Obra de Rocío Tisera
Mostrando las entradas con la etiqueta CUENTITOS FUTBOLEROS. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta CUENTITOS FUTBOLEROS. Mostrar todas las entradas

domingo, septiembre 14

¡GOL!


El jugador número ocho recuperó el balón en el mediocampo, trabando fuertemente con el número diez del equipo rival, llevando la pelota casi sobre la línea de cal, tan veloz, tan potente, que las piernas de los jugadores que salían a marcarlo terminaban pateando el aire, persiguiendo al viento, embistiendo la nada. El número ocho llegó hasta la altura del área, y desde allí impulso la pelota con un soberbio derechazo que se elevó en el tenso aire, congelando las miradas de los hinchas que se hallaban expectantes en la colmada tribuna. El balón cayó de golpe, de emboquillada, y se clavó en el ángulo derecho ante un sorprendido arquero que solo atinó a ver como el fugaz balón se colaba dentro del arco. ¡GOL! ¡GOLAZO! El hincha se abraza con otro hincha, que puede ser conocido o no. El periodista dice que el número ocho quiso poner la pelota justo allí.
Otro periodista dice que el gol fue de pura casualidad, que el jugador número ocho en realidad intentó tirar un centro a sus compañeros. La verdad es que no importa. Fue gol. ¡GOL! ¡GOLAZO! Un torbellino de camisetas de hermosos colores azules y blancos se abrazan entre si, tanto en el campo de juego como en las tribunas. Todos festejan tal como lo hago yo, saltando, riendo, cantando, gritando, llorando, sintiéndome en este preciso instante la persona más feliz de todo el mundo. Si, se que solo se trata de un simple partido de fútbol pero que puedo decir… Nada, realmente nada, me importa más en este emocionante momento, que ese gol, que ese hermoso golazo azul y blanco…

martes, enero 2

La Gloria


Orestes Jacinto Kikoto, de profesión fanático de fútbol, hincha “perro” de Instituto, iba caminando rumbo a la cancha, por una de esas transitadas y coquetas calles del Barrio Alta Córdoba.
Orestes vestía su uniforme reglamentario: camiseta de “La Gloria”, último o; en su cabeza, cubriéndolo del sol, un gorro de antigüedad incierta que debido a tantas lavadas más que albirrojo era albirosa, pero que seguía usando por cábala; unos jeans gastados, descoloridos y bastantes mugrosos por cierto, que llevaba estampado en una de sus botamangas un autógrafo de Osvaldo “Pitón” Ardiles (el día que lo encontró no llevaba encima ningún papel, y como estaba estrenando una camisa, decidió sacrificar el pantalón) y una radio chiquita y ruidosa que solo sintonizaba en A.M. pero que le servía para su propósito de escuchar el partido.
Orestes, iba caminando tranquilamente, refugiado entre las amplias sombras que le otorgaban los altos paraísos en esa calurosa tarde de sábado, ya que aún faltaba más de media hora para que empezara el encuentro. Y mientras marchaba por la vereda con su ritmo cansino y desganado, la vio. Ella era hermosa, realmente hermosa. El podría jurar que en sus 25 años de vida, nunca había visto a una mujer de tanta belleza.
Ella era de tez blanca como la nieve, cabellos castaños y brillantes, ojos oscuros como la noche más oscura, senos redondos y generosos que se robaban todas las miradas, ella era sensual, era excitante, era única, era… de Talleres… ¡Si, de Talleres! La camiseta albiazul que ella vestía, si bien era una puñalada traicionera para su corazón albirrojo, al menos le dio la oportunidad de saber el nombre de esa belleza. Porque en esa camiseta de Talleres, arriba del número que llevaba estampado en la espalda (el 7) estaba también impreso el nombre de ella: Lorena.
Orestes nunca había creído en el amor a primera vista y el único amor que había sentido realmente era el que profesaba por el club de sus amores: el Instituto Atlético Central Córdoba, pero decididamente, esto que ahora estaba viviendo era totalmente diferente. Él estaba anonadado, hipnotizado, perdido en la hermosura de Lorena.
Apagó la radio y se sacó el gorro, pasándoselo por el rostro para secar así su sudor, y fue directo hacia ella. No sabía bien que decirle, pero estaba convencido de que esa sería la única oportunidad que tendría.
Ella estaba a allí, a solo treinta metros de él. Orestes comenzó a acercársele, sin sacar en ningún momento su mirada de esos ojos profundos y negros. Ella también lo miraba, aunque esbozando una sonrisa pícara e intrigante.
Cuando él se puso casi frente a ella, se dio cuenta a su chance de hablar. Humedeció sus labios resecos, intentó serenar el latido de su pecho respirando profundamente y tosió con disimulo, intentando aclarar la voz para poder pronunciar las palabras que necesitaba decirle. Pero no pudo.
Una patada voladora, digna de un profesional de lucha libre, impacto en la espalda de Orestes tirándolo al suelo y dejándolo un poco atontado. Cuando levantó la mirada vio a dos hinchas de Talleres dispuestos a seguir golpeándolo en el suelo. Él se levantó rápidamente, al tiempo que se le presentaba el siguiente dilema: correr y quedar como un cobarde o pelear y mostrarle a esos “pechos fríos” de Talleres (y a esos calientes pechos de Lorena) como pelea un hincha de La Gloria… En milésimas de segundo se decidió: ¡peleo!
Orestes Jacinto Kikoto ingresó a la popular del estadio de Instituto cuando estaba por comenzar el segundo tiempo. Tenía los ojos morados, la nariz quebrada, los labios partidos y tal vez algunas costillas rotas. ¡Ah! También tenía el número del teléfono celular de Lorena. Y eso le hizo olvidar no solo el dolor que le causaron los golpes recibidos, sino también la tristeza por la humillante goleada que sufrió Instituto ante Talleres, ese mismo sábado.

FIN

martes, noviembre 14

Doce pasos


“En la cancha, mis jugadores dejan la vida” (Cualquier director técnico de fútbol, de cualquier lugar del mundo)

El Jugador número 10 del equipo visitante estaba a un par de metros de la pelota.Tenía la mirada fija en ella, mientras se iba acercando confiadamente para volver a acomodarla en el punto de penal. La ubicó de la forma que le pareció más adecuada y se quedó con sus brazos en jarra, esperando que el árbitro diera la orden de ejecución. En la tribuna que se encontraba detrás de ese arco, los hinchas rivales lo insultaban violentamente, mientras que algunos de los fanáticos más exaltados se trepaban por el alambrado perimetral, amenazando con ingresar a la cancha en caso de que él convirtiera el gol. Ellos le juraban que no saldría vivo de la cancha. El tablero electrónico del estadio indicaba que el marcador se encontraba cero a cero y que ya se había cumplido los noventa minutos reglamentarios. Lo más seguro, es que luego del penal, el réferi diera por terminado el encuentro. Este partido, no se trataba de uno más del torneo; era la mismísima final del Campeonato Nacional. Unas cincuenta mil personas colmaron entusiastas el Estadio Olímpico, y tal vez medio país lo estaba viendo en directo por televisión o escuchando por la radio. Esa era la presión que tenía que soportar ese número 10, que estaba a punto de convertirse en ídolo indiscutido del club, o en el caso de fallar, de transformarse en el blanco de todos los insultos de esos mismos hinchas de su equipo. El jugador miró el palo derecho del arquero, después el izquierdo, luego fijó su mirada en el arquero que intentaba intimidarlo con sus arengas, para terminar observando al árbitro que se demoraba en hacer sonar el silbato… hasta que finalmente, terminando con el patético suspenso, dio la orden. En esa fracción de segundo en la que inició la carrera para patear el penal, pasaron por su mente mil imágenes, en las que él aparecía convirtiendo el glorioso gol, para luego festejarlo bajo una lluvia de flashes, celebrando la histórica victoria por toda la ciudad… Tampoco podía dejar de imaginar la emoción que seguramente, estaba sintiendo en ese momento su familia, sus padres y sus amigos. Pero nada lo intimidaba. Él estaba absolutamente convencido, de que no había ninguna posibilidad de que fallara ese tiro penal. Hizo tres ligeros pasos, e impulsó la pelota con su pié izquierdo hacia el palo derecho, mientras el arquero se lanzaba, sin mucha convicción, hacia el poste contrario. La pelota se dirigió tan mansamente hacia la red, que antes de que ella cruzara la línea de gol, ese talentoso número 10 ya había iniciado una alocada carrera festejando el tanto del triunfo. Fue en ese momento cuando, desde la tribuna que tenía enfrente, un trozo de ladrillo fue lanzado por un violento hincha, impactándolo en la cabeza, a la altura de la sien. El héroe del partido cayó fulminado, exánime sobre el verde césped, mientras que la alegría de los hinchas, que ignoraban lo sucedido, se desataba en la tribuna visitante. Irónicamente, el jugador número 10 perdería la vida en el preciso instante en que el árbitro, mirando hacia el centro de la cancha, convalidaría el gol, decretando el fin del partido.

FIN