Obra de Rocío Tisera

viernes, mayo 16

MICROCUENTOS 6


POZO SIN FIN: En el patio de mi casa apareció un pozo que pareciera no tener fin. Quise rellenarlo con tierra y piedras, pero me fue imposible, por más escombros que tirara nunca lograba taparlo. Anoche, pude ver como de su interior brotaba una luz muy blanca y bella, a la vez que sonaba en el aire una música suave y angelical. Hoy, apenas salga el sol y junte un poco de coraje, me lanzaré en su misterioso abismo. Si no regreso, no se aflijan. Lo mismo no tengo nada que perder.

EL CANARIO Y EL ROCK: Una vez, un pequeño canario se posó en mi ventana y comenzó a cantar de una forma muy pero muy bella. Yo, sin dudarlo, abrí la ventana, lo atrapé fácilmente con mi mano y lo metí en una jaula. Pero el canario dejó de cantar. Al poco tiempo el canario murió, lo metí en una bolsa de residuos y lo tiré a la basura. Mucho no me afecto su perdida, ya que justo en esos días me había comprado un equipo de audio de última tecnología, con un sonido muy potente y de mucha calidad.
La verdad, es que no hay nada en el mundo que se compare a escuchar un disco compacto de Pink Floyd en el sistema 5.1.

PARAGOLPES: Una vez, en una reunión, un amigo bromeaba diciendo que el paragolpes de una moto es la misma cabeza del motociclista. Justo a la semana siguiente, ese mismo amigo, chocó con su motocicleta en la ruta. El pobre, estrelló su paragolpes contra un camión.
Con el resto de mis amigos, cada día que pasa, extrañamos mucho sus bromas.

GRILLO: Una noche de verano, se metió en mi casa un grillo que emitía su sonido característico de una manera muy particular. Parecía que cada “cric” que emitía llevaba un cierto orden, una cierta lógica, como si estuviera transmitiendo un mensaje en clave Morse. Realmente, sería una verdadera pena si se tratara de eso y si ese grillo quisiera comunicarse conmigo de esa manera, ya que obviamente, yo no tengo ni la más remota idea de cómo descifrar un mensaje en código Morse.

DORMILÓN: Gus durmió durante toda su existencia. Él, desde su primer minuto de vida, estuvo conectado a un complejo sistema de tubos que lo alimentaban, y era aseado y cuidado las veinticuatro horas por un equipo de enfermeras. Los doctores, a pesar de todos los estudios que habían realizado, no podían descubrir cual era la misteriosa enfermedad que sufría. Es mas, los galenos, extrañados, creían que en realidad él estaba perfectamente sano. Gus, mientras tanto, con sus treinta y cinco años recién cumplidos, continuaba soñando el sueño más bello y más largo de la historia de la Humanidad.

RACISMO: “Que en el lenguaje musical, una blanca valga el doble que una negra, es racismo, que la magia blanca sea buena y la negra mala, es racismo, que Dios sea blanco y el mal negro, es racismo, que el trabajo en blanco sea el legal y el negro el ilegal, es racismo, que en las películas los delincuentes, drogadictos y violadores sean negros, es racismo, hablar de listas negras, de tener un día negro, de trabajar como negro, de que la cosa se viene negra, etc., es racismo…”
De esta manera pensaba un pobre nigeriano que luchaba por sobrevivir con su frágil balsa, a la furiosa tormenta que se desataba sobre el mar Mediterráneo. España, la tierra prometida, aun se encontraba demasiada lejos.

lunes, mayo 12

El saludo del General Perón


Hace algún tiempo, en uno de los bingos que suelen realizar en el club del barrio, tuve la oportunidad de conocer a un simpático viejito. El anciano, ya algo senil el pobre, aseguraba haberle dado la mano al General Juan Domingo Perón. Yo, que no soy peronista y que mucho menos comparto algún tipo de aprecio por esa personalidad, intenté por una cuestión de respeto hacia ese señor mayor, mostrarme lo más interesado posible por el tema de conversación. Le pregunté, simplemente para hacer un comentario, si había tenido la oportunidad de sacarse alguna foto de aquel encuentro. El me dijo: “No, no tuve esa suerte, pero puedo asegurarle amigo que tengo en mi casa una reliquia mucho más importante y valiosa que una foto”. Ya algo intrigado, le pregunté de que se trataba esa reliquia. “Sus manos”, me dijo con toda la serenidad del mundo. “Tengo sus manos en mi casa. Yo fui quien profanó su tumba hace varios años ya, y quien las robó. En los diarios de entonces, decían que los responsables del hecho habían sido integrantes de una logia masónica internacional a la que el General pertenecía. Los diarios más antiperonistas, publicaron que la persona que le había cortado las manos lo había hecho para que él dejara de robar. ¡Blasfemos! ¡Si el General Perón fue quien más hizo por los pobres en toda la historia de la República Argentina! Pero, volviendo al tema, la pura verdad es que fui yo quien robó las manos de Perón.” Aún incrédulo, pero impactado por sus palabras que sonaban tan convincentes, le pregunté por que había hecho semejante ultraje. El viejito, con voz temblorosa y sonriéndose, me explicó: “Porque solo un verdadero hombre estrechaba la mano como lo hacía el General. Su saludo era firme, enérgico, cálido, y transmitía un valor y un coraje tan sin igual, que dudo que otra persona en el mundo podía asemejársele. Él era un santo, ¿me entiende? Sus manos son una verdadera reliquia, y por eso no permití que se la comieran los gusanos. ¡No! ¿Sabe que hice? ¡Las embalsamé! Ahora sus manos son tan inmortales como su figura. ¿Me comprende?”.
No. La verdad es que no, nunca pude comprenderlo…

jueves, mayo 1

MICROCUENTOS 5


SE LO QUE HICISTE: Alguien que no conozco me envió un e-mail que decía lo siguiente: “Se lo que hiciste el verano pasado…” ¡Qué desilusión! Siempre pensé que nadie me había visto en el momento en que maté al perro de mi vecino. Y ojo, aclaro que en ningún momento hablo de matar mascotas…

LA EXTRAÑA PROSTITUTA: En barrio General Paz, existe una hermosa prostituta que tiene una extraña manera de realizar su trabajo: ella nunca se desnuda, no te toca, no gime ni dice groserías, ni absolutamente nada relacionado con lo ual, tan solo se acuesta a tu lado y te escucha atentamente, y en algunas ocasiones, hasta puede darte sabios consejos y bellas palabras de aliento. Así y todo, es la prostituta más concurrida de toda la ciudad de Córdoba. Y también la más cara.

ARCO IRIS: Hace unos minutos dejó de llover. Salí al patio para respirar un poco de aire fresco y al mirar el cielo, me llevé una desagradable sorpresa: el arco iris… ¡estaba en blanco y negro! Esto es una catástrofe. Una verdadera catástrofe. Creo que los cambios climáticos están destruyendo el mundo de la peor manera. Hoy, ya nos robó unas de las cosas más bellas que nos daba la naturaleza y que además, ¡era gratis!

ATEO: Un amigo cuestionó mi ateísmo. Yo le respondí que si se ponía a pensar un poco, estaría de acuerdo conmigo en que, por más que no se diera cuenta, el también era ateo, porque por sus costumbres, su manera de ser y su forma de vivir, es un pecador. Y si él es pecador y no cambia su vida, es porque no teme terminar en el infierno. Y si no teme el infierno, es porque no cree que exista. Y si no cree que exista el infierno, tampoco debería creer en el paraíso, ya que son mundos opuestos y para la existencia de uno, se necesita la existencia del otro. Y si no cree en el paraíso, ¿cree en Dios…?
Mi amigo nunca más me dirigió la palabra.

ESCRIBIENDO ESTUPIDECES: Una vez, una amiga mía me preguntó por que pedía el tiempo escribiendo estupideces. Realmente, no supe que responderle. Con el tiempo, algo parecido supo preguntarme mi esposa, y nuevamente no tuve palabras para contestarle. Hoy, descubrí a mi hija leyendo una pila de hojas manuscritas que dejé en el cajón de mi mesita de luz, y me dijo con voz orgullosa: “Papá, ¡que lindos tus cuentos!”. No me importa que ella solo tenga siete años y que lo más probable, es que no los haya entendido. Lo importante, es que yo ya se para que escribo.

jueves, abril 17

Cumpleaños


Hoy hace mucho calor. Bah! Hace el mismo calor de siempre. Por lo menos es un día tranquilo, hoy no hubo disparos. Debe ser que tanto ellos como nosotros nos tomamos un descanso. ¡Por fin! Hace tanto tiempo que estamos haciendo esta guerra…
Tengo sed, tengo hambre, pero miedo no, no tengo. Lo perdí en mi primer día en el campamento. Esa mañana me sacaron del lado de mi familia, me dieron el uniforme que ahora estoy usando y me enseñaron rápidamente a usar el rifle que ahora tengo entre mis manos. Vi morir a mucha gente. Realmente a mucha. Vi como morían a mi lado personas que minutos antes habían estado conversando conmigo. Vi morir a esa chica que no quiero nombrar y que iba al mismo colegio que yo. Por eso ya no tengo miedo. Tanta muerte hizo que me acostumbrara a ella y ya no me afecta en nada. Quizás por eso me llama la atención que no se escuchen disparos. Extraño el ruido, los estallidos, las detonaciones, los gritos, hay mucho silencio. Y obvio que también extraño a mi familia, aunque dudo que ellos aún estén vivos. Y si lo estuvieran no sabría donde buscarlos porque de la aldea ya todos huyeron. Yo solo intento sobrevivir. No mato porque odie a los otros, sino para que ellos no me maten. Y obedezco a mis superiores no porque los respete o porque ellos tengan razón, sino para que no me molesten. He visto las cosas que le hacen a mis compañeros que se ponen rebeldes… Pero hoy es un día hermoso, bastante hermoso. Hoy no vi a ninguno de los otros, aunque a decir verdad, tampoco vi a ninguno de los míos. Debo haberme separado demasiado de mi patrulla, y eso es peligroso, porque puedo caer en una emboscada, o pisar una mina terrestre, o ser atacado por algún animal de esta espesa selva. Yo solo quiero sobrevivir, por lo menos hasta mañana, porque será para mí un día especial. Mañana es mi cumpleaños y aunque sea solo, lo voy a festejar. Ayer me robé una petaca de ginebra que encontré en la tienda de campaña del comandante y la reservaré para hacer un brindis por mí. Ojalá que mañana el día sea tan lindo como hoy, y ojalá que todo esté así de tranquilo, porque para mí es una fecha muy especial. En estos momentos desearía estar con mis padres y hermanos y que ellos pudieran estar a mi lado para cantarme el “¡Que lo cumplas feliz…!” Mañana cumplo diez años. Si, ¡diez años! Mi primera década de vida. Un viejo soldado me dijo que esta guerra empezó mucho antes que yo naciera. ¡Qué locura! Para mí, diez años es toda una vida…

jueves, marzo 27

MICROCUENTOS 4


PIEDRAS: Cuando era niño, solía pasar tardes enteras tirándoles piedras a las nubes. Una vez, le alcancé a pegar a una justo en el medio y juró que escuché claramente como ella gritó. Sin embargo, el envidioso de mi hermano (¡qué raro!) dice que nunca le pegué a la nube y que en realidad el que gritó fue un vecino que recibió la pedrada. Yo se que él miente. Nunca soporta que yo le gane.

CINE: Esta tarde vi en el cine una película que era exactamente igual a un extraño sueño que tuve algunas noches atrás. Estoy tan confundido que no se pensar. ¿Mis sueños son poco originales o el director del film me plagió la idea? No lo tengo bien en claro. Creo que deberé consultar con mi abogado si puedo entablar una demanda…

VELETA: En el techo de mi casa hay una vieja veleta que, muy extrañamente, apunta siempre hacia el sur, sin importar en que dirección vaya el viento. Yo creo que ese gallo negro de hojalata debe tener una razón para comportarse así. Para mí, algo tiene que ver que en esa dirección, hacia el sur, se encuentre la casa de mi vecino, que tiene un gran gallinero en el patio. Creo que, por esas cosas del destino, mi vieja veleta de hojalata se ha enamorado.

SOL NEGRO: El sol comienza a tornarse cada vez más negro y la noche irremediablemente se volverá eterna. Pronto nos transformaremos en torpes topos que escarbaran con desesperación la tierra para poder huir del frío y de la muerte. El sol es ahora solo una sombra, una patética sombra, y el de ayer, y esto lo digo con toda la tristeza de mi alma, el de ayer fue el último amanecer que alcanzó a ver la humanidad.

MENTE EN BLANCO: Debo poner mi mente en blanco, debo poner mi mente en blanco, debo poner mi mente en blanco… ¡No! ¡Así no está funcionando! Si pienso en poner mi mente en blanco estoy pensando, por lo que mi mente no estará nunca en blanco… No debo pensar en nada, absolutamente en nada, a partir de… ¡Ahora!.................................................................................................................................

martes, marzo 18

MICROCUENTOS 3


CALAVERA: Cada mañana, al despertar, en el momento de ir al baño y verme en el espejo, me sucede algo extraño. Me veo, y en ese reflejo veo no una cara, sino una calavera. Un cráneo sin vestigios de piel ni de carne, tan solo huesos, huesos blancos y brillantes. De nada me sirve lavarme el rostro una y otra vez e intentar despertarme. Allí seguirá esa tétrica calavera mirándome con el negro vacío de sus cuencas sin ojos. Y, a pesar de todo, eso no es lo más extraño, eso viene después. Salgo a la calle y nadie nota mi espantoso aspecto, me observan y me hablan como si todo estuviera perfecto, como si en realidad yo tuviera un rostro como todos y no esa apariencia de careta de Halloween que veo a través del espejo. Yo, por las dudas, a lo largo del día, intento evitar ver mi cara reflejada en los vidrios, asqueado contemplar esa figura. Solo me consuelo, si se puede decir consuelo, pensando que esto que me sucede a mí, en realidad les ocurre a todos, a todo el mundo, salvo que todos callan, así como lo hago yo…

AUTO SIN CONDUCTOR: Un auto sin conductor pasa a toda velocidad por la calle. Yo voy por la vereda y no puedo creer lo que estoy viendo, lo que no estoy viendo. Ahora el auto está frenando violentamente en la esquina y da marcha atrás. Ahora ese auto viene por mí, lo se, aunque no tenga ningún motivo para hacerlo, aunque yo no haya hecho nada malo, aunque nadie lo conduzca…

CERVEZAS: Destapé una botella de cerveza y ante mí apareció un genio, saliendo del envase como si lo hiciera de la lámpara de Aladino. Tal como sucede en los cuentos, el genio me concedió tres deseos y yo rápidamente le pedí: “Mujeres, dinero e inmortalidad”. Pero el muy hijo de puta del genio, quizás para burlarse de mi, solo me trajo tres cervezas más. Y encima calientes…

lunes, marzo 10

En el supermercado



Estaba formando cola en la caja del supermercado, cansado, aburrido y con mis piernas entumecidas. Me encontraba bastante fastidioso y malhumorado. Y es que odio hacer las compras, pero para mi desgracia no me queda otra opción. Si estuviera casado, lo más probable es que mandaría a mi esposa a que fuera, sola por supuesto, a comprar lo que nos hace falta, pero bueno, esta es mi triste realidad. La fila de gente cargada de alimentos, productos de limpieza, ropas, pañales, etc., no se movía prácticamente ni un miserable centímetro. La joven que atendía la caja se manejaba con tal parsimonia que exasperaba a todos los que estábamos allí. Y por si fuera poco, una mujer gorda, culona y grande como ballena, que transpiraba como un barrabrava de fútbol, se coló en la fila y puso su carrito lleno de productos justo delante de mí. Yo, indignado, no pude impedir tocarle el hombro para que se diera vuelta y así aclararle la situación.
-Señora, disculpe…
Cuando ella se dio vuelta, me miró a los ojos y comenzó a reírse ampulosamente. Tenía la cara redonda y regordeta, y su amplia risa reveló que le faltaba algún diente. Un ligero bello debajo de su nariz la hacía ver como si tuviera bigotes y sus ojos verdes brillaban con alegría al mirarme. No se porque, su mirada se me hacía conocida.
-Flaco, disculpame, ¿Vos por casualidad no fuiste en la primaria al colegio Cárcano?-Me preguntó la obesa señora, lo que me revelo dos cosas: una, que por el trato debía tener más o menos mi edad, aunque parecía mayor que yo, y la otra, que me conocía. La bronca que al principio sentí por ella dio paso a la curiosidad.
-Si, fui al Cárcano. ¿Nos conocemos?
-Vos terminaste séptimo grado en el año ochenta y cinco, ¿No?
-Haber, dejame pensar… Mmm… Si, si, fue en el ochenta y cinco.
-¿Te acordás de Cecilia, la chica que salía en todos los actos del colegio de bailarina?
-¡Si! ¡Cómo no la voy a recordar! Siempre estuve enamorado de Cecilia, ¡Ja! Ella iba al otro séptimo, yo al A y ella al B, por eso… -De pronto me callé. La miré nuevamente a los ojos, y esos ojazos verdes no me dejaron duda alguna, me quedé sin palabras…
-Germán, ¡No me digas que no me reconociste! ¡Soy yo, Cecilia! ¿Cómo andás? ¡Tanto tiempo! Veinticinco años pasaron ya sin vernos…
-Si, mucho tiempo pasó…
-Ya que estamos, yo también te confieso algo, yo también estuve toda la primaria enamorada de vos. Mira lo que son las cosas de chicos, ¿No?
-Si, ¡Ja! Lo que hacemos cuando somos chicos
-Vos estás igual Germán, aún tenés esa cara de poeta enamorado, ¡Ja, ja!
-Y vos todavía tenés esa mirada hermosa y cautivante, Cecilia…
-¿Te casaste? ¿Tenés hijos?
-No y no. Vengo zafando. ¿Y vos?
-No, tampoco. Como dice mi bisabuela, ando solterita y sin apuro.

Mientras hablábamos, la fila de la caja poco a poco se fue adelantando, hasta que nos llegó el turno a nosotros. Pagamos, salimos en busca de un taxi para poder llevar las bolsas de las compras y sin saber porque, la invité a almorzar a casa. Ella aceptó complacida, riéndose como siempre. A la tarde, luego de la comida, y sin muchos preámbulos, hicimos el amor hasta la extenuación. Yo, Germancito, le hice el amor a la Ceci, la del séptimo B. Quizás ella ya no sea la misma y no tenga nada de aquella figura y aquella belleza con la que la recuerdo a la distancia, pero bueno, al fin y al cabo, yo tampoco soy el mismo de antes, y los años pasan para todos. Lo importante es que ahora ella es feliz, tanto como lo soy yo. Es que sin querer, ella consiguió la compañía de un hombre, y yo, ya conseguí a alguien que se encargara de hacerme las compras en el supermercado.

FIN

martes, marzo 4

TREBOL DE CUATRO HOJAS


Una mañana, mientras cortaba el pasto en el jardín de la señora Borges Uriarte, vi de casualidad una de las cosas más maravillosas que puede presenciar una persona supersticiosa como yo: ¡Un trébol de cuatro hojas! Obviamente lo arranqué del suelo, lo puse entre medio de las hojas de mi documento de identidad y me dije: “De ahora en más, mi suerte va a cambiar, conseguiré un empleo decente, pagaré mis deudas, le daré a mi familia una vida digna…” Una hora después, terminé con mi labor y fui a cobrarle el trabajo a la señora Borges Uriarte. “Seguro que ahora, gracias a mi trébol, me dará una buena paga”, pensé con mucha ingenuidad. Pero no, no fue así. Esa vieja miserable, que tiene más plata que los que venden droga, me dio apenas unas cuantas monedas. Estuve a punto de insultarla y de mostrarle mi indignación, pero el recuerdo de mi trébol de cuatro hojas me calmó. “Al menos encontré mi talismán de la suerte”, me consolaba.
Esa misma tarde, antes de ir a casa, me jugué el mísero dinero que llevaba en mis bolsillos en un numerito de la quiniela, a un pálpito seguro. Convencido de que había hecho una buena inversión, me fui silbando rumbo a mi casa sin siquiera imaginarme que al llegar encontraría a mi esposa desnuda y en la cama… ¡Con mi mejor amigo! Amigo que automáticamente pasó a ser mi mejor enemigo, claro. Cuando reaccioné y quise echarlo a las trompadas de mi casa, mi mujer me pegó una cachetada, tiró mis pocas pertenencias a la calle, y al final el que terminó siendo echado de casa fui yo. “¡Vago! ¡Inservible! ¡Atorrante! ¡Caradura!”, me gritaba mi esposa, ahora mi ex esposa, claro, mientras lanzaba mis remeras, mis calzoncillos, mis medias… Mis tres hijos, ya adolescentes, no solo no me defendieron, sino que hasta parecían contentos con la llegada de un nuevo papá que parecía tener el dinero suficiente para darles el gusto a todos ellos. Resignado, metí mi ropa en un bolsito lo más rápido que pude para evitar las ya numerosas miradas de mis vecinos, ávidos de chismes, e intenté irme cuanto antes de allí, pero no alcancé a dar más que una docena de pasos cuando un patrullero se detuvo a mi lado. Un policía se bajo del móvil, puso cara de malo y empezó a hacerme preguntas, con tono prepotente como suelen hacer siempre, del tipo “¿Cual es su nombre?”, “¿En donde vive?”, “¿A donde va?”, “¿Que hace con esa ropa?”…Cuando me pidió que le mostrara lo que llevaba dentro del bolso supe que estaba en problemas y por más que intenté explicar la situación, todo fue en vano. Los agentes me tomaron por un ladrón de poca monta y, a los golpes, me metieron dentro del movil policial. Pasé toda la noche en la comisaría, pero gracias a Dios, a la mañana siguiente me liberaron. Lo primero que hice fue ir a una quiniela para ver que número había sido el ganador en el sorteo de la lotería. Grandísima fue mi desilusión al ver que el número que había jugado no había salido ni a los veinte. Sin tener a donde ir, sin dinero, y buscando un trago para ahogar las penas, aunque bien saben decir que las penas saben nadar, me metí en el bar en donde siempre se ir con mis compañeros de juerga a tomarme un buen vinito. Pero apenas el dueño del lugar me vio, me echó a las patadas, gritándome que nunca más me iba a dar algo al fiado y que si no le pagaba pronto lo que le debía, no solo me iba a reventar la cara, sino que también me iba a hacer meter preso. Por las dudas, temiendo terminar otra vez en el calabozo, salí corriendo del lugar con tanta mala suerte, que cuando distraídamente cruzaba la calle, un auto que pasaba a toda velocidad terminó atropellándome. Quedé malherido, tirado en la calle, sin nadie que me ayudara, y viendo como el conductor del coche que me arrojó por los aires, huía cobardemente de allí. Entonces, suspiré bien profundo, medité mi situación, y me convencí de lo que sin lugar a dudas tenía que hacer: debía desprenderme de una buena vez de ese maldito trébol de cuatro hojas que tantas penurias me estaba causando. Rengueando, adolorido y con un aspecto lamentable, llegué hasta la casa de la señora Borges Uriarte, toqué el timbre haciendo un gran esfuerzo y fui atendido por una empleada doméstica. Cuando la señora al fin se asomó por la puerta, pegó un grito histérico y estuvo a punto de desmayarse, impresionada al verme tan golpeado y ensangrentado. Pero yo rápidamente la calmé. “Estoy bien, no se preocupe, este trébol de cuatro hojas me salvó la vida en el accidente que acabo de sufrir. Disculpe que la moleste, pero lo primero que pensé luego de lo que me sucedió, es que quizás ahora le corresponda a otra persona disfrutar de la suerte de este trébol, y como usted siempre ha sido muy generosa conmigo, pensé que lo mejor que podía hacer era regalárselo a usted…”, le dije intentando contener la risa. La señora Borges Uriarte tomó el trébol, lo observó muy intrigada, y cerró la puerta olvidándose de mí. “¡Ahora morite vieja hija de puta!”, pensé, y me fui de allí contento por la maldad que había realizado. Pero no fue así. Esa misma semana me enteré, de boca de sus vecinos, que esa vieja miserable y despreciable, había ganado, nada más y nada menos, que quinientos mil pesos en el casino. ¡Por Dios! Ojala que nadie me cuente que al momento de ganar ese dineral, a la señora la hayan visto con un trébol de cuatro hojas entre las manos, por que de ser así… ¡Me las corto! ¡Juro que me las corto…!

FIN

domingo, marzo 2

GENTE


En la parada del ómnibus se encuentra Carlos, que está llegando tarde al trabajo justo en la semana en que la empresa despidió a cinco de sus compañeros. Cerca de él se encuentra Leonor, una anciana que cada noche siente agudos dolores en el pecho y que teme morirse. El ómnibus se detiene y su chofer es Julio, que está muy preocupado por una deuda impaga que está a punto de dejar a su familia sin hogar. Un auto se detiene detrás del ómnibus, es manejado por Juan que no tiene un buen día, ya que antes de salir discutió muy violentamente con su esposa y en este mismo momento está pensando en divorciarse. Un peatón aprovecha el semáforo y cruza rápidamente la calle, es Víctor que va a ser nuevamente papá y que está desesperado por que no encuentra trabajo. Él, pasa al lado de un vendedor ambulante llamado Tito que siente una gran pena porque sus hijos no lo visitan, se siente viejo, ignorado y menospreciado. De pronto sus ojos y los del resto de los transeúntes se elevan para ver a Carla, que camina sensualmente por la peatonal desparramando belleza, mientas que por dentro, en su interior, ella se siente fea, gorda, ridícula. Un hombre sentado en el bar le tira un beso a través del vidrio. Es Walter, un solterón con aires de dandy que más allá de su imagen de ganador es un hombre solo y triste porque ninguna mujer lo ama de verdad. Una moza se acerca a su mesa y le trae un café, es Lorena, quien finge una sonrisa aunque en realidad quiere llorar, cansada de que el dueño del bar la acose y le pida que se acueste con él. En la vereda hay un canillita, es Manuel, quién le hace bromas a un quiosquero porque ayer perdió Belgrano, a pesar de que aún no vendió ningún diario y que hoy no va a tener mucho para comer. El quiosquero, Claudio, se ríe a pesar de la derrota del club de sus amores, intentando distraerse de ese gran dolor que siente bien adentro, ya que su hijo otra vez está preso, otra vez por las drogas. Una chica de no más de dieciséis años se acerca al quiosco y compra un cospel para el ómnibus, es Tamara que está nerviosa y ansiosa por llegar a la casa de su novio para preguntarle si es cierto lo que las chicas le contaron, que él anoche salió a bailar con una amiga de ella. Va hacia la parada y cruza ante un puesto de flores que es atendido por Marta, una cincuentona a la que la menopausia la tiene mal y la falta de cariño y de amor de su esposo peor. Una pareja se acerca a comprar flores, son Marcos y Victoria, quienes como todos los jóvenes son ingenuos y soñadores, y se aman. Él está pasando un grato momento con ella, pero le preocupa un poco el examen que mañana le tomarán en la facultad, y estaría más tranquilo si pudiera volver a su departamento a estudiar. Ella lo ama, pero no sabe como decirle que tiene un embarazado de dos meses y que él es el padre de ese bebé. Se besan, se sonríen y siguen caminando hacia la plaza, donde se encuentra un tipo de unos treinta y cinco años llamado Gustavo, quien escribe improlijamente sobre unas hojas sueltas. Él está molesto porque lo que escribió no lo termina de convencer, y decide darle fin a sus palabras. Mientras tanto, la ciudad se siente triste y deprimida, y pareciera que está a punto de estallar.

FIN

miércoles, noviembre 28

MICROCUENTOS 2


PERRITOS: Cuando yo era chico, tenía una perra que se llamaba Tita y que había dado a luz a siete cachorritos. Los perritos eran muy bonitos y juguetones, excepto el que nació al último, o sea, el séptimo, que tenía esa maldita costumbre en cada noche de luna llena, de convertirse en niño. En un niño muy malcriado, para colmo.


ESPERANDO EL ÓMNIBUS: Hace mucho tiempo que espero el ómnibus. Tengo la sensación de que hace varios días que estoy aguardando, en esta sucia parada de autobús perdida en medio del desierto, que aparezca el maldito coche que me debe llevar a casa. Tengo hambre, frío, sed, sueño, cansancio... ¡Pero aguarden! Creo ver algo a la distancia que se acerca con prisa... ¡Si! ¡Si! ¡Es el ómnibus! Alla viene a toda velocidad por la ruta, ahí pasa adelante de mí como si fuera un rayo, allá va a lo lejos perdiéndose en el horizonte... Maldita debilidad que me dejo sin las fuerzas necesarias para extender mi brazo y así poder hacerle las señas para detenerlo...


IMPOTENCIA: No se me para. La pulposa prostituta se contornea con mucha sensualidad delante de mí, pero no hay caso, mi miembro viril continúa flácido, sigue innerte, desmayado, sin vida. Te odio Priscila. Te odio con toda mi alma. Tu amor, tu desamor, me han convertido en un pobre y ridículo impotente que no puede dejar ni un solo segundo de pensar en tí. Ni siquiera en este momento.


SOL DE MADRUGADA: Una vez, siendo niño, mi bisabuela me contó que cuando ella era chica, en plena madrugada, apareció de pronto en el cielo un sol gigante y resplandeciente. Recuerdo muy bien que yo la interrumpí diciéndole que eso era imposible. Ella me respondió que lo verdaderamente imposible, fue poder dormir aquella fulgurante noche.

lunes, noviembre 26

No se para que volviste


¿Por qué has regresado? Ya había logrado olvidarte, quitarte de mis tristes recuerdos... ¿Por qué volviste? ¿Para qué volviste? Con todo el daño que me causaste, con todo el dolor que dejaste pegado en mí, con tanta tristeza y depresión que me contagió tu presencia... Ya te había olvidado, ya te había extirpado de mi realidad... Pero volviste. Te veo en un rincón de mi cuarto con tu mirada soberbia y prepotente, fisgoneando por todos lados buscando algo, buscando a alguien... Te veo pálida pero hiperactiva, espectral pero radiante, tal como cuando te conocí aquella noche. Ya me has hecho mucho daño. Por tu culpa me quedé sin amor, sin la mujer que más amé, sin mi hija a lo más bello y mágico que llegué a conocer en este gris mundo, sin la contención y el cariño de mis queridos padres... Soy la persona más solitaria del mundo. Ahora no es necesaria tu compañía, no es necesaria esa mano blanca que me acaricia suavemente para quitarme el aliento. Muerte, Parca, Huesuda... ¿Cómo quieres que te llame? No entiendo porqué te has tomado el trabajo de venirte hasta aquí para llevarme a tu reino. No comprendo porqué, maldita muerte, me visitas esta noche tan oscura y callada. ¿No comprendes que al llevarte la vida de mi niñita, de mi joven esposa, de mis amados padres, también te llevaste la mía? ¿No entiendes que desde hace tiempo tan solo finjo vivir, pero que en realidad soy ni más ni menos que un pobre y aflijido fantasma? Márchate sombría muerte, de verdad no tiene sentido que vengas por mi, ya que no tengo nada que pueda perder, nada que pueda interesarte, no tengo sueños, no tengo amor, no tengo vida, no tengo alma...

FIN

martes, noviembre 13

MICROCUENTOS


MI AMIGO INMORTAL: Tengo un amigo inmortal que cada día que me visita llora y llora diciendo que me voy a morir. Yo lo consuelo, y le digo que solamente tengo veinte años. Él, en ese momento, se larga a llorar más fuerte aún, mientras entre sollozos me recuerda que un siglo, que un milenio, no es nada.

MI UNICORNIO ROSA: Mi unicornio rosa ayer se me perdió. No se si me fue. No se si se escapó. Un vecino me dijo que ayer lo vio corretear por el Parque Sarmiento junto a un hermoso unicornio azul.

MI LORITO: Cuando era niño tenía un loro que era grandote y de brillantes plumas verdes y azules y que solía gritar: "¡Viva el Che Guevara!". Yo era muy chico, corría el año 1979, pero aún recuerdo como una noche, a la madrugada y mientras todos dormían, pude ver a traves de mi ventana, a unos extraños vestidos de verde que entraron a mi patio y se lo llevaron. Nunca más volvimos a ver ese loro. Nunca.

CHICAS: Una vez me enamoré de una chica vegetariana que conocí en mis vacaciones en la India y alcanzamos a salir por unos cuantos meses. Debo reconocer que con ella me fue mucho mejor que con aquella chica canibal que conocí en mi viaje a África. La vegetariana, al menos, no se comió ninguno de mis dedos...

martes, noviembre 6

Arañas

Una tarde, hace solo cuestión de días atrás, Juan se encontraba en el patio de su casa, situada en la zona rural de Monte Cristo, tomando unos mates bajo la fresca sombra de un sauce. De pronto, solo de casualidad, alcanzó a ver como de una de las ramas que estaban a unos metros sobre el, una araña gris y de figura repugnante comenzaba a bajar sostenida por un fino hilo. Juan la miró fijamente y al principio le llamó un poco la atención su aspecto, pero luego no le dio demasiada importancia y, olvidándose de ella, continuó tomando sus mates amargos en esa cálida tarde. La araña, de repente y a gran velocidad, comenzó a subir y a bajar entre las ramas dejando tras de si una bellísima telaraña plateada que parecía haber sido trabajada por un delicado orfebre. Juan, ahora sorprendido, veía embelesado esas formas tan perfectas que creaba ese insignificante arácnido. Se puso a pensar entre mate y mate, lo sabia que es la naturaleza y el misterio que atesora en el interior de cada ser viviente. Pero minutos después, se volvió a sorprender y aún más que antes, al notar que aquella telaraña llevaba incrustadas en su trazado... ¡Letras! ¡Si! Letras de hilo que parecían tener un orden, como si tuvieran una razón de ser y no fueran producto del azar. Allí había una C, ahí una U, por allá una I... Esperó unos minutos más y terminó de leer lo que insólitamente había escrito esa araña. Lo más escalofriante de todo, es que esa frase guardaba un sentido y estaba escrito con claridad: “Cuidado con la araña”. Juan casi se atraganta con la bombilla del mate al leer eso. Volvió a mirar la araña que ahora colgaba inmóvil de aquel hilo sujeto a la rama, observó detenidamente la telaraña con el mensaje y no pudo con su curiosidad. Con lentitud se acercó a ella. Quizás por eso, no tuvo el tiempo necesario para darse vuelta y así ver lo que se encontraba detrás de él. Una araña de tamaño monstruoso, tan grande como una vaca, se acercó a Juan con tal velocidad que cuando él se percató de ella, no tuvo tiempo ni siquiera para correr. En solo unos minutos, la monstruosa araña lo terminó de enrollar con su tela, dejándolo completamente inmóvil. Fue en ese momento en que la atroz criatura lo tomó con su húmeda y gigantesca boca, y lo llevó velozmente hasta donde se hallaba su nido.

FIN

lunes, octubre 29

Otro día de clases

Los alumnos se encontraban sentados, pero todos gritando y lanzándose bollos de papel a la vez. La maestra de música aún no había llegado y quizás no lo haría, tal como venía sucediendo cada martes, en esa segunda hora de clases.
De pronto la puerta se abrió y se vió a la imponente figura de la directora del colegio a punto de ingresar al aula, pero los alumnos la ignoraron completamente, sin dejar en ningún momento de gritar como si estuvieran locos. La directora, alta, fornida y de de cabellos oscuros y cortos, puso su acostumbrada mirada militar, e intentando hacer sonar su voz de la manera más enérgica, autoritaria y masculina posible, vociferó con todas sus fuerzas: "¡Alumnooos! ¡Silenciooo!". Pero nadie le prestó atención, ni siquiera la gringuita Suarez, la "nerd" (o la "traga" utilizando la versión más argenta) de todo el quinto grado. La directora comenzó a ponerse colorada y sin disimular su indignación, golpeó con toda su furia el pupitre que tuvo más a mano, e hizo resonar junto al puñetazo su grito: "¡Dije silencioooooo!". Justo un segundo antes de que pronunciara la última "o", alcanzó a ver fugazmente a un alumno que, sentado en el fondo del curso, buscaba algo en el interior de su mochila. Quizás también llegó a ver cuando ese mismo chico empuño de repente el arma y le disparó resueltamente, a quemarropa. A la bala seguro que no la vio, ya que quedó incrustada entre medio de sus ojos. La mujer cayó fulminada en el piso.
Los gritos, alaridos y risotadas de los niños, aplacaron el estallido del disparo, y continuaron su anárquico juego, hasta que cansados de estar allí sentados, dieron vuelta sus pupitres y con los mismos papeles con los que minutos antes se tiraban enter ellos, iniciaron una voraz e inmensa fogata a la cual también fue a parar el cuerpo sin vida de la directora del colegio.
Sin dejar de gritar y de reírse, salieron del aula en busca de otro grado en el cual continuar sus bromas y travesuras.
"¡Vamos a molestar a los pendejitos de primer grado!", gritó el chico que aún llevaba el revólver en la mano.
"¡Vamos!", gritaron todos los chicos en forma de coro.

FIN

martes, octubre 9

El trabajo

Maximiliano se había levantado temprano ese Domingo.
Tomó unos mates y se fue hasta el kiosco de revistas de la esquina a comprar el diario.
El diariero quiso iniciar una conversación, pero él solo esbozó una sonrisa y se marchó.
Se fue caminando lentamente, con la mirada clavada en el piso y una expresión de desánimo a más que evidente. Había perdido mucho peso, unos diez kilos quizás y había optado por rapar sus largos cabellos. El HIV había avanzado mucho en él, pero más allá de los síntomas, lo que lo deprimía era el hecho de haberse convertido en un estigma para la familia y un excluido para la sociedad. No solo había perdido su puesto de gerente en la empresa constructora, sino que a partir de ese momento conseguir trabajo se había vuelto casi imposible.
Carolina, su esposa, no tuvo más remedio que volver a su antiguo trabajo, en un taller de costura, tal como lo solía hacer de soltera, pero como ahora estaba empleada "en negro", el dinero que le pagaban tan solo alcanzaba para la comida de sus dos hijos.
Maximiliano llegó a casa, tomó una silla y se sentó en el medio del patio, bajo la fresca sombra de un paraíso y comenzó a hurgar entre las secciones del diario hasta llegar a la de clasificados. Entremedio de los avisos que ofrecían trabajo, encontró uno muy extraño, que leyó con mayúscula sorpresa:

"Se necesita personal sin limite de edad, no es necesaria experiencia, ni referencias. Único requisito: sufrir una enfermedad terminal (cáncer, HIV, etc.). Excelentes ingresos. Presentarse urgentemente. Imprescindible contar con constancia médica que certifique la dolencia."

De un salto, recortó la página del diario y con un rápido: "Ya vuelvo" se despidió de su familia. Si bien ese pedido de personal era más que estrafalario, no pudo más que pensar lo imprescindible a para su familia que él pudiera conseguir un trabajo digno. Además, lo avergonzaba tener que pedir mes a mes la ayuda de sus padres y de sus suegros para poder pagar el alquiler y los impuestos.
Luego de media hora de viaje en ómnibus, llegó al centro de la ciudad.
Le costaba caminar bajo el fuerte sol, pero la emoción era más fuerte que cualquier dolor que pudiera sentir.
Ya en el edificio, subió en el ascensor hasta el tercer piso y se encontró con el cartel de una oficina: "O.B.L. Seguros de vida".
Golpeó la puerta y una amable y agraciada secretaria le invitó a pasar.
Maximiliano le entregó sus estudios médicos y unas fotocopias de su documento de identidad y llenó una planilla con todos sus datos. La secretaria rápidamente comenzó a ingresar sus datos en la computadora y solo cuando terminó de verificar la información lo invitó a tomar asiento. En la sala había cuatro personas más esperando.
Sin lugar a dudas, era determinante sufrir una grave enfermedad para poder obtener ese trabajo, porque esas personas que estaban allí no se veían mucho mejor de salud que él.
Mientras aguardaba su turno, se puso a ojear algunas revistas que se encontraban sobre una mesita. En una de ellas aparecía un águila muy similar al que llevaba tatuado en el brazo derecho. Ese tatuaje, realizado con agujas que no habían sido esterilizadas, fue la causa del contagio del HIV.
–Quizás me utilicen como conejillo de indias, para probar algún tipo de droga. -Pensó, pero en realidad esa idea no lo asustaba para nada.
La gente que iba saliendo de la oficina, llevaba una expresión extraña en el rostro, no podía descifrar si en realidad salían contentos o preocupados. Quizás, eran las dos sensaciones a la vez.
Minutos después le llegó su turno y sintió la ansiedad de develar pronto porque tanto secreto para un simple trabajo. Ingresó a una oficina contigua y fue recibido por un señor menudo y de mediana estatura, pero de rasgos fuertes en su rostro. Su larga barba y su acento marcadamente árabe lo convencieron rápidamente de que ese señor venía del extranjero. En la oficina, había además dos personas de gran físico, que miraban con gesto intimidante y guardando silencio.
–Mire le seré claro. Lo necesitamos para que realice un trabajo que debe permanecer en secreto. He visto sus estudios clínicos y he comprobado la veracidad de su enfermedad. Para todo el mundo, la muerte llega en cualquier momento, pero para algunos se muestra de manera más concreta, más cercana. Usted sabe que va a morir y nosotros queremos que ese hecho no se desaproveche. El trabajo que le ofrecemos es realizar un atentado suicida contra el Banco Nacional. Como le decía, usted sabe que de todas maneras va a morir. La diferencia es que nosotros le vamos a pagar cincuenta mil dólares. Veinticinco mil se los llevaría ahora. El resto, será depositado en una cuenta a su nombre para que algún integrante de su familia pueda cobrarlo luego de realizado el trabajo. ¿Qué opina?
Maximiliano no lo pensó mucho. Con ese dinero podría asegurar, al menos, por un buen tiempo las necesidades económicas de su familia. Al fin y al cabo era cierto que la muerte era solo una cuestión de tiempo.
-Supongo que no me queda otra opción que aceptar.
-Tomó la decisión correcta. Se ve que ama mucho a su familia.
Firmó unos papeles y recibió una bolsa negra que contenían los veinticinco mil dólares. Los revisó y comprobó que todo estaba en orden.
-Mañana debe presentarse a las siete de la mañana. Será una semana de preparativos. Mientras tanto tenga mucho cuidado de con quien habla. Todo el tiempo será vigilado uestra gente.

La semana de entrenamiento pasó rápidamente y durante todo ese tiempo fue seguido de cerca, tanto él como su familia, por un intimidante grupo de matones.
Maximiliano tuvo que mentirle a Carolina para explicar el adelanto de dinero y así no llamar la atención. Le dijo que esa plata que había cobrado, era de una indemnización que le había ganado su abogado a la empresa que lo despidió. La misma alegría del dinero hizo que la mentira fuera creída por Carolina sin muchos reparos.
En realidad, a ella mucho no le importaba de donde había salido ese dinero.
Ella estaba contenta porque creía que de ahora en más, se irían acabando todas las dificultades.
Hasta que llegó el lunes. Ese fue el día elegido para realizar el "trabajo".

El despertador sonó a las cinco de la mañana, pero de todas maneras, Maximiliano no había dormido en toda la noche. No solo por los dolores, cada vez más agudos, que sentía en su pecho. Eran sus últimas horas con vida.
Fue hasta el baño, se lavó la cara y luego, arrodillado en el piso, se puso a rezar mientras lloraba. Sobre la mesita de luz, dejó la carta que había escrito la noche anterior, intentando explicar lo que estaba por suceder. Le dio un beso a su hijo, a su hija, a su esposa y se marchó.
A las ocho y media se levantó su mujer y prendió la radio, mientras se quedaba un rato más en la cama, tratando de desemperezarse. Vio un papel sobre la mesita de luz y le llamó la atención. Cuando terminó de leerlo no podía creer que lo que ahí decía fuera cierto. Solo cuando por la radio, dieron la información de que una bomba había explotado en un banco, se esfumó la esperanza de que todo aquello era una broma de mal gusto.

FIN

sábado, octubre 6

Verde


Estaba en la cocina, haciendo los deberes del colegio, cuando de pronto me empezó a picar la naríz. Como no tenía pañuelo, extendí mi índice derecho, escarbé en mi naríz y saqué, bien pegado a mi dedo, un moco largo y verdoso. Sin saber como desembarazarme de él, pensé que lo más facil y práctico era pegarlo en la pared. Y así lo hice. Seguí haciendo los deberes, hasta que repentinamente algo me llamó la atención: en la pared, en la misma en la que había pegado aquel moco, un gusano largo y verdoso subía muy lentamente en dirección al techo.
Estoy seguro que ese gusano, es lo que me había sacado de la naríz, solo unos minutos antes. Recién ahora entiendo porque mi mamá nunca, pero nunca, me permite pegar los mocos en la pared.




FINAL VERDOSO

sábado, septiembre 29

Hilos


Hilos, hilos por todo mi cuerpo. Nunca lo hubiese imaginado. Nunca lo habría sospechado. Siempre creí a el dueño de cada uno de mis actos, creador de cada pensamiento, responsable de cada una de las palabras que de mi boca nacían.
Hilos, hilos en mis pies, en mis manos, en mi cabeza, en mi cintura...
Nada me perteneció, nunca tuve una vida propia, nunca tuve un mísero sueño nacido de mi alma, nunca tomé en realidad ninguna decisión, nunca elegí que rumbo tomar, nunca dependió de mí la elección de cada opción que se presentaba.
Hilos, hilos rodeándome, apresándome, asfixiándome.
Miro al pasado, reviso mi historia y no puedo creer lo idiota que he sido, cuanta ingenuidad hubo en mi ser. ¡Libre albedrío! ¡Qué estupidez! ¿Cómo pude defender una teoría que ahora se me hace tan absurda?
Hilos, Hilos, tan delgados que parecen transparentes. Hilos que pasan desapercibidos ante cualquier ojo.
Ahora que se la verdad, mi vida no tiene sentido. Existen verdades que es preferible no saberlas, hay misterios que es mejor no develarlos si lo que pretendemos es no alterar nuestras existencias monótonas, pero apacibles.
Hilos, hilos largos, resistentes y fuertes que se mueven uestras cabezas.
Yo lo descubrí sin pretenderlo, cuando la mano que manejaba mi ser, cuando el titiritero que manipulaba cada movimiento de mis miembros, se desplomó a un lado de mí, gigantesco y monstruoso, ya sin vida. Los hilos cayeron de las alturas, de tan alto, que parecían provenir de la inmensidad del cosmos. Mi cuerpo también tocó el piso y me quedé allí, sin moverme, no porque tuviese miedo, sino porque sin el titiritero gigantesco, soy incapaz de poder realizar ni el más mínimo movimiento, ni un paso, ni un pestañeo, ni un saludo. Mis ojos ahora quedaron cerrados, pero ya no me importa, tampoco hay mucho para ver. ¡Para qué observar el mundo! Solo vería miles de millones de títeres como yo, que se creen dueños de sus vidas y que son incapaces de mirar hacia arriba, y ver a esos monstruosos gigantes que con sus hilos, juegan con nosotros.
Hilos, hilos, hilos…

FIN



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ALGO ASÍ COMO HUMOR EN: "HUMOR CIEGO" http://humorciego.blog.terra.com.ar/

miércoles, septiembre 26

Cartas en llamas

Intenté escribirte una carta, pero no pude. No fue por falta de inspiración, ni de ganas, ni ada que se le parezca. Sucede que cada vez que apoyaba el lápiz contra el papel, este comenzaba a arder con un insaciable fuego rojizo. Toda la noche traté en vano de redactarte esa carta, quemando hoja tras hoja cada vez que escribía una simple letra, cada vez que apoyaba la lapicera contra esos renglones.
Perdón, pero me he quedado sin papel.
Perdón, pero el fuego consumió cada palabra.
Probaré suerte mandándote un e-mail, aunque ya todo el mundo sabe lo que le sucedió al anterior teclado de mi computadora.

¿FIN?

domingo, septiembre 23

El Halley

En aquel año 1986, todo el mundo estaba pendiente del paso del cometa Halley.
Los preparativos para su avistamiento se multiplicaban por todo el mundo y mi barrio no iba a ser la excepción. Yo tenía por entonces trece años y mi curiosidad y mi interés por todo ese tipo de acontecimientos astronómicos me llevaron a planear la observación junto a unos amigos. Estaba previsto que el paso del cometa fuera visible cerca de las tres de la madrugada, por lo que nos instalamos en el garaje de la casa de mis abuelos como base de operaciones.
Recuerdo haberle secuestrado a mi abuela un licor de mandarina que le habían regalado hacía mucho tiempo, y entre tragos de esa empalagosa y relajante bebida, conversaciones, bromas y juegos de cartas, amenizamos la espera de ese histórico suceso. Pero, en la ciudad de Córdoba al menos, las nubes fueron lentamente ganado un lugar en el cielo y poco a poco fuimos haciéndonos la idea de que muy probablemente nos perderíamos la vista de ese majestuoso objeto celeste. Y lamentablemente, para nosotros así fue. De todas maneras, la mayoría de nosotros ya estaba durmiendo sobre algunas sillas, producto de la hora y de los ebrios efectos del licor.

Creo que la próxima visita del cometa Halley está prevista para el año 2066. Para entonces voy a tener unos joviales 93 años de vida…
Ojalá que en esa lejana noche no esté pronosticado ni lluvia, ni neblina, ni cielo nubloso, ni nada por el estilo. Ah!, y lo más importante, ojalá que aún yo siga con vida...

FIN

sábado, septiembre 22

Matrimonio por conveniencia



La siguiente historia se desarrolla en la intimidad de un matrimonio de clase alta.
Él, no importa como se llama, es vicepresidente de una importantísima compañía de seguros, empresa que durante décadas perteneció a su familia.
Ella, tampoco ahora interesa su nombre, hija de un prestigioso y acaudalado abogado, es una reconocida diseñadora de moda, cuyos trabajos de alta calidad pueden llegar a costar varios miles de dólares.
Pero todo lo que les sobraba en dinero, fama y poder, se volvía escaso cuando se trataba de lograr ese tipo de felicidad que solo puede llegar a dar el amor.
El casamiento de ellos estuvo planificado por sus respectivos padres desde antes que ellos cumplieran diez años. Era lo que se conoce como un "matrimonio arreglado".
Él, ahora con treinta años, y ella, con veintiocho, nunca habían sentido algún tipo de afecto el uno por el otro. Es más, debido a esa monótona y descariñada vida conyugal que ellos llevaban, ese tedio tan descomunal que sentían ni siquiera podía aplacarse con viajes de placer al Caribe, ni con compras de autos último o, ni viajando a Europa acompañados por figuras del jet set. La abulia se fue transformando lenta e inexorablemente en odio y rechazo.
Pero este matrimonio privilegiaba el estatus de ambas familias, y por lo tanto, ninguno de ellos se iba a querer quedar fuera de la herencia, ya que una cláusula en los testamentos redactados les impedía divorciarse al menos por los primeros veinticinco años de convivencia.
Ambos, eran hijos únicos, lo que los convertía, además, en herederos de millonarias fortunas. Lo único que debían hacer era esperar…
Ellos intentaban llevar una vida social en la que aparecieran como un matrimonio feliz y unido, pero una vez que atravesaban la puerta de su principesca mansión, volvían a distanciarse y dejaban de dirigirse la palabra. Podían pasar semanas sin hablarse y sin siquiera mirarse a los ojos.
De más esta decir que no hacían el amor. En ocho años de matrimonio, ellos debieron haberlo hecho solo una docena de veces. Esa falta de pasión los llevó a dormir primero en camas separadas, luego en habitaciones separadas y en muchas ocasiones llegaron a dormir hasta en casas separadas, como solía suceder durante el verano.
Pero una noche sucedió algo decididamente anormal y extraño.
Ella vestida con lencería erótica, ingresó en el cuarto en el que él dormía. Atravesó la puerta con movimientos sensuales, y la tenue luz que ingresaba del pasillo la mostró como una mujer muy atractiva. Irresistiblemente atractiva. Él, había tenido una idea similar, había descorchado una botella de champagne y en sus manos llevaba las dos copas con las que pensaba visitar la habitación de ella. Ambos se miraron detenidamente, sonrieron y se tiraron a la cama para hacerse el amor como nunca lo habían hecho, como nunca lo hubieran imaginado.
A la mañana siguiente, ella se despertó con el sonido del teléfono.
Él la estaba llamando desde la oficina, era la primera vez que lo hacía, para saludarla, mandarle besos y preguntarle con picardía como la había pasado anoche. Ella sonrió y le dijo que lo esperaba para cenar.
Nueve meses después, ella dio a luz a un hermoso bebé y todo parecía encaminarse a una vida feliz, a una familia normal, a un futuro sin sobresaltos.
Para mantener la felicidad, muchas veces es cuestión de saber guardar secretos. Por ejemplo en este caso que les relato, todo es cuestión de que él nunca se entere de que ella hacía años que tenía un amante (un empleado de su empresa) y que aquella noche decidió hacer el amor sospechando que ya estaba embarazada de aquel hombre. Todo es cuestión de que ella jamás sepa que él, cada noche, le colocaba unas pastillas en el vaso de agua que bebía antes de dormir, para poder ingresar al cuarto de ella en la madrugada y así poder violarla una y otra y otra vez, descarada e insaciablemente.
Bueno, si les interesa saber que fue de ese bebé, les comento que ya se convirtió en una hermosa niñita de cinco años, traviesa y simpática, muy consentida por su mamá y por su papá, sea quién sea, ya que tanto el esposo como el amante de la señora, quieren muchísimo a esa niña.
FIN

viernes, septiembre 21

La voz del interior

Se que estoy demente, no encuentro otra explicación.
Hace días que escucho como si alguien me hablara, como una voz en mi interior que me dice cosas macabras, terroríficas.
Fui al siquiatra, pero solo me recetó calmantes. Me dijo que estaba estresado y que descansara, pero eso no resultó. La voz que escucho cada vez es más clara, más fuerte, más insistente.
La escucho a todo momento, cuando duermo, cuando trabajo, cuando juego al fútbol, cuando hago el amor, siempre, siempre escucho esa voz que me atosiga, que me persigue.
La gente cuando me ve se asusta por mi aspecto, mi lamentable estado. Parezco un fantasma, un alma en pena que no puede escapar de su maldición.
Dejé de dormir, de trabajar, de jugar al fútbol, de hacer el amor, pero aún resuenan en mí esas frases que pronuncia ese ente que se internó en mi ser, ese parásito que me chupa la vida y que me habla y me aconseja y me exige.
Esta noche bebí todo el vino que tenía, tomé los calmantes que me recetó el doctor, y salí a la calle con un afilado cuchillo que encontré en la cocina dispuesto a satisfacer los deseos de esa voz que resuena en mí. Es que hace días que escucho esa frase, una y otra vez, repitiéndose infinitamente, y ya no lo soporto más. Quizás si cumplo con lo que me pide, se calle de una buena vez y para siempre.
Yo no soy así, soy una buena persona, pero no me queda otra opción.
Esa voz me grita: “¡Mata! ¡Mata! ¡Mata!”. Y es precisamente lo que esta noche voy a hacer.

Antes de cruzar la puerta, quiero hacerles una pregunta, por las dudas. Solo por curiosidad… ¿Ustedes nunca escucharon esa voz?

FIN

martes, septiembre 18

Los ojos del arquitecto

Salí apurado porque en diez minutos, Kevin saldría del jardín de infantes.
Yo llevaba aún en la mano el plano en el que estaba trabajando y que me estaba ocasionando demasiados dolores de cabeza. Si o si tenía que entregar el diseño al día siguiente. Caminé las dos cuadras que separaban el estudio de la escuela y llegué justo en el momento en que los niños comenzaban a salir. Kevin apenas me vio comenzó a gritar de alegría y luego de darle un rápido beso a su maestra, corrió hasta mis brazos.
-¡Papá! ¡Papá! ¡Vamos un ratito a la plaza! ¿Si?
Tenía poco tiempo en realidad. Pero Kevin, mi único hijo, me observó con su mirada tan típica, mezcla de picardía y de ternura, y no me pude negar. Además, yo me sentía muy culpable con él, debido a la reciente separación con Tania, su madre.
Solo contaba con una hora libre y antes de volver al estudio debía llevarlo a la casa de su abuela, o sea, mi ex-suegra.
La plaza se encuentra al frente del jardín de infantes, por lo que no perdí nada de tiempo en llegar, solo tenía que cruzar la calle. El tiempo lo solía perder esperando que él se cansara alguna vez de jugar en el tobogán, en la hamaca, en el sube y baja, en la calesita…
Me senté en un banco y comencé a revisar el plano, mientras miraba de reojo a mi amado niño, vigilando por las dudas que él no cruzara la calle.
-¡Kevin! ¡Ni se te ocurra cruzar la calle! ¿Me escuchaste?
Siempre me contestaba que si, y siempre me hacía caso.
Volví mi vista al plano, intentando detectar error, corregir defectos y verificar los cálculos, y me distraje por un momento, solo por un momento, olvidándome de todo lo que ocurría a mi alrededor.
Cuando escuché el chillido de la frenada, en mi mente resonó solo el nombre de mi hijo. Corrí hasta donde se encontraba ese auto, y ahí, en medio de la calle, estaba Kevin, sobre el asfalto, acurrucado y con los ojos cerrados.
Quise creer que ese hermoso niño estaba durmiendo. Le pedí a Dios que hiciera un milagro, y que mi hijo tan solo despertara y me abrazara como si nada malo hubiese sucedido. Pero no hubo ninguna intervención divina.
Kevin murió en la ambulancia camino al hospital.
Yo llevaba aún en la mano, el maldito plano en el que estaba trabajando.

Existe una leyenda que dice que Iván, “El Terrible”, cegó los ojos del arquitecto que diseño la magnífica Catedral de San Basilio, en Moscú, para que no pudiera volver a crear nada comparable. Yo tomé una decisión semejante.
Esa misma noche fui hasta el estudio en que trabajaba, y luego de quemar todos los planos y diseños, me quité los ojos con un cortaplumas que encontré en mi escritorio.
Por mi culpa, murió lo más bello que yo podría haber hecho en este mundo.
Sin mi Kevin, el mundo ya no tiene ningún sentido para mi.

FIN

domingo, septiembre 9

Esperando el sol

La ruta, oscura, solitaria, desaparece de pronto bajo un espeso banco de niebla.
La visibilidad se reduce a nada. Mis ojos sienten la llegada del sueño.
Estoy manejando, solitario, sobre ese pavimento húmedo y mal herido rumbo a mi hogar, o escapando de él. Ya nada importa, porque creo estar despierto, porque creo estar soñando. Ya eso no importa, porque se aparece ante mí, fantasmalmente, un inmenso camión que no se porque me recuerda a un infinito batallón de esqueletos vivos que se lanza sobre mi coche con brutal violencia.
Ya a nadie interesa si llego o si voy, si sigo o si me quedo.
De pronto la niebla se va, y puedo ver al camión volcado, a mi auto destruido y a la ruta sangrando malherida, pero yo no me veo, debe ser porque estoy soñando, o porque estoy despierto, o porque ya no estoy. Ya no me importa.
Quizás me quede sentado aquí, a un costado del camino, esperando que alguna puta vez salga el sol. ¿Qué hora será?

FIN

viernes, septiembre 7

Espejo sin reflejo


Me desperté sobresaltado en medio de la madrugada. Tomé un vaso con agua bien fría y me fui al baño. Me lavé la cara y me miré al espejo, y en el espejo no había nada.
No se encontraba mi reflejo. Volví a mojar mi rostro, un poco asustado, me busqué en ese vidrio y no hubo caso, en el espejo aparecía la pared que se encontraba detrás de mi, pero mi cara no se veía y yo comenzaba a aterrarme.
Volví a lavarme los ojos para intentar de una buena vez despertar, escapar de esa pesadilla que me mantenía apresado. Levanté mi mirada, temeroso, desesperado y volví a contemplar mi ausencia, mi vacío, mi nada.
Seguía sin reflejarme en el espejo.
Frustrado, resignado, volví a acostarme y obviamente no pude conciliar el sueño.
En mi insomnio intenté reflexionar sobre esta extraña situación hasta que finalmente, de verdad desperté.
Es que en mis sueños suelo olvidar quien soy en realidad.
Nosotros los vampiros, muchas veces confundimos nuestra condición y en nuestras pesadillas nos convertimos en vulgares y patéticos humanos mortales.
Más tranquilo, me volví a acostar en mi féretro y esta vez si pude dormir, casi como un bebé.
Afuera, seguramente el sol brillaba con toda su intensidad.

FIN

lunes, septiembre 3

Un gato negro


Un gato negro me mira desde atrás de un árbol. Aún no ha salido el sol, las calles están vacías y lúgubres, y mis pasos resuenan lentos, cansinos. Ese gato me sigue observando y sus grandes ojos brillan cada vez más. Pasé a su lado con un poco de aversión, no es que sea supersticioso, ya que eso para mi siempre fue cosa de tontos e ignorantes, pero sin saber la causa, mi piel se estremeció y apuré el paso intentando disimular el miedo. El felino nunca quitó su mirada de mí, al contrario, parecían que sus pupilas comenzaban a destellar un fuego cada vez hipnotizante. Cuando ambos estuvimos separados o más de unos cuantos centímetros, él se acercó y se refregó contra mis piernas. Bajé la mirada y ahí estaba él, con sus ígneos ojos, brillantes y hermosos, contemplándome mansamente. Maulló y acomodó su lomo para que yo lo acariciara. Lo hice y me alejé rápidamente. Unos metros más adelante, di media vuelta para observarlo por última vez y allí estaba ese gato negro, de pié, parado sobre sus patitas traseras, saludándome con su garrita derecha, diciéndome, y no maullándome, un “¡Adiós!”.
Tal vez por esta razón he empezado a odiar a los gatos negros.

FIN

jueves, agosto 30

Te Quiero

Mi teléfono celular recibe un mensaje de texto enviado por un número desconocido. Solo dice, muy escuetamente por cierto, el muy común: T Qro, dice Te Quiero. No se quien lo envió y muy probablemente se deba a una confusión, a un número mal marcado, a un dedo que inconscientemente, apurado, emocionado, torpe, apretó un botón cualquiera. T Qro, dice Te Quiero, no se quien lo envió, no se quien lo escribió, si es una mujer, o si es un hombre, si es santiagueña, o un uruguayo, o una evangelista, o una doctora, o un mecánico de autos. Solo dice T Qro y por más que ensayo distintas respuestas, diferentes soluciones, no encuentro la manera de explicarle a mi esposa, que en este mismo momento tiene mi celular en la mano, no encuentro, digo, la putísima manera de hacerle entender que no tengo ni la más remota idea de quien mierda es la persona que envió equivocadamente el mensaje.
T Qro, dice Te Quiero.
En realidad yo creo que el que escribió eso me odia.


FIN

domingo, agosto 26

Monedas

En la calle hay un chico pidiendo limosnas. Está sentado en la vereda, hace frío, y él está bastante desabrigado. Tiene la cara sucia, el cabello sucio, la poca ropa sucia. Está tiritando, y cada vez que tiene que pedir una moneda, tartamudea por los escalofríos. El niño tiene hambre, tiene sed, tiene piojos, tiene soledad, tiene desesperanzas.
Yo paso a su lado, él me mira, yo no lo miro, él me habla, yo no lo escucho, el estira su mano con la esperanza de recibir una miserable moneda, yo guardo mis manos en los bolsillos de mi cálido abrigo y sigo caminando con mi mirada distante y perdida, intentando ignorar lo que sucede alrededor. Soy un verdadero hijo de mil puta, lo se.
Ya hice media cuadra caminando, y aún puedo escuchar el lastimero pedido de monedas de ese niño que, tirado en la gélida vereda, tirita de frío y de desolación.

FIN

jueves, agosto 23

Cien gatos


Cien gatos me miran parados, estáticos en el medio de la calle. Ninguno maúlla, ninguno ronronea, ninguno se lame las patas, no juegan con ninguna de las hojas que caen de los árboles, ni persiguen a ningún insecto. Solo están ahí, los cien, contemplándome expectantes y sigilosos, como si yo fuera su presa, su comida, su manjar.
De pronto, uno maúlla, aunque más que eso me pareció un rugido y ese gato, y ese león, dió el primer paso, que luego fue imitado por los noventa y nueve felinos restantes.
Di media vuelta y comencé a correr y correr, con todas mis fuerzas, con toda mi energía, hasta que llegué a la puerta de mi casa que se levantaba gigantesca e imponente. Ingresé por un resquicio que había debajo de ella y solo me sentí tranquilo y seguro cuando mi cuerpo completo, incluso mi fina y larga cola, había franqueado la entrada.
Ya me acostumbré a mi nueva apariencia, y hasta podría decir que me siento felíz con mi novedoso aspecto ratonil. Solo debo tener algo de cuidado con esos cien gatos que me esperan en la vereda.

FIN


miércoles, agosto 15

Un hombre y una mujer

Apenas la vi, supe que ella era a quien buscaba.
Ella estaba en una esquina, moviéndose sensualmente de un lado a otro, llamando la atención a cada conductor que pasaba frente a ella.
Hice una rápida maniobra para adelantarme a un auto, que casi me gana de mano, y estacioné ante ella para poder contemplarla bien de cerca. Me enloquecieron sus grandes pechos, su boca carnosa, sus largos cabellos rubios, sus exquisitas caderas…
-¿Cómo te llamas?
-Paola ¿y vos mi amor?
-Me llamo Fabián. Subí, no me importa cuanto cobras. Se que vos lo valés.

Fuimos rumbo a un hotel de alojamiento situado en pleno centro. Durante el corto viaje, no le hice ninguna pregunta, sabiendo que todas sus respuestas iban a ser puras mentiras.
Ella me acariciaba y besaba mi cuello, haciéndome muy difícil conducir el auto. Pero ya estabamos llegando a nuestro destino.
Dejé el auto en la cochera y no podía dejar de pensar en mi querida pareja, sin embargo, sabía que no tenía motivo por sentirme culpable de lo que hacía.
Entramos a la habitación y debo admitir que los nervios me mataban. Era la primera vez que iba a tener este tipo de relación y tenía miedo de arruinarlo todo.
Paola se quitó rápidamente la musculosa blanca, que tanto le resaltaba los firmes pechos, y se recostó rápidamente sobre la cama, haciéndome una seña para que la acompañara.
Me acosté a su lado y quitándole el corpiño comencé a besar su cuerpo. Ella me desbrochó el pantalón y cuando estuvo a punto de quitarme el calzoncillo la detuve. Sin lugar a dudas, había llegado el momento en que debería explicar porque y para que la elegí a ella.
-Paola, así como vos naciste hombre y sin embargo actúas, vivís y sentís como mujer, yo nací mujer, pero al igual que vos, toda mi vida sentí que la naturaleza me había puesto en el cuerpo equivocado.
-Pero... Entonces… ¿Qué pretendés de mí? No entiendo que estamos haciendo acá…
-Yo necesito que… que me embaraces... ¡Si que me embaraces! Trataré de explicarte. Con mi pareja siempre hemos soñado tener un bebé. Ella se acostó con algunos hombres para quedar embarazada pero nunca tuvimos éxito. Según los últimos estudios médicos que se realizó, ella no puede engendrar. Y no tenemos dinero para una inseminación artificial. Para cumplir nuestra ilusión, no nos queda más remedio de que yo sea quien tenga que traer ese niño al mundo.
-Discúlpame, querido, pero ni borracha. No me puedo involucrar en esta locura. Además, me sorprende sinceramente que no temas contagiarte de alguna enfermedad, como le sucede al resto del mundo. Entiendo tu problema, y te juro que estoy con vos, pero esto es realmente demasiado...
-Bueno... te entiendo. De todas formas, me imaginaba que esto no sería tan fácil, pero quédate igualmente con el dinero. No te voy a hacer perder más tiempo porque se que lo que te estoy pidiendo es descabellado. Pero te pido que entiendas que contigo a mi me costaría menos, ya que para mí tú eres una mujer. Nunca podría hacerlo con un hombre. Pero bueno... te agradezco de todas formas… Vamos, así te llevo.
Fui a buscar el auto y cuando estaba a punto de subirme, ella me tomó de la mano y mirándome a los ojos, me habló con voz muy dulce.
-¿Estás seguro de que quieres tener un hijo? ¿Lo has pensado seriamente?
-Estoy completamente seguro. Daría cualquier cosa por ello.
Ella me llevó nuevamente a la habitación, y casi sin sacarnos la ropa, lo hicimos.
-En el caso de que no quedes embarazada ya sabes donde podés encontrarme.
La dejé en la misma esquina en donde la había encontrado y le pagué generosamente sus exclusivos servicios. Y gracias a Dios, no fue necesario que tuviera que soportar esa humillante situación otra vez en mi vida.
Hoy mi bebé, mi hermoso y gordito bebé, tiene el privilegio de contar con todo el amor que pueden darle dos cariñosas madres.

FIN

miércoles, agosto 8

El infierno

Las sierras mostraban un espectáculo casi propio del averno.
Donde horas atrás reinaba la vegetación, la música de las aves y el colorido de la vida, ahora solo podía contemplarse esas voraces llamas que se desplazaban con rapidez, dejando solo cenizas tras su paso. Ahora solo podía escucharse el murmullo del fuego consumiendo con avidez cada árbol, cada hierba, cada pequeño e indefenso ser vivo.
-Así debe ser el mismísimo infierno- Pensaba Tomás, mientras observaba el dantesco paisaje desde su avión hidrante, que sobrevolaba el sector del incendio.
Ya hacía cuatro horas que trabajaba en detener el fuego, haciendo decenas de viajes entre el lago, en donde cargaba el agua, y las cenicientas sierras.
Cuando el avión se quedó sin combustible, pensó que ya era hora de tomarse un merecido descanso. El fuego ya estaba casi extinto y los bomberos que se encontraban desplazados en la región se encargarían de terminar con la labor.
Tomás aterrizó el avión en el aeródromo local e inmediatamente se subió a su auto, para ir rumbo a su hogar. Él ya se encontraba tranquilo, sabiendo que ya no había posibilidades que las llamas llegaran hasta ese hermoso valle en donde se ubicaba su pequeña pero confortable casa.
Cuando llegó, todo se encontraba en orden, sintiéndose tan aliviado y feliz, que al ver a su familia no podía dejar de abrazar y de besar tanto a su esposa como a sus dos hijos.
Tomás prefirió no comer nada, y fue directamente a darse una ducha refrescante que buena falta le hacía. Al salir del baño, fue directamente a la cama y se recostó dispuesto a dormir una siesta. Eran las tres de la tarde y hacía un intenso frío, tal como suele hacer durante todo el invierno en Córdoba.
Tomás durmió no mas de cinco minutos y se despertó sobresaltado.
-Micaela, ¿dónde están los niños? –Preguntó agitado y nervioso.
-Están jugando afuera. Descansa tranquilo y trata de dormir un rato que te hace falta. ¿Acaso tuviste alguna pesadilla?
-Algo así, soñaba con fuego, mucho fuego…
-Si hay algo que has visto hoy, es fuego… Duerme tranquilo, yo te despierto cuando sean las cinco para que tomemos unos mates.
-Bueno, dame un beso. Y fíjate bien que están haciendo esos dos demonios. ¿Si?
Micaela salió de la casa y camino por un sendero que se dirigía hacia el monte.
Luego de unos metros de ascenso, comenzó a gritar a viva voz.
-¡Tino! ¡Ale! ¡Vengan chicos! –Pero no escuchó ninguna respuesta.- ¿Dónde se habrán metido los mellizos?
La madre volvió a casa dispuesta a preparar la merienda, esperando que regresaran los niños. Pero al momento de poner el agua en el fuego, se dio cuenta que en ningún lugar de la cocina se hallaban los fósforos.
-Si esos chicos se llevaron los fósforos, ya van a ver lo que les espera… ¡Ya les voy a dar a esos desgraciados!

Quizás la ingenuidad propia de los diez años de vida de Tino y de Ale les impidió razonar sobre lo peligroso del juego que estaban llevando a cabo.
El pasto seco, debido a la larga sequía, y el constante viento que sopla fuerte en el mes de julio, hicieron el resto. La pequeña fogata que hicieron al pie del árbol mientras jugaban a “los bomberos”, se extendió tan rápidamente por todo el monte, que cuando se dieron cuenta de la situación, las llamas habían hecho un círculo alrededor de ellos, impidiéndoles regresar a casa.
Cuando Tomás fue despertado por los gritos y las zamarreadas de su esposa, creyó que todo el escándalo era debido a que ya eran las cinco de la tarde. Pero no, no era eso.
Medio dormido aún, tardó en comprender lo que sucedía.
Micaela tenía el rostro desencajado y lloraba desesperada. Solo repetía una cosa: “¡Fuego, fuego, fuego!...”

FIN

lunes, agosto 6

La tribu espacial


Juan estaba en su bote, sentado, concentrado.
Tan solo él y su caña de pescar flotaban sobre las aguas del dique El Cajón.
El estaba solo, ya que la hermosa mañana que comenzaba a estallar era la de un día lunes de comienzos del mes de Julio (un día en el cual, el que no trabaja se encuentra tirado en la cama, víctima de una fatal resaca producto del fin de semana, y un mes demasiado frío, aún para los pescadores más fanáticos).
Cada tanto le daba unos sorbos a su petaca de ginebra, como para calentar el cuerpo y luego seguía nuevamente con la mirada fija en la boya, esperando que su movimiento le indicara que algún desprevenido pejerrey había mordido el anzuelo. Aún no había pescado nada y comenzaba a arrepentirse de no haber ido a trabajar.
Pero algo iba a suceder esa mañana que alteraría la calma del lugar.
Un objeto metálico que surcaba el cielo, se estrelló sobre la costa del lago, a metros de donde él se encontraba. Primero pensó que se trataba de un helicóptero que había sufrido un desperfecto. Pero ni el sonido que emitió, ni la forma que había alcanzado a divisar, era propio de ello. Esa nave no tenía alas, ni hélices ni inscripciones visibles.
Pensó que podría tratarse entonces de un satélite artificial, uno de comunicaciones quizás, ya que unos días atrás, había escuchado por la radio de la caída de uno de ellos en el norte argentino. De ser eso, debería tener cuidado con la radiación que podría emanar ese aparato ya que es muy nociva para la salud. Mientras se bajaba del bote y se iba acercando al objeto, comenzó a imaginar lo famoso que se convertiría en Capilla del Monte, al ser el primero de su pueblo en ver al satélite recién caído del espacio. Ya podía verse en la televisión dando notas sobre su experiencia, y en el diario, poniendo su mejor perfil para la foto de la portada.
Pero un leve sonido lo volvió de regreso a la realidad. Estaba seguro de haber observado, segundos antes, de que ese artefacto de superficie blanca, compacta y esférica no contenía ningún orificio, ni ranura, ni abertura. Pero igualmente, como apareciendo de la nada, de ese objeto se abrió una puerta por la cual salió una luz blanca, poderosa que se proyectaba en la lejanía, a pesar de que el sol brillaba en el cielo limpio de nubes.
Juan, el pobre pescador, aterrorizado pero a la vez curioso, sacó fuerzas de su interior y comenzó a acercarse a eso que, ya no tenía dudas, se trataba de una nave espacial.
Cuando estaba a punto de asomarse al interior de la nave, protegiéndose con las manos de la brillante luz que enceguecía sus ojos, alcanzó a ver una mano extendiéndose como pidiendo ayuda. Una mano que le pareció la de un humano común y corriente.
De pronto la misteriosa luz se apagó y poco a poco, mientras se aclaraba su visión, pudo observar al tripulante que aún se hallaba dentro de la nave espacial. Y aquí comenzó una nueva sorpresa. El “extraterrestre” era de baja estatura, tal como lo había leído tantas veces en esas publicaciones amarillistas, pero la piel era de color oscura, los rasgos de su rostro eran similares a los aborígenes de nuestro continente y no había en su fisonomía ningún indicio de que ese ser fuera diferente a él.
“O sea que se trata de un indio extraterrestre”, pensó el pescador para sus adentros, y el temor se comenzó a disipar porque la confusión acaparaba todo.
De pronto el “indio extraterrestre”, comenzó a erguirse, y dando muestras de estar herido por la colisión, salió de la nave de forma aparatosa, cayendo pesadamente sobre el piso.
-Ayúdame amigo, tengo que ir al pie del cerro Uritorco, a un paraje llamado Los Altos -dijo el viajero espacial con un marcado acento cordobés.
-Si, lo conozco. Tendremos que caminar bastante-. Juan, cada vez más desorientado, estiró la mano y lo ayudó a levantarse, aunque con mucha dificultad. El “indio” se puso de pié, apoyando su brazo en el hombro de Juan y comenzó a respirar profundamente.
Vestía una especie de poncho, largo, que le llegaba casi a los pies, de color blanco y hecho de un material sintético. En sus pies, llevaba una especie de sandalias confeccionadas con el mismo material que el poncho, al igual que la vincha que sujetaba los largos cabellos negros que en ese momento ocultaba sus ojos.
Habían caminado unos metros, sin haber pronunciado ninguna palabra, cuando de pronto se escuchó un ensordecedor zumbido y aquella brillante luz volvió a brillar. Juan giro rápidamente para saber lo que ocurría y vio, con la mirada atónita, como aquella nave se desvanecía, desapareciendo ante sus ojos sin dejar rastro alguno.
-¿De qué planeta eres?- le preguntó decidido Juan, no soportando más la intriga.
-Del mismo que el tuyo, ¿De dónde más?
-¿Cómo puede ser eso posible? Esa nave con la que caíste ¡no pudo haber sido construida ni por los mismos yanquis!
-No dije que la nave fuera construida en este planeta, dije que yo era de este planeta.
-¿Y qué hace un humano piloteando una nave extraterrestre?
-Es una larga historia que nace de la época en que mis antepasados, nuestros antepasados, fueron exterminados por los conquistadores españoles.
Juan intentó encontrarle sentido a esas palabras, pero todo era demasiado increíble, aún para el fanático de ciencia-ficción más ingenuo y radicalizado. Ya se encontraba bastante cansado de llevar cargado a esa persona tan extraña, pero que a la vez no le parecía en nada peligrosa, ya que no solo mostraba ser vulnerable como cualquiera, sino que además, el “indio” parecía tener el pie derecho quebrado. A medida que se iban acercando al cerro, el frío se iba haciendo más intenso aún, por lo que Juan se quitó la campera que llevaba puesta y se la ofreció a su nuevo amigo, lo que no solo lo protegería del frío, sino también de la posible mirada de algún curioso. Mientras cruzaban con dificultad uno de los tantos alambrados, las preguntas comenzaron a brotar.
-¿Me estas diciendo que cuando Jerónimo Luis de Cabrera estaba fundando Córdoba, los indios andaban en naves espaciales?
-No precisamente. Mi tribu, los comechigones, les rendimos culto a los dioses del cielo durante siglos. Para la época que tú dices, los dioses nos anunciaron que estábamos en peligro, ya que ellos estaban al tanto de las matanzas que los españoles estaban realizando en otros pueblos. Nuestros dioses se llevaron en sus naves a nuestros líderes, sacerdotes y a la gente del pueblo que quería viajar con ellos, para ser protegidos. La mayoría decidió quedarse, no tanto por amor a la tierra, sino por el miedo que les daba subir a esas naves que volaban. Pero todos ellos perecieron, algunos como esclavos, otros debido a las enfermedades que contrajeron de los conquistadores. Los que sobrevivieron se mezclaron con los españoles y perdieron nuestra cultura y nuestras costumbres. Por lo tanto, hace un tiempo volvimos a La Tierra, para refundar nuestro pueblo. Nuestra base se encuentra ahora dentro del mismo cerro.
-¿Allí es donde nos dirigimos, a donde se encuentra tu pueblo?
-Si, solo tienes que ayudarme a llegar hasta la entrada. Tu favor será recompensado.
Luego de varios minutos de ascensión, y cuando el sol ya llegaba a su punto máximo de esplendor, el “indio” hizo detener a Luis cerca de la cima, en un lugar en el que no se llegaba a apreciar nada extraño.
-Aquí es.
-Discúlpame, pero yo no veo ninguna entrada por aquí.
-Es invisible, pero este sensor me indica donde esta la puerta de ingreso a la base.- dijo refiriéndose a una lucecita amarilla que destellaba de una especie de pulsera que llevaba en su muñeca.
De pronto, en una de las laderas del cerro, se hizo visible una luz, muy similar a la que producía la nave espacial y apareció un umbral, una puerta de ingreso a esa ciudad oculta que mencionaba el “indio”.
-Gracias amigo por tu ayuda, recuerda, tu favor será recompensado.- agradeció con tono cansado, tratando de caminar por sus propios medios.
-Espera, déjame hacerte solo una pregunta más ¿Por qué estás tan confiado de que no diré una sola palabra de todo lo que he visto esta mañana?
-Por dos motivos. Primero, porque nadie creería tu historia. Segundo, porque en este mismo momento, olvidarás todo.
Juan estaba en su bote. Parpadeó por unos segundos y se sintió completamente relajado. Pensó que se había dormido por algunos minutos, producto del frío o tal vez de los tragos de ginebra, pero luego le pareció que eso era imposible. Ya era casi el mediodía y su bote estaba completamente lleno de pejerreyes de muy buen tamaño. Tan cargado estaba el bote, que si daba algún brusco movimiento, corría riesgo de hacer que su embarcación naufragara.
-Fue un excelente día de pesca. Pensó un exultante Juan. -Cuando les cuente a mis compañeros de trabajo todo lo que he pescado, no lo van a poder creer.

FIN

domingo, julio 29

Luz

Mis padres me ordenaron que fuera hacia la luz.
Mi esposa me dijo que fuera hacia la luz.
Mis hijos me gritaron que fuera hacia la luz.
Mis amigos me aconsejaron que fuera hacia la luz.
Un desconocido me murmuró que fuera hacia la luz.
Un policía mi indicó que fuera hacia la luz.
Un cura me predicó que fuera hacia la luz.
Mi maestra me enseñó que fuera hacia la luz.
Un cartel me señaló que fuera hacia la luz.
Entonces yo fuí hacia la luz y no pude impedir que ese tren monstruoso y colosal que volaba sobre los rieles, destruyera lo que una vez fuí y lo que ya nunca más seré.

FIN