque distinguido. Aparentaba tratarse de una persona que en el pasado se desempeñaba en un cargo importante o que poseía una buena posición económica. Apenas volvió a colocarse los anteojos, se desabrochó un poco el nudo de la corbata para poder respirar más cómodo y empezó su relato. Todo esto, sin que ninguno de los tres dejara de observar la histórica construcción religiosa.
4
“Nunca antes había esperado con tanta impaciencia que llegara la noche, como lo hice durante esos diez meses. Recostado sobre un duro colchón, dentro de un calabozo pequeño e inmundo, huía con mi imaginación, proyectando en mi mente una película en la que yo viajaba al pasado impidiendo que cometiera aquel error fatal. Cada noche variaba el argumento, en otras lo perfeccionaba, tratando de llegar a una solución que me permitiera evitar esa cárcel. Cárcel, a la que me había condenado por unos eternos quince años. Muchas veces, había creído que realizando esa especie de ritual nocturno, me llevaría hacia la locura, porque cada imagen que reproducía en mi mente, cada vez se iba tornando más y más real. Nunca tuve muy en claro que pretendía lograr al utilizar obsesivamente mi imaginación planeando viajes en el tiempo, pero al menos podía evadirme de la realidad por un par de horas, hasta que el sueño me venciera de una buena vez.
La última vez que me dispuse a realizar esa especie de juego mental, las escenas que imaginé ya me eran bastantes verídicas, quizás debido a la práctica constante de ese ejercicio.
Esto fue lo que imaginé aquella extraña noche.
Me encontraba delante de la puerta de mi casa. Podía observar fielmente el número de la casa colocado a un lado de la ventana, el timbre, que sabía que se encontraba descompuesto y un pequeño graffiti que los chicos de la esquina pintaron sobre el portón del garaje: “El futuro llego hace rato”. Golpeo la puerta, y el tipo que atiende al llamado queda sorprendido y espantado al ver mi rostro. Yo, sin esperar que él me invite a pasar, cruzo el umbral decididamente -al fin y al cabo es mi propia casa- y una vez dentro tomo una silla y me siento alrededor de la mesa.
-Tengo que darte una información que se que te va a interesar. Andá a traer un papel y una lapicera.Mariano va veloz y ni siquiera alcanza a preguntar que estaba sucediendo.
-Tomá asiento y escribí bien el número que te voy a decir: 5012. Ese número va a salir esta noche en la Lotería de Córdoba. Si mal no recuerdo, acabas de cobrar mil pesos por el trabajo de albañilería que hiciste en la casa de los Márquez, así que jugá toda esa plata a primera. ¿Anotaste bien? 5012.
Me levanto sin darle tiempo a que me hiciera alguna pregunta, marchándome rápidamente sin saludarlo. Yo sabía que me iba a hacer caso, porque él tipo ese era yo, o sea, era el yo de diez meses atrás, sin dudas el jugador empedernido y vicioso de siempre. Y que palpito mejor puede tener un timbero, que el recibir el dato del número ganador de las mismas manos del timbero proveniente del futuro… Cuando llegó esa noche, Mariano, o sea yo, probablemente haya querido cortarse las bolas al ver que el número que le entregué no salió ni a los veinte. Lo que realmente me proponía, era que yo no usara ese dinero para comprar al día siguiente, esa hermosa escopeta de caza que siempre había soñado tener. Arma con la que terminaría asesinando a mi esposa y a mi mejor amigo.
Lo que acabo de contar, es lo último que recuerdo haber imaginado, antes de caer en un sueño profundo y reconfortable. Cuando desperté, me sentí totalmente descansado y con una gran e inexplicable paz interior. Mi cuerpo ahora reposaba sobre un suave y cómodo colchón y por la ventana se veían los hermosos rayos de sol de un nuevo día. Retiré, con bronca y con asco, la mano de mi esposa que me abrazaba mientras dormía acurrucada contra mi cuerpo. Me levanté a tomar un poco de agua y fui hasta la puerta a buscar el diario, tal como lo hacía cada mañana. Era martes y el boleto de la quiniela aún se encontraba sobre la mesa. Me fijé en la sección de interés general y efectivamente el 5012 no salió en ningún sorteo.
Fue la única vez en mi vida, que no me amargué por la suerte esquiva. Desayuné y antes de que se despertara mi mujer, me fui al estudio jurídico del abogado que una vez, en aquella línea de tiempo que se alteró, me defendió en la causa de homicidio. Claro que él no me reconocía, pero recurrí a sus servicios nuevamente. Ese mismo día inicié los trámites del divorcio.”
5
Cuando concluyó de hablar, el distinguido anciano se ajustó el nudo de la corbata y se sumó al silencio que sus dos compañeros habían mantenido durante esos minutos. Una fresca brisa aplacó un poco el calor que comenzaba a sentirse, a medida que el sol se iba acercando al cenit. El tercer viejito, el que aún no había pronunciado ni una sola palabra, se quitó la boina y con un pañuelo agujereado por el paso del tiempo, se secó la transpiración de su arrugada frente y su brillante calva. Era el más anciano de los tres. ¿Ochenta años de edad? Quizás. Su mano tiritaba y le costaba hacer hasta el movimiento más sencillo. Vestido de forma humilde. Con su larga barba blanca y sus zapatos gastados, aparentaba ser unos de esos tantos linyeras que andan vagando por el centro de la ciudad. Se volvió a colocar la boina muy lentamente y con voz temblorosa y entrecortada, se animó a acabar con ese silencio solemne. Tenía la boca reseca, pero la historia estaba tan lúcida en su mente, que sus palabras sonaron seguras y convincentes.
6
“Iba caminando rápidamente. Lloviznaba por momentos y las calles se encontraban vacías, un poco por el frío, otro tanto porque pronto iba a anochecer. Otra jornada de trabajo terminaba y deseaba ansiosamente regresar a casa, y ya podía imaginarme estando en mi hogar, compartiendo un café bien caliente con mi esposa, escuchando las risas de mi hija... Aquel viernes se me había hecho eterno y durante todo ese día las había extrañado. En mi apuro, distraído por mis pensamientos, crucé la calle sin mirar y fui sobresaltado por el estridente chillido de una frenada. El auto, que circulaba sin luces, se detuvo e inmediatamente se puso en marcha, saliendo a gran velocidad. Estuve un largo rato insultando a ese ebrio y estúpido conductor que había estado a punto de atropellarme, según lo que creí. Creí, con mucha ingenuidad, haberme salvado de milagro. De pronto sentí un ligero adormecimiento que comenzó por las piernas, lo que me asustó bastante, a pesar de no haberme encontrado ningún tipo de herida. Sin pensarlo demasiado, y como para calmarme un poco, le adjudique a esa extraña sensación como motivo, la estresante situación que acababa de atravesar. Aún nervioso, doblé en la siguiente esquina sin prestar mucha atención, e imprevistamente me topé con una mujer que se encontraba parada frente mío, mirándome fijamente a los ojos. La esquivé, creyendo por la forma tan provocativa de mirar que se trataba de una prostituta y sin prestarle mucha atención seguí mi rumbo. Pero ella me siguió con la vista y me llamó por mi nombre. Yo me detuve, intrigado por saber porque esa extraña me conocía. Aún no había terminado de darme vuelta para enfrentarme a ella y comenzó a hablarme con voz firme y clara.
-Apúrate fantasma, que no puedo perder mi eternidad esperándote. Esta es una noche particularmente movida y debo llevar a varios como tú hacia el otro lado. Solo alcancé a decirle: “¿Se siente bien?”, mientras yo especulaba si esa mujer se encontraba loca, borracha o drogada. Y ella con una sonrisa que más que agradar, me intranquilizó aún más, dijo:
-Te aviso que me estás haciendo perder tiempo, ya debería estar regresando a mi morada... acompañado por ti.
-¿Y precisamente, en dónde se encuentra su morada?- Le pregunté ya comenzando a fastidiarme.
- Mi reino forma parte de la nada, al igual que tú. Para ser más exactos, tú vas a volver a ese lugar del que partiste el día que naciste en este mundo. Tú me llamas La Muerte. A mi me gusta que me llamen La Parca.
Ante esa respuesta totalmente ilógica, desquiciada, inesperada, solo se me ocurrió decirle, sin poder evitar reírme:
-Discúlpeme, pero yo me encuentro tan vivo como lo está usted.
-Mire hacia atrás- me murmuró. Y observé tirado en la calle el cuerpo sin vida de una persona joven. Era de baja estatura, pelo castaño oscuro, vestido con ropa de trabajo... Era yo. La parca continuó hablando:
-Por lo visto no te habías dado cuenta del accidente. Y el que te atropelló con su auto al parecer se fugó del lugar... Yo quede mudo, congelado, sin saber que hacer ni decir. Mientras ella hablaba, pude ver su tez extremadamente blanca, sus cabellos enrulados y castaños, sus ojos grandes y negros que le daban una belleza exótica y una mirada profunda. Ante esa onírica situación, solo se me ocurrió decir, casi de forma ingenua:
-Nunca imaginé que la muerte fuera una mujer, y tan bella, siempre creí a un esqueleto vestido con una túnica negra y que llevaba una guadaña. Ella volvió a sonreír y con voz suave y sensual dijo:
-Yo no soy mujer, tampoco soy hombre. Siempre me presento ante los ojos de los mortales tal como ellos me quisieran ver. Si tu hubieses sido una mujer, lo más probable yo hubiese sido un joven apuesto. Más allá que sea La Parca, no tengo por que perder cierto encanto. Y mirándome a los ojos me dijo:
-Se que me temes.
-Y quién no…
-Le respondí rápidamente, comenzando a darme cuenta de lo que estaba sucediendo. La Muerte comenzó a ponerse seria:
-No entiendo porque sientes miedo, si no tienes ni la menor idea de como soy. Más deberías haberle temido a la vida, ya que ella es quién te ha castigado haciéndote sentir humillaciones, dolores, penas, amores no correspondidos, hambre, frío, calor, injusticia, violencia... a ella la conoces y no le temes y en cambio a mí si”.
-Precisamente, dicen que es mejor malo conocido que bueno por conocer.- dije sin saber que mierda decir.
-Puede ser. Pero para que veas como soy en realidad, te concedo una oportunidad.
-¿Una oportunidad? ¿Y porqué, justamente a mí, me vas a dar esa oportunidad?
-No te creas único ni especial. Cada tanto hago una excepción con ustedes, los humanos. ¡No saben cuanto sufrimiento evitarían dejando este mundo! Pero igualmente se aferran con todas sus fuerzas a esta vida mezquina y materialista... Hoy estuve todo el día a tu lado y se cuanto extrañaste a tu familia. ¿Sabes porque tenías esa sensación? Era un presentimiento que tuviste. Mi presencia de alguna forma te alertó. Debo decirte que hace tiempo que no encuentro una persona con ese don.
-De mucho no me sirvió ese don...
-Consuélate, tu final era inevitable. Yo nunca fallo... En fin, cierra los ojos durante unos segundos y todo lo que has vivido hasta este día, desaparecerá. Volverás a vivir desde tu adolescencia con la ventaja que podrás cambiar parcial o totalmente el futuro. Pero debes tener en cuenta que ha medida que transcurra el tiempo, te iras olvidando de esta vida que acabas de perder. No te preocupes, cuando los abras te darás cuenta de que se trata.
Sin saber porque razón, en vez de marcharme velozmente del lado de ella, le hice caso. Cuando levante los párpados, sentí una rara vitalidad, una sensación que se me hacía conocida. Me encontraba en un cuarto extraño, pero a la vez pude reconocer la cama, los posters, los muebles, la ropa desparramada... Tal como ella me lo había dicho, tenía nuevamente dieciséis años. Durante esos primeros años, cada noche antes de dormirme, me concentraba con todas mis fuerzas en los rostros de mi esposa y de mi hija, temiendo que al amanecer se desvaneciera de mi mente el recuerdo de ellas. Hace mucho tiempo ya que he olvidado sus nombres y se que en algún punto de esta nueva existencia, debo haber cometido el error que me condenó a que nunca más pudiera reencontrarme nuevamente con mi mujer. Aún, a pesar de los años que pasaron, a pesar de todo el olvido, deseo ansiosamente volver a mi hogar.”
7
Los tres viejitos se quedaron nuevamente en silencio, contemplando la Catedral como lo venían haciendo desde un primer momento. Las campanas comenzaron a sonar dando las doce, justo en el momento en que el contingente de jubilados se concentraba frente al Cabildo Histórico. Luego los viejitos enfilaron hacia el micro, varios de ellos llevando un gesto de cansancio pero también de alegría. Una joven y atractiva enfermera, se dirigió hasta donde se encontraban estos tres jubilados y los fue llevando de a uno hasta los asientos del ómnibus. Ella no se molestó en hablarles ni en preguntarles como la habían pasado, ya que ella siempre creyó que los tres eran sordomudos, debido a esa constante actitud autista que siempre llevaban. Pero, por algún motivo, la enfermera creyó ver en esas miradas perdidas y distantes, un brillo especial que no había percibido antes. Un destello que le indicaba que algo de ellos había cambiado luego de ese viaje.
FIN

jueves, septiembre 28

Dos amigos en el bar

-¡Eh Marquitos! ¡Ya me estaba por ir! Regresé de España solo para venir a verte y hace una hora que te estoy esperando. Haciendo tiempo ya me tomé dos cervezas…
-Discúlpame Flavio, recién salgo de trabajar, me había demorado con una tarea. ¡Mozo, una cerveza!
-Mientras te esperaba, y te insultaba, me había puesto a pensar que pasado mañana es tu cumpleaños ¿no? Se me vino a la cabeza cuando recordé que somos del mismo signo y…
-¿Y desde cuando crees en los signos del horóscopo? ¡Justo vos me venís con eso, el escéptico número uno de la facultad de filosofía!
-Ya te voy a contar porque empecé a creer en el zodíaco, pero respóndeme, el domingo ¿Es o no tu cumpleaños?
-Si, pero si con eso te referís a festejar ese día la respuesta es: no.
-¡Eh, hombre! ¡No me digas que te sientes viejo! Si estás igual que cuando íbamos a la secundaria… Es más, hace cuatro años que no te veo y me pareces más joven que la última vez que nos encontramos en este bar.
-Te explicaría el porque, pero te cagarías de risa. Mejor comenzá vos a contar desde cuando crees en la astrología, así me río yo primero.
-Bueno, te cuento, pero andá pidiendo otra cervecita.

Sabés muy bien que yo nunca he creído en horóscopos, ni en el tarot, ni en supersticiones ni nada parecido. Eso de que por influjo de las estrellas nuestras vidas sufren diversos acontecimientos es propio de la ignorancia y la superstición de los pueblos antiguos.Y si bien en el pasado ciencias como la astrología impulsó el avance de los conocimientos astronómicos, así como la alquimia hizo lo propio con la química, hoy en día, en un mundo digital y nanotecnológico, el creer que por ser de un signo astral te deba suceder tal o cual cosa, implicando así que millones y millones de personas les suceda lo mismo, no deja de ser típico de una mente poco brillante y no muy ilustrada.
Pero a pesar de esa convicción que siempre tuve, no he podido olvidar una extraña situación que viví a principios de año.
Era una tarde de agosto, con sol pero fresca debido a una brisa constante que nacía del sur. Estaba sentado en un banco de la plaza, viendo como mi hija Milagros correteaba incansablemente de un lugar a otro, acompañada por dos ocasionales compañeritas de juego. Si bien ya hacía casi dos horas que estábamos allí, ese pequeño huracán de tres años de edad no mostraba ni la más ínfima muestra de cansancio, por lo que sería casi imposible convencerla de a hora de volver a casa.
Yo, ya un poco aburrido, me arrepentí de no haber llevado un libro para matar el tiempo, pero a pesar de ello, estaba encantado de escuchar su risa y los gritos de alegría que cada tanto profería. Me resigné a ese banco y me distraje viéndola ir del tobogán a la hamaca, de la hamaca al subibaja, del subibaja a la calesita…
De pronto la brisa trajo hasta mis pies la página de un diario. Era de ese mismo día y luego de sacudirlo un poco para limpiarle la tierra comencé a leerlo. Era el suplemento de los avisos clasificados, que incluye algunas historietas, frases célebres, crucigramas, pronóstico del tiempo y… el horóscopo. No pude evitar una tonta curiosidad de saber que me habían “predicho” los astros para ese día.
“Cáncer: Hoy usted se convertirá en alguien famoso, aproveche la circunstancia para cumplir lo que más desea”.Abollé esa hoja y la arrojé al cesto de la basura.
Cuando miré hacia lugar en donde estaban jugando las niñas y me di cuenta de que solo eran dos, aún con cierta tranquilidad al observar que Milagros todavía se encontraba allí, comencé a buscar curiosamente a la nena que faltaba. Y quedé realmente aterrorizado cuando vi que esa criatura de no más de tres años, estaba cruzando sola la calle.
Salí corriendo desesperadamente tras ella, y como suelen suceder en las pesadillas, sentí como si mis pies de pronto estuvieran pesados y lentos, dándome la sensación que nunca llegaría hasta ella.La alcancé a empujar hacia la vereda un segundo antes de que fuera atropellada por un auto que se acercaba velozmente.Recuerdo haber estado de pronto rodeado de muchísima gente, mientras un desconocido me decía que me quedara quieto y no se me ocurriese levantarme del piso.
Le pedí a una mujer que se encontraba allí, quién creo a una vecina, que cuidara de Milagros y llamara a la madre. Luego de ver el rostro lleno de lágrimas de mi hija, todo se volvió confuso y desmayé.
Desperté en el hospital con varias quebraduras y golpes por todo el cuerpo.
Pero lo único que me importó fue que Kiara, así el nombre de la nenita, no se había hecho ni un rasguño en el accidente.
La sala en donde me encontraba, se comenzó a llenar de periodistas, camarógrafos y fotógrafos cubriendo lo que sería la nota de la semana: “El héroe que salvó a una niñita de una muerte segura”.
De pronto, recordé lo que había leído en el horóscopo, e intenté aprovechar mis quince minutos de fama. En cada reportaje que me realizaron aquel día, terminaba mirando la cámara, diciendo:
“Te amo Karen, te extraño y te necesito más que nunca”.
Karen, la mujer de la que estuve separado durante más de un año, fue esa misma noche al hospital y luego de hablar durante toda la noche, aclarando tema por tema, decidimos que lo mejor que podíamos hacer era darnos otra oportunidad.
Hoy, nuevamente estamos juntos los tres y deseo que sea para siempre, porque esta es la alegría más inmensa que podíamos darle a Milagros.

-¿Y? ¿Qué piensas?
-Que te creo.
-¿Me estas dando la razón como a los locos? Porque si es así ya me levanto de la mesa…
-No, te creo porque cuando escuches lo que yo te voy a contar, te vas a convencer que tu relato es mucho más coherente que el mío.
-¿En serio? Bueno empieza tu historia, pero primero déjame que le pida al mozo otra cerveza y otro platito de maní… ¡Mozo!...

Vos sabés que nunca le di demasiada importancia a los cumpleaños.
Y no es porque tema envejecer, sino que considero que como los días de la madre, del padre, navidad, reyes, día del niño, pascuas, etc., solo son fechas comerciales que buscan que la gente consuma más, para que el bendito sistema continúe funcionando.
Pero la decisión de dejar de festejar mis cumpleaños, a pesar de las quejas de mis familiares y amigos, no se debió a posturas ideológicas. Lo que me terminó de convencer de tomar esta posición “anti-sistema”, fue un suceso insólito, realmente insólito.
En mi último cumpleaños, luego de la fiesta de rigor con padres, hermanos y amigos, me quedé en mi departamento acomodando el desastre que todos habían dejado y dispuesto a lavar platos, cubiertos, vasos…
Luego guardé los regalos que me habían dado: un libro de autoayuda (urgentemente lo cambiaré por otro), un par de calzoncillos (me hacían falta), una camisa celeste (odio las camisas), una botella de whisky (de la que solo dejaron un cuarto) y un disco compacto sin ninguna etiqueta.
Cuando terminé de limpiar y acomodar todo, ya eran las siete de la tarde de ese domingo. Me preparé un café y puse ese C.D., que no se quién me había regalado, en la compactera de la computadora. Ya podía imaginarme que tipo de música tendría: cumbia o folclore o bolero… Pero para mi sorpresa era música electrónica, bastante minimalista y sonaba bien. De pronto, en ese tema, se escuchó una voz cavernosa y profunda, que por momentos sonaba masculina y en otros femenina.
Sobre ese ritmo machacante, la voz que parecía ser de ultratumba, pronunciaba frases en diferentes idiomas. Incluso me parecían ser estrofas cantadas en latín y otras lenguas muertas. El disco compacto tenía un solo track, pero esa pista duraba los ochenta minutos. En uno de los fragmentos cantados en castellano, repitió un par de veces: “Pronto se apagará la luz…”
Apenas terminó esa frase, la energía eléctrica se cortó y lo más llamativo era que parecía ser que solo mi departamento, de todo un edificio de ocho pisos, se había quedado sin luz. Cuando al cabo de unos minutos la electricidad volvió, intrigado pero a la vez un poco avergonzado por mi curiosidad, encendí nuevamente la computadora para volver a escuchar a ese C.D. Cuando comenzó a sonar nuevamente, percibí que si bien la música era la misma, la letra había cambiado. Adelanté y retrocedí el track, pero en ningún lugar volví a escuchar la parte que cantaba que se apagaría la luz. En su lugar, la tétrica voz pronunciaba otra frase “Y el suelo se moverá…”
Y al acabar de decir eso, el piso comenzó a estremecerse, mientras los libros de la biblioteca y los cuadros y los objetos de la cocina se sacudían violentamente.
Salí de allí y empecé a bajar las escaleras de ese séptimo piso, pero el temblor ya había pasado. Nadie parecía haberse dado cuenta de lo que acababa de suceder.
Me costaba pensar que aquel movimiento sísmico solo hubiese afectado a un departamento, el mío. No me animé a preguntarle a una chica que estaba por subir al ascensor si había sentido el temblor. De todas formas, el semblante tranquilo y cordial que ella llevaba, me indicaba que nada extraño había presenciado.
Volví a mi hogar y esta vez dudé de seguir escuchando ese disco que, vaya saber porque razón, había dejado de sonar.Apreté el play del reproductor de audio y comenzó a sonar otra vez desde el principio.
Esta vez solo se escuchó un largo silencio y subí el volumen para intentar escuchar un suave murmullo que parecía sonar de fondo y de pronto una voz grave semejante al rugido de un león dijo: “Vivirás cinco ros. Nada más…”
E instantáneamente, la luz sufrió un nuevo apagón, que esta vez no duró más que unos segundos. Luego de eso, el disco nunca más volvió a sonar, es más, no entiendo como, pero luego me terminé de convencer que ese compacto se encontraba vacío, virgen, como recién salido de fábrica.
De más está decir que cuando les pregunté a los invitados de mi cumpleaños quién me había regalado ese disco compacto, nadie sabía absolutamente nada de él.
¿Qué no me gustan los cumpleaños? Si, se que suena raro eso en boca de alguien que tiene veintinueve años. Pero en lo que me queda de vida (¿seis años?) no creo que vaya a cambiar de opinión.
-¿Y Flavio? ¿Vos que crees de todo esto que te acabo de contar?
-Creo dos cosas: una, que nos estamos volviendo completamente locos, absolutamente dementes, y otra, que si no voy ya mismo al baño, me orino encima. Y esto lo digo en serio.
-Bueno, anda Marquitos, mientras voy pidiendo otra cerveza, que esta noche hay mucho para seguir contando. Y tomando. ¡Mozo!... ¡Traiga otra!...

FIN